Hijos: cómo entenderlos más allá de la fachada rebelde

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
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9 de septiembre de 2019  • 15:38

El hijo que nos da trabajo, el que nos enfrenta, cuya conducta nos cuesta comprender, seguramente sea muy sensible y esconda -detrás de rebeldía, desplantes, gritos y enfrentamientos- una enorme sensibilidad, miedos, desconfianza en su propio valor y en el vínculo con nosotros.

Aunque cueste creerlo a menudo esas conductas son actos de esperanza de que esta vez los adultos entendamos y podamos ir más allá de la fachada que ellos nos presentan. Nuestros hijos nos dan oportunidades -y muchas- de "curarnos", intentan ayudarnos a ampliar nuestra mirada, ellos insisten porque conservan la esperanza, ¿o la ilusión? de que finalmente comprendamos y cambiemos la respuesta, y por eso no se rinden.

Podría ocurrir también que su sensibilidad los hiciera sobre-reaccionar y, si ese fuera el caso, tendríamos que pensar en cómo ayudarlos para que se vayan fortaleciendo y modulando sus respuestas hasta lograr una más adaptativa (que los perjudique menos a ellos o a su entorno) ante los inevitables contratiempos de la vida. Vemos en estos casos que ese hijo sensible funciona como pararrayos en la familia, es el primero en reaccionar y pocas veces lo hace de la mejor forma. No necesariamente es el más enfermo ni el más desadaptado ni el que está peor dentro de la familia. Digo pararrayos porque toma toda la electricidad que llega desde el ambiente y al responder "salva" al resto de la familia que no necesita reaccionar porque él ya lo hizo, y probablemente en exceso. El resto de la familia se escuda en la patología o la inestabilidad de ese hijo, sin darse cuenta de que es simplemente el primer fusible que salta porque tiene el cable más finito. Y cuando ese hijo se va unos días de vacaciones o se fortalece un poco de modo de no sobre-reaccionar veremos cómo otro integrante de la familia toma su lugar.

Nuestros hijos crecen en la misma familia pero suelen ser muy distintos entre ellos por muy diversas razones: a veces por la genética, otras por el orden de nacimiento, el sexo, el ambiente en el que nacieron y se criaron, sus recursos para enfrentar las dificultades, la sensibilidad. Todos esos temas –y otros- se entretejen e interactúan. Por ejemplo, por más que tengan los mismos padres no puede ser igual el primer hijo a quien le dedicamos mucho tiempo y energía , con el que aprendimos y seguimos aprendiendo cada día a ser padres y sobre quien proyectamos nuestras dudas e inseguridades, que el segundo o el tercero que nos encuentran con más experiencia y confianza pero también con menos tiempo y energía para dedicarles.

Desde muy chiquitos los hermanos buscan diferenciarse entre ellos, no porque tomen la decisión consciente de hacerlo sino simplemente porque encuentran "ocupado" un estilo, como podría ser el de hijo bueno y obediente. Probablemente no se animen o les parezca imposible competir, y ni lo intentan, o se rinden antes de empezar, e investigan otras opciones. Y entonces tenemos un primer hijo que no da trabajo y el segundo en cambio no hace caso, nos enfrenta. Lo notable es que si el primer hijo es difícil -le cuesta obedecer, rivaliza con nosotros- seguramente el segundo sea manso y dócil y fácil de llevar. Y esa distribución inconsciente de roles lleva a que tengamos uno más conversador y otro más callado, una más sociable y otra más hosca, uno más deportista y otro más intelectual, una más creativa y otra más estructurada, o deportista, músico, artista… Mellizos o hermanos seguidos del mismo sexo son los que más tienden a utilizar estos estilos complementarios, pero puede ocurrir también entre otros hermanos.

Nuestra tarea es no etiquetarlos y animar al más "prolijo" a conectarse con sus desprolijidades y desde nuestra comprensión acompañar al más rebelde a soltar la estructura defensiva , a querer y dejarse querer, a animarse a pedir de otra forma, a mostrar también su fragilidad. Vayamos como padres un poco más allá de lo obvio, más allá de la superficie, sin reaccionar nosotros impulsivamente a los malos modos, a la respuesta insolente, al portazo, a las malas notas, tratemos de entender esas conductas en el contexto personal de ese hijo y también en el familiar.

En el caso en que lo que intenta es curarnos, ampliemos nuestra mirada: ¿qué nos está pidiendo?, o ¿qué está queriendo que entendamos? Con el que hace de pararrayos ¿cómo podemos acompañarlo a fortalecer su sensibilidad para que enfrente mejor la vida diaria? Cuando nuestros hijo se complementan : ¿cómo podemos hacer para que cambie el sistema familiar y cada hijo tome su parte en los temas difíciles en lugar de recostarse sobre ese hermano "pararrayos" que tan cómodo le queda al resto?

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