Historia de dos divorcios

Historia de un matrimonio, en Netflix, cuenta el derrumbe de una pareja
Historia de un matrimonio, en Netflix, cuenta el derrumbe de una pareja Fuente: Archivo
Mercedes Funes
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14 de diciembre de 2019  • 11:00

Historia de un matrimonio, la película de Noah Baumbach que acaba de estrenarse en Netflix y de la que tantos hablan por estos días, cuenta el derrumbe de la pareja de Nicole (Scarlett Johansson) y Charlie (Adam Driver). Pero las brillantes actuaciones de Johansson y Driver no encierran las claves de su historia como Nora (Laura Dern), la abogada feminista de Nicole que, a tono con los tiempos, parece un recordatorio omnipresente para su cliente y para la audiencia -frente a la que monologa, poderosa- del sexismo y la hipocresía de los varones en un mundo en donde -repite y refuerza Dern, con voz y look de villana- las reglas todavía las hacen ellos.

"El concepto de buen padre se inventó hace unos treinta años", le dice Nora a Nicole mientras la prepara para una entrevista con la asistente social. Y de cualquier manera, la expectativas sobre las madres siguen siendo imposibles, mientras los padres logran salirse con la suya haciendo lo mínimo indispensable para ser coronados por sus hazañas. "La base de nuestra patraña judeocristiana es María, la madre de Jesús, que es perfecta. Es una virgen que da a luz. El padre no aparece. Dios está en el cielo. Dios es el padre y Dios no se presentó. Ni siquiera estuvo ahí para echarse el polvo".

Lo cierto, es que Nora se equivoca por diez años. Y es que Historia de un matrimonio se estrena exactamente cuarenta años después de Kramer vs Kramer (1979), la película de Robert Benton que fue un fenómeno cultural y social porque abrió la conversación pública en el mundo occidental sobre el divorcio, y que se llevó todos los Oscars, incluyendo Mejor Película, Director, Guión, y Mejor Actriz para Meryl Streep (Joanna) y Actor, para Dustin Hoffman (Ted). Es imposible no pensar en los Kramer, en esa familia tipo que se rompía, igual que la de Charly y Nicole, incluso a pesar del amor por los hijos, y obligaba a pensar en los roles de género, en la alienación oculta de muchas esposas que se ocupaban por mandato de los cuidados sin que nadie se lo cuestionara. En la Argentina ni siquiera había divorcio cuando Joanna Kramer dejaba a su marido y a su hijo. Lo hacía porque había llegado a una situación en la que se sentía tan despersonalizada que no había opción. El daño de ese abandono era inevitable, sin maldad. Esa es la esencia de la tragedia: el daño se produce por la fuerza de las circunstancias, no hay culpables.

Tampoco había maldad (al menos en la pantalla, mucho después se supo que el clima del set fue una tortura para Streep) en el personaje de Hoffman: hace cuarenta años, era esperable que Dios y el padre estuvieran en otra parte. Pero Ted Kramer -y la audiencia junto a su personaje- aprendía a hacer french toasts, se irritaba con su hijo cuando las cosas salían mal, llegaba tarde a buscarlo al colegio y perdía una cuenta importante en el trabajo porque empezaba a priorizar su tiempo con él. Ted Kramer y la audiencia tenían en 1979 la oportunidad que no tienen Charlie ni los espectadores de Netflix ahora: de entender la carga y aceptarla hasta desearla, hasta querer pelear por la custodia en un tribunal que entonces todavía entendía que sólo las madres éramos capaces. Y entonces, pese a los abogados, los Kramer lograban ponerse de acuerdo en el amor por su hijo.

En cambio, la abogada de Historia de un matrimonio es villana hasta el final y uno acaba preguntándose si no hay cierta misoginia en transformar en la mala de la película a la portadora del mensaje feminista. Tal vez sin proponérselo, la historia de Baumbach termina por reforzar el doble standard que le impone a la madre estar más presente mientras el padre está demasiado involucrado con su propia trascendencia como para considerar lo que necesitan los demás. En Charlie no hay aprendizaje, no tiene la oportunidad. No se entera por qué el personaje de Johansson pasa de ser una mujer afectuosa, leal y dulce, a un monstruo que contrata a una abogada cuasi misándrica para destruir a su marido. Esa transformación no se explica por la lógica del personaje, sólo la sostiene esa visión misógina de la película en la que las mujeres son capaces de traicionar y hacer daño casi porque sí. Porque como ya no nos callamos, ahora tenemos que ser jodidamente malas.

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