Hollywood cambia para seguir igual

La candidatura de Belleza americana y el esfuerzo por incorporar valores que vienen del cine independiente no suponen grandes revoluciones para esta entrega de los Oscar. La gran fábrica del cine sabe cuán útil puede ser el gatopardismo a la hora de cerrar cuentas
La candidatura de Belleza americana y el esfuerzo por incorporar valores que vienen del cine independiente no suponen grandes revoluciones para esta entrega de los Oscar. La gran fábrica del cine sabe cuán útil puede ser el gatopardismo a la hora de cerrar cuentas
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19 de marzo de 2000  

¿Soplan aires de renovación en la Academia de Hollywood? ¿Está, por fin, dispuesto el superpoblado cónclave a reconocer que hay cine más allá de los márgenes del mainstream? ¿Pueden interpretarse las candidaturas de este año como un indicio de apertura, quizás impulsada por el avance del cine independiente?

Hay quien se apresura a responder afirmativamente a los interrogantes, pensando en las ocho candidaturas de Belleza americana, la negra comedia acerca de un hombre de mediana edad que en su rebelión contra la mediocridad y el vacío del modelo de vida que le han impuesto, desnuda los costados más oscuros del american dream. Un film tan cáustico en su contenido y tan desusado en su tono incisivamente burlón no responde, es cierto, a las preferencias más clásicas de la Academia.

Pero de una mirada más atenta y minuciosa pueden desprenderse otras conclusiones. En primer lugar, porque no basta un par de datos para inferir un comportamiento -o una tendencia, como tanto les gusta a los acelerados seudosociólogos que exponen una por día, de acuerdo con las necesidades del mercado-, y también porque suele olvidarse cómo es el procedimiento que se sigue en la Academia para la votación del Oscar.

Por más conocido que parezca el asunto, conviene recordar que el premio proviene de una asamblea multitudinaria -son casi 5300 los miembros de la Academia- que se expresa en dos oportunidades. Primero, cada rama de la industria vota para seleccionar los mejores trabajos de su sector: los actores eligen a los actores; los directores a los directores, los guionistas a los guionistas, y así. El único apartado en el que votan todos es el de mejor película. De allí emergen las llamadas nominaciones.

Después, pasado más o menos un mes en que los votantes se ven bombardeados por las campañas de promoción de cada film, por la difusión de las más peregrinas encuestas de opinión y por las abundantes especulaciones y pronósticos de la prensa, vuelven a sufragar. Esta vez, todos votan por todos los rubros. De allí emergen los Oscar. Nadie les puede negar, pues, su espíritu democrático: representan a la mayoría. Eso sí: vale la pena recordar que la mayoría -está la historia de testigo- se equivoca seguido.

Ante tamaña diversidad, se hace particularmente complejo presumir intenciones comunes -conservadoras o progres- y pronosticar resultados. Sobre todo porque, al fin y al cabo, los miembros de la Academia son humanos ("Por lo menos, la mayoría", según apuntó maliciosamente hace poco un periódico especializado) y, por lo tanto, tan sensibles a los rumores y a la propaganda como el resto de los mortales.

El hecho de que las candidaturas -todo lo que por el momento disponemos para ensayar alguna interpretación- provengan del voto de cada rama de la actividad explica ciertas coincidencias bien visibles. Es casi un clásico el ejemplo de los realizadores. Los aspirantes al premio del Sindicato de Directores suelen ser más o menos los mismos que asoman como candidatos al Oscar. Este año, la única diferencia reside en que el nombre de Frank Darabont (Milagros inesperados) fue reemplazado por el de Lasse Hallstrom (Las reglas de la vida), lo que no deja de ser una muestra de sensatez por parte de los votantes. Que pueden haberse sentido obligados a seleccionar un film que ya venía candidateado de origen, quizá porque está basado sobre un best seller de Stephen King o porque tiene la garantía de Tom Hanks (del que se dice que si filmara una adaptación de la guía telefónica también conseguiría una nominación), pero por lo menos tuvieron la prudencia de omitir al director y a su estrella.

Y también anduvieron cerca de los seleccionados por la Academia los candidatos a premios del Screen Actors Guild (el sindicato de los actores). Las excepciones fueron Jim Carrey -castigado otra vez y a punto de convertirse en fija como perdedor anual- y Philip Seymour Hoffman, que dejaron sus sitios al veterano David Farnsworth y al rebelde Sean Penn. (De paso, cabe anotar que, para desmentir a quienes los suponen envidiosos de la desmesurada cotización de algunos colegas superpopulares, los intérpretes le dieron su apoyo a Tom Cruise y lo votaron para mejor actor secundario por Magnolia.)

Los votantes, se ve, siguen sus gustos, sus estados de ánimo y sus necesidades, como podría hacerlo -y lo hace, con resultados bastante más costosos en otro tipo de comicios- cualquier elector. Y hay varios factores que condicionan su voto y que no suelen ser tomados en cuenta a la hora de evaluar su comportamiento desde tan lejos.

La fecha de estreno, por ejemplo: siempre cuentan con más posibilidades, claro, los films que están frescos en la memoria del votante: los cinco de este año se estrenaron en la segunda mitad de 1999 y tres de ellos, bien sobre el final. También el mensaje de las boleterías, lo que explica la presencia de El sexto sentido, uno de los grandes éxitos del año último, entre los aspirantes al Oscar principal. Y el respeto de ciertas tradiciones, entre las cuales figura la de preferir los dramas a las comedias, los mensajes edificantes a la crítica virulenta, los modelos establecidos a la experimentación y la docilidad a la rebeldía. Con las debidas excepciones, por supuesto.

Tampoco son insensibles los votantes al momento social y político que vive el país. El furor de las campañas antitabaco en las que se han embarcado los norteamericanos últimamente bien puede haber agregado sus gotitas de nicotina para influir en la candidatura de El informante (donde miden fuerzas las grandes cadenas noticiosas y los poderosos fabricantes de cigarrillos). Del mismo modo, hay quienes juzgan que el acento anti-Bush (padre) de Tres reyes, el film de David O. Russell sobre la guerra del Golfo, fue determinante del deliberado olvido de la Academia, que habrá sentido latir más intensamente su corazoncito conservador en un año de elecciones y con Bush (hijo) enredado en la contienda.

Hay otros elementos un poco más domésticos por considerar. Se ha comentado, y la observación parece bastante atinada, que todavía hoy la Academia no terminó de recuperarse del susto que se dio a sí misma hace tres años, cuando una producción de los grandes estudios, Jerry Maguire, quedó solita y sola en medio de un mar de films independientes (Fargo, El paciente inglés) y de entregas importadas (Secretos y mentiras, Claroscuro).

Desde entonces, se afirma, ha hecho todo lo posible por asegurarse la continuidad del trabajo colectivo, objetivo nada desdeñable en tiempos de creciente desempleo, y prefirió prestar atención a las producciones de las majors, como aconseja la tradición. Primero, eligió un superpromocionado tanque con todos los ingredientes más caros a Hollywood -espectacularidad, derroche de producción, aliento épico, emoción romántica y ruidoso impacto en las boleterías-: Titanic. Después, se volvió hacia los actores -que componen, otro dato para tener en cuenta, el sector más numeroso entre los votantes- y agradeció con el premio mayor el cariñoso homenaje que se les rendía en Shakespeare apasionado.

Si se observa la actual lista de candidatos desde ese punto de vista, podrá inferirse que la Academia ha insistido en un voto prudente, de acuerdo con el modelo tradicional: eligió dos adaptaciones literarias (Milagros inesperados y Las reglas de la vida), dos obras comprometidas con temas importantes (Belleza americana y El informante) y un gran éxito de taquilla (El sexto sentido), todos producidos por los grandes estudios. Y si quiso recompensar alguna audacia temática o algún atrevimiento formal, les reservó un lugar menos llamativo que el del Oscar principal.

Siguiendo ese razonamiento, podrá concluirse que de algún modo se las arregló para satisfacer al sector más joven y menos conformista de la institución que, ya se sabe, es considerablemente minoritario. Y que encontró dónde ubicar algunos de los trabajos más arriesgados, más ambiciosos, más incómodos y más favorecidos por la crítica.

Por ejemplo, en el nutrido apartado correspondiente a guiones (cinco candidaturas para los originales y otras cinco para las adaptaciones). Allí aparecen, por ejemplo, Election, Magnolia, ¿Quieres ser John Malkovich? Esta última, cuya fantasía fue especialmente celebrada por las plateas más sedientas de renovación, alcanzó a deslizar el nombre de Spike Jonze entre los candidatos a mejor director, casillero en el que, debe reconocerse, la Academia se atrevió a ignorar nombres acreditados, como Norman Jewison, Anthony Minghella o Mike Leigh, y favoreció a debutantes como Sam Mendes o Spike Jonze.

Y también hay que admitir que los votantes supieron compensar a Los muchachos no lloran y El talentoso señor Ripley con un puñado de candidaturas (su actriz protagónica, Hilary Swank, y un trabajo de reparto, Chloe Sevigny, en la primera; un actor secundario, Jude Law, y la adaptación en la segunda) si es que, como suponen muchos, no los seleccionaron para premios más importantes por la urticaria que suele provocar en muchos miembros del organismo el tratamiento de temas incómodos, como la homosexualidad.

Por lo demás, la Academia hizo todos los deberes. Cumplió con su esperada cuota de progresismo integracionista, y no le fue difícil porque Denzel Washington le facilitó el compromiso entregando su brillante personificación de Rubin Huracán Carter. Con un candidato a mejor actor, que para colmo viene muy bien colocado en la carrera hacia la estatuilla, y otro a mejor actor de reparto -el gigantesco Michael Clarke Duncan, de Milagros inesperados-, se supone que las minorías bien pueden darse por satisfechas.

También mostró la corporación que conserva sus sentimientos humanitarios y supo reconocer a un casi olvidado veterano de 79 años -David Farnsworth, viejo cowboy rescatado por el conmovedor film de David Lynch- y a un chiquilín de 11, Haley Joey Osment, puntal de la superexitosa El sexto sentido.

Y aunque esta vez se hizo la distraída respecto de Tom Hanks, la Academia respetó una regla no escrita al adjudicar a Meryl Streep el casillero que ella siempre tiene reservado para aspirar al Oscar a la mejor actriz, con lo que la estrella de Música del corazón alcanzó en 22 años el récord de doce nominaciones, lo que a Katharine Hepburn le había insumido cuarenta y seis.

Una rutina académica más, la de distinguir a los actores de los films de Woody Allen, sigue adelante aun en el período posescándalo Soon-Yi. Con Sweet & Lowdown, tan poco vista en los Estados Unidos que hubo quienes pensaron que se trataba de una marca de edulcorante cuando oyeron el título, Sean Penn vuelve a competir por el Oscar al mejor actor -lo más probable es que no pase de ahí- y la prácticamente desconocida Samantha Morton, por el de mejor actriz secundaria.

Con esta última selección -Morton interpreta a una muda- y con la de Angelina Jolie -que compite en el mismo apartado por su desequilibrada de Inocencia interrumpida, la Academia cedió, de paso, a otra de sus conocidas debilidades: los personajes con alguna discapacidad.

Total, que por lo que puede ir coligiéndose, la Academia sigue muy fiel a sus costumbres, defiende sus valores más arraigados, se aferra al que puede llamarse gusto establecido y se toma su tiempo antes de aceptar las innovaciones.

Si esta vez parece haberse atrevido un poco más es porque puso en la pole position a Belleza americana, y porque en cierto sentido varias de las aspirantes al dorado galardón remiten a cuestiones sociopolíticas: de la multinominada visión tragicómica del descontento suburbano (fácilmente equiparable a otros descontentos más periféricos) al vigoroso cuasi docudrama (El informante), en el que Michael Mann recreó el choque entre dos gigantescas corporaciones, y a los siempre controvertidos temas de la pena de muerte y del derecho al aborto incluidos, con distinta suerte, en relatos de corte más convencional como Milagros inesperados y Las reglas de la vida.

No es desatinado asociar estos ligeros indicios de remozamiento con la asimilación y metabolización de ciertas actitudes menos conformistas tomadas del cine independiente, pero ya se sabe que la Academia de Hollywood no es amiga de los cambios bruscos. Si percibe -aun encerrada en su cápsula de glamour, forma parte del mundo- que algo no anda del todo bien en la sociedad y que el malestar se manifiesta de muy diversos modos, siempre preferirá reconocerlo en films que pueden ser muy corrosivos e internarse por territorios sombríos, pero dejan atisbar algún modo de reaseguro final. Para ponerlo en títulos: siempre estará más cerca del Oscar Belleza americana, por ejemplo, que la muy implacable y agobiante Felicidad, de Todd Solondz (aunque aquí la disfuncionalidad de los personajes es tan excesiva que los convierte en fenómenos a los que se mira como tales, y por lo tanto sin peligro de identificación).

Pero no parece justo parangonar el lúcido film de Sam Mendes con otros dramas familiares bastante más sentimentales y bien pensantes premiados en el pasado (Gente como uno o La fuerza del cariño, entre ellos), como pretende Robert Osborne, el biógrafo oficial del Oscar, sino, en todo caso, a exámenes sociales de mayor alcance, como Perdidos en la noche.

De todos modos, si hay cambios, serán lentos. Y al fin, ¿para qué preocuparse tanto por los vaivenes de un premio que los cinéfilos miran con tan indisimulado desdén y que casi todo el mundo, a la larga, acusa de arbitrario, convencional o miope? ¿O será que sucede lo mismo con el Oscar que con la ceremonia de autocelebración que Hollywood organiza cada año, a la que nadie -se dice- está dispuesto a tolerar de tan previsible, larga y aburridora que suele ser (aunque después las cifras de rating vengan a desmentirlo)?

Por si acaso, habrá que pedir disculpas al lector por haberle dedicado tantos párrafos a un premio que ya nadie respeta. Reconózcase, al menos, que no hemos cometido el desatino de referirnos a una ceremonia que -esta noche, otra vez- nadie va a ver.

La Revista opina sobre Belleza...

Marina Gambier: "No soy una víctima, no soy una víctima, enloquece la Bening mientras repite el cassette de la autoayuda encerrada en su poderosa 4x4. Esa cosa conductista y alienante del you can be, tú puedes, está muy bien caracterizada en la película, aunque no sea ese mensaje y tampoco una autocrítica sincera, sino recurso de marketing, porque Hollywood tiene claro que últimamente lo peor de la cultura norteamericana agota las boleterías del mundo. Me divertí, como cuando hojeamos en la redacción esos libros de recetas para ser exitoso en los negocios o el ikebana." ****

Oscar Botto: "Odio, perversión, rebeldía, homosexualidad, adicción, locura ambición, infidelidad, fracaso, insatisfacción. Justificarlo todo con liviandad, sin sorprender, y en una suerte de pantallazo posmoderno de 120 minutos es, por lo menos, una pretensión excesiva de Belleza americana. Asombra la falta de dinámica y los baches de un guión que necesita del off en varias escenas para marcar la dirección del film. Con el perdón de Shakespeare, mucho ruido y pocas nueces". **

Alicia de Arteaga: "El esquema es bastante obvio, pero la película me gustó. Especialmente Kevin Spacey haciendo fierros para bajar la panza y seducir a la lolita por la que se le cae la baba. Ese oscuro objeto de deseo y la ayudita del vecino, que le regala -a precio de oro- el souvenir de la feliz psicodelia hacen el resto. La impecable Annette Bening fuera de control es una historia aparte, y el final sirve para recordar que estamos en el cine. Sucede como en las mejores familias: el defensor de las buenas costumbres termina siendo el malo de la película". ****

Laura Linares: "Es una buena película. Uno la ve de un tirón; se sonríe; casi se asombra. Pero al salir, no se lleva uno la sensación de haber obtenido alguna perla de observación sobre la condición humana. Lo que obtuvo, una vez más, es un sit com de la condición del barrio norteamericano. Una nueva observación, caricaturezca, tenaz, bien filmada, bien iluminada, bien elegido el reparto, prolija y profesional, del americano (estadounidense) sobre su propio ombligo". ***

Carlos Guyot: "Asistir a la decadencia de una familia decadente puede ser incómodo, agobiante, deprimente o exasperante, pero nunca aburrido. Una adolescente abúlica, un padre fracasado y una esposa incapaz de verse con claridad en el espejo se mueven como pez en el agua en una historia precisa y no complaciente, hecha para mostrar sin anestesia una realidad patéticamente chata. Y tal vez allí esté el mayor logro: a través de una trama efectiva nos muestra las extremas miserias cotidianas que incuba una sociedad individualista, en donde las personas no pueden hacer otra cosa que mirarse el ombligo. Esa colección de vidas desgraciadas, llena de ironía y sarcasmo esta belleza americana". ****

Leila Guerriero: "No es raro que Belleza americana haya recibido tantas nominaciones. En la panza de este caballo de Troya presentado como la gran comedia negra americana del año, Hollywood le ha vendido al mundo más de lo mismo: una historia de un puñado de buena gente en la que los que se atreven a pensar distinto son castigados, los perversos son arrepentidos, los malos son malos sin matices y los adolescentes son incomprendidos. Sería una buena película, y sólo eso, si nadie se hubiera empeñado en transformarla en una obra maestra". ***

Hugo Caligaris: "Lo que menos me gustó de Belleza americana es que los personajes no son creíbles, por eso la película ni causa gracia ni conmueve. En cuanto a la audacia, creo que tiene color fashion y no escandaliza a nadie: una adúltera arrepentida, un Don Juan con pruritos y una hija rebelde, pero en el fondo buena no cambian demasiado las tradiciones. La película es bastante conservadora: sigue las leyes de la comedia norteamericana. Eso -más Annette Bening- fue lo que más me gustó de Belleza americana". ***

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