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Bienestar

Hostil. Las crueles palabras de su padrastro lo desafiaron a encontrar su camino

Jimena Barrionuevo
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2 de junio de 2020  • 00:20

"No voy a pagar un centavo para que fracases, o te ponés las pilas o te cambiás de carrera", sentenció su padrastro. Luego de haber cursado las materias bimestrales para el ingreso a la carrera de Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario, Julián Leguizamón (27) había rendido su primer examen. El resultado: un 4, que indicaba que había reprobado.

"Sentí mucho enojo. Alguien que no era autoridad ni figura paterna me había desafiado", recuerda el joven. Desde pequeño supo que su futuro iba a estar vinculado a las leyes. Nacido y criado en una familia humilde, en el Barrio Las Malvinas de Rosario, conocido popularmente como Refinería, fue el divorcio de sus padres lo que le indicó cuál era el camino que debía seguir. Hizo el preescolar, la primaria y secundaria en el Colegio Boneo, una escuela católica privada en la provincia de Santa Fe. Sin su padre presente, su abuela y su madre hicieron el esfuerzo para que él pudiera terminar sus estudios en aquella institución. Sin embargo, también lo invitaron a cambiar de escuela en reiteradas ocasiones: Julián era víctima de bullying entre sus compañeros. "Yo me quería quedar porque quería demostrar que no me importaba lo que dijeran sobre mí. Solo tenía un objetivo: terminar la secundaria y empezar a estudiar Derecho. Ya me había decidido a los 16 años, quería ser abogado".

Con perseverancia, Julián terminó la secundaria en 2010, rindió la última materia en febrero de 2011 y a la semana ya estaba haciendo las materias bimestrales de Derecho para los ingresantes. Fue en ese contexto que su padrastro lo regañó y ese reto le dio a Julián el impulso que necesitaba. No se iba a dejar vencer tan fácilmente. Su siguiente examen lo aprobó con un 8 y, además, consiguió trabajo como cadete de envíos en el Supermercado Coto.

"Mi padre es panadero de profesión y mi madre casi siempre trabajó en el sector en cajas. Y en su momento fue muy cómico pensar que, del cruce de un panadero y una cajera, había resultado un cadete de envíos. No estaba seguro de cuánto tiempo iba a trabajar en el supermercado porque nunca me consideré bueno para los trabajos manuales o de fuerza. Era muy malo en el fútbol y en educación física. Excepto en Natación, que es mi deporte favorito. Y, como tenía miedo de ser despedido, con mi primer sueldo me pagué un curso de asistente jurídico. Si me echaban, buscaría algo más relacionado con lo mío".

Vida tripartita

Cuando parecía que su vida estaba ordenada, en el verano de 2012, tras varios episodios de violencia de género, la madre de Julián logró separarse de su pareja de entonces -que era el mismo hombre que había regañado a su hijo-. Para complicar aún más la situación, un accidente laboral la dejó en cama por varios meses por lo que Julián comenzó a funcionar como el sustento económico del hogar. "Mi vida estaba dividida en tres frentes: la carrera, el trabajo y mi casa. Por un tiempo, el rompecabezas fue llevadero ya que el trabajo de cadete era de 24 horas semanales, esto es, jornadas semanales de 4 días por 6 horas. Pero en octubre del año siguiente me ofrecieron ser cajero. No estaba seguro porque conocía por mi madre los riesgos del oficio, pero me ofrecían una diferencia de dinero y pensé que podría seguir ayudando en mi casa. Con el tiempo, me aumentaron la jornada horaria a 36 horas semanales, 6 horas por 6 días".

Casi como un malabarista, Julián pudo encontrar el equilibrio justo para sortear la situación. Y el tiempo libre comenzó a ser cada vez más restringido. Hasta ese entonces era ayudante alumno en las materias Derecho Constitucional, a cargo de la Dra. Bibiana de Souza Bento, y Derecho Contractual, con la Dra. Margarita Ramonda, quien con el tiempo tomaría un papel más importante en su vida. Pero para seguir avanzando en la carrera, se vio obligado a ponerlas en pausa. "A partir de 2016, fue aún más complicado sostener todo porque empecé a trabajar 8 horas por 6 días, 48 horas semanales. Ya empezaba a sentir mucho cansancio corporal, no tenía concentración y empecé a tener errores en el trabajo. Además, había días en los que trabajaba en horarios cortados, lo que me impedía cursar".

En noviembre de 2016, luego de negociar con el gerente de la sucursal y con algunos jefes, Julián logró que lo pasaran al sector de verdulería. Allí empacaba fruta seca, pesaba productos, controlaba temperatura, reponía verduras y frutas, todo lo que estaba a su alcance. Allí no corría el riesgo de manejar dinero y tenía una jornada de 8 horas corridas. Para ese entonces, cursaba a la mañana y trabajaba a la tarde/noche.

"Las cosas comenzaban a mejorar, en noviembre de 2017 aprobé Derecho Procesal Penal, que es la materia más larga de la carrera. Los abogados de Rosario y los estudiantes de la FDER saben de lo que hablo. La cursaba de lunes a viernes a las 7:30 de la mañana. Ese fue un invierno muy crudo también. Para el año siguiente mi madre ya tenía un trabajo estable y yo me mudé a un departamento en el centro de Rosario con dos amigos que venían de Entre Ríos y Jujuy a estudiar. Al tener más espacio, pude profundizar mi concentración y fue así que, casi sin darme cuenta, empecé a rendir una materia por mes y aprobar".

Sueño logrado

Todo marchaba sobre ruedas. El 15 de mayo de 2019 se recibió con un examen en Filosofía del Derecho que fue calificado con un "10". "Toda mi familia y mis amigos me esperaban y fue en esa noche que sentí que tocaba el cielo con las manos". Lentamente, cada pieza con la que había soñado se acomodaba en su lugar. A los pocos meses logró un puesto en el Estudio "Ramonda, Frúgoli y Asociados", formado por una red de más de 100 abogados con sede principal en Rosario. "Su principal principio es el Kaizen, palabra oriental que expresa un proceso de mejora continua basado en acciones concretas y simples. Un cambio a mejor. Y me sentí plenamente identificado con esa idea de vida. Así, a la mañana era abogado y a la tarde/noche era empleado de verdulería".

Pero nuevamente el sabor amargo tocó su puerta. Ese verano, de forma inesperada, Margarita Ramonda, la docente que lo había ayudado en la Facultad y que luego le abriría las puertas del estudio, falleció. "Su socio me ofreció un puesto de abogado en el estudio, bajo su coordinación. Yo acepté, motivado en parte porque creía que sería una manera de devolver toda la enseñanza inculcada. Acordé un retiro voluntario con Coto y ahora me dedico plenamente al estudio. No me considero un ejemplo de logros, sino de esfuerzos sostenidos en el tiempo con mucho entusiasmo y humildad".

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