Ideas que deben morir
¿Cuánto vive una idea? ¿Cuánto tiempo debemos aferrarnos a una novedad, a un concepto original, a algo que en su momento cambió nuestra forma de mirar el mundo? Más allá de que todo alumno de primaria sabe que en algún lugar de los Andes está escrito que las ideas no se matan, en ningún lado dice que no deban morir de muerte natural, a veces viejitas, otras olvidadas y otras simplemente con la satisfacción del deber cumplido, para dejar paso a otras ideas en edad de merecer.
Algo así debe haber pensado John Brockman, un gurú de las ideas que desde su sitio Edge.org entrevista y dialoga con algunas de las luminarias del siglo (a muchas de las cuales representa como editor) y, año tras año, publica un libro con alguna pregunta inquietante que les hace a pensadores, científicos, filósofos, tecnólogos y otras tribus. Así han pasado preguntas-libros como ¿de qué debiéramos preocuparnos?, ¿sobre qué has cambiado de opinión?, ¿cuál es tu explicación favorita por profunda, elegante o bella? o ¿cuál es tu idea peligrosa? Recorrer las respuestas (tanto en la página Web como en los libros que religiosamente salen al año siguiente) es una excelente guía para extraterrestres que quieran estar al día de qué anda pasando por la cabeza de esos humanos chiflados.
Este año le tocó a una pregunta revisionista: ¿qué idea científica ya está lista para jubilarse? Basado en la noción darwiniana de que muchas veces es mejor eliminar un error que establecer una nueva verdad, Brockman acorraló a 175 bochos (incluyendo premios Nobel, genios certificados y luminarias de los libros y la tele) para que lo ayudaran a mandar las ideas perimidas a la cancha de bochas. Según Brockman, la ciencia y sus ideas avanzan gracias a una serie de funerales.
¿Y cuáles son esas ideas merecedoras de pasar a mejor vida? Para el premio Nobel en física Frank Wilczek ya no tiene sentido la idea de la distinción entre mente y materia, ahora que sabemos mucho sobre qué es la materia y algo sobre qué es la mente. El neurolingüista Steven Pinker sospecha de la idea de que nuestro comportamiento es la suma de los genes y el ambiente, ya que sostiene que ninguno de los tres términos de la ecuación está bien definido, sino que se confunden unos con otros. Otro lingüista, Daniel Everett, propone aniquilar la noción de instinto o innato, que ya no nos son útiles como categorías.
Otros se meten con la misma noción de la ciencia. El historiador George Dyson, por ejemplo, sugiere eliminar la palabra y de la idea de ciencia y tecnología, que presume una inseparabilidad que puede no ser tal. La filósofa (y excelente novelista) Rebecca Goldstein se enoja con quienes vaticinan que la ciencia ha convertido a la filosofía en obsoleta. Por el contrario, sostiene que el cientificismo necesita apoyarse en la filosofía. Más temeraria, se atreve a jubilar a la misma noción de ciencia y reemplazarla por conocimiento. Sam Harris va en el mismo sentido, y se queja de nuestra limitada definición de ciencia, y predica abandonar la idea de que esta ciencia es diferente de otras versiones de la racionalidad humana.
Los amantes de la ciencia también tienen su lugar en estas preguntas. El actor Alan Alda quiere eliminar la idea de que las cosas son verdaderas o falsas, un corset para poder ver el mundo de manera más amplia. Por su parte, el novelista Ian McEwan se queja de la misma pregunta, y propone eliminar la arrogancia de quien se siente autorizado a jubilar ideas: "Toda especulación seria y sistemática sobre el mundo merece ser preservada".
Por el paredón de fusilamiento circula todo tipo de ideas a morir: la geometría, el libre albedrío, el método científico, lo especial o único de los humanos, los modelos animales o las nociones de promedio y de raza. Vale la pena pensarlo. Las ideas han muerto: que vivan las ideas.