Jazz

Este año, como un estallido sorprendente en la propuesta musical porteña, los grandes músicos del momento no dejan de desembarcar en nuestra tierra
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22 de octubre de 2000  

Este año será recordado con alegría por los amantes del jazz. Como si fuese la venganza del olvidado, esta música ganó de pronto un lugar de franco protagonismo entre el público porteño que acompañó las muchas presentaciones de bandas y figuras de primera línea que fueron -y siguen- llegando al país.

El jazz, arquetipo musical del siglo XX, de interminable capacidad de adaptación, es sinónimo de improvisación, a veces volátil, otras profunda, pero siempre en la frontera de la popularidad, mejor dicho, de su falta de popularidad, aunque su desarrollo cumple con las facetas de cualquier expresión artística. Sin embargo, hoy Buenos Aires tiene sobre este género su mirada puesta. Claro que no todos los porteños, pues desmentiríamos aquí lo que sostenemos más arriba, pero una buena parte de los porteños ha despertado a esta música de increíble variedad.

Despertar algo tardío y, en el peor de los casos, fugaz (el tiempo lo dirá) a esta expresión musical que representa una verdadera creación del siglo XX. Las preguntas ¿qué pasó? ¿por qué tanto? hasta hoy no tienen respuesta. A algunos nos gusta pensar que este casi capricho de contratar grandes figuras de la escena mundial en un período realmente difícil en términos económicos es cuestión del cielo. Nada importa. Que haya jazz. Esa parece la estimulante consigna.

El jazz se ha hecho un arte universal. Lo logró al desprenderse de referencias geográficas, algo que aún no pudo hacer el tango o el flamenco. La música sincopada tiene un lenguaje propio en cada región; aunque, claro, la negritud es su esencia, la improvisación en su aire vital. Sin ellos no hay jazz.

Desde el vamos sorprendió la fuerte apuesta de los productores argentinos en busca de popularizar un género poco o nada comercial. Sin titubeos, la ciudad se puso jazzera y los afiches con caras desconocidas adornaron Buenos Aires. Rostros negros o pálidos buscaron atraer a un público que, probablemente cansado de una música envuelta para regalo, imaginó otro tipo de momentos y, por cierto, los tuvo. Hubo una suerte de espinel estilístico, en el que se percibió con clara nitidez los diferentes compromisos de músicos con trayectorias ricas, interesantes.

Pero hagamos un repaso de lo que llegó a Buenos Aires. Todo comenzó en abril con el Ron Carter Quartet, en el Coliseo, un concierto en que este contrabajista exhibió un estricto alineamiento a la corriente continuista del bop. El cuarteto de este pulcrísimo contrabajista viste de riguroso traje y corbata sobre el escenario. En la foto aparece con un gesto reflexivo (muy propio de él) que supone ese instante mágico en el cual decide cómo seguir, cuál será el tema que deleite al auditorio. Días después, el fundador (sin quererlo) de la Wold Music, el Big Brother Joe Zawinul, en La Trastienda. Su inconfundible aspecto de hardworker -camisa celeste sudada, andar canyengue, descuidado- hace de este estratego de los teclados la contracara de Carter. A la ciudad llegó con un grupo algo herido por las deserciones, pero con amor propio levantó día a día la calidad de sus shows.

Uno de los conciertos donde la espontaneidad y la imaginación tuvieron un lugar protagónico fue con el trío del guitarrista Bill Frisell, donde hubo momentos de maravillosa calidad melódica. Tres noches increíbles en La Tratienda dejaron un sabor hermoso en el público. La foto refleja algo de esa magia desplegada: el baterista Kenny Wollensen hace un quiebre con su brazo derecho en busca de cierto contacto con el platillo. En su barrio dicen que es un músico sútil, aquí lo demostró. Frisell y Tony Scherr disfrutan de sus rarezas.

Los Yellowjacktes, en cambio, llegaron diez años después de su momento. Excelentes sesionistas hicieron un show muy profesional, se entiende. Bien tocado y falto de corazón. El público siguió la historia, pero no logró engancharse con la frialdad del cuarteto, que tiene músicos de supernivel como el pianista Russell Ferrante y el saxofonista Bob Mintzer.

Tanto interés por el jazz sucedió, que los conciertos del antológico dúo del clarinetista Don Byron y del pianista Uri Caine y de Diane Krall casi se superponen.

Las noches de Krall, que llegó con un trío de enorme soltura, hasta el punto de brillar aun frente a una artista de la fuerza de la rubia canadiense. Inmejorable tratamiento de los standards en los cuales se luce su voz. Su manera de tocar es un espejo (de bolsillo) del de su compatriota Oscar Peterson. Shows algo cortos, pero interesantes.

Música de colección fue la que hizo, en La Trastienda, el dúo en negro y blanco de Byron y Caine. Climas de variada textura, con un clarinetista dispuesto a llegar al límite de su imaginación, que resulta por momentos intensa, en otros algo dispersa. Caine mostró ser uno de los pianistas más interesantes de esta década. Un espíritu en permanente ebullición trabaja sobre esos originales encadenamientos armónicos.

Fuerza y expresividad, junto a un talento que sigue en crecimiento, generaron un notorio interés por su regreso. El auditorio terminó pidiendo: "más Caine, más Caine". Cuánta efusividad hay en el jazz actual.

Quedan por venir nada menos que los músicos más esperados del año: el pianista Herbie Hancock y el saxofonista Wayne Shorter. Ambos representan lo más granado del jazz. Son los aristócratas de la generación que en los años sesenta desarrollaron una de las líneas más vanguardistas y que dio por resultado la experiencia de someter al jazz al electroshock.

Ambos son talentosos compositores e intérpretes. Mientras Hancock logra hacer de cada tema un standard, tiene algo así como un toque divino para eso, Shorter muestra una inspiración amable y comprensible. Mostrarán en la Argentina su placa 1 + 1 a partir de mañana, el miércoles y el jueves, en el Coliseo. Las entradas, a esta altura, están agotadas.

Como una cuña artística entre los shows de Hancock-Shorter se presentará el martes el gurú de la guitarra eléctrica, John Scofield, uno de los músicos más influyentes del jazz y de una técnica que quita el aliento.

A las 21.30, en el Coliseo presentará el disco Bump, un álbum donde este virtuoso muestra su faceta de solista puro, aunque es verdad que en la placa sus arreglos tienen una acabada terminación.

Hay más: en noviembre estaría por Buenos Aires Wybton Marsalis con la Lincoln Jazz Orchestra.

Es el año en que el jazz parece haber ganado un terreno merecido, pero impensado. Ni la dureza de la situación económica ni la fuerte promoción de una música de poco valor agregado pueden apagar la llama de este género que, lejos de debilitarse, cobra fuerza como si se alimentase de esa postergación que sólo ahora comenzó a revertirse.

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