Jorge Orta: "Argentina es una mujer infiel"

Hay una muestra suya en cada continente, pero es un desconocido en su tierra natal. "Ya no espero nada de mi país", afirma. A solas con un transgresor
Ana D'onofrio
(0)
13 de mayo de 2012  

ROMA.— Plaza Vicente López, Rosario, 1978. En plena dictadura militar, cuando el estado de sitio se cernía sobre todo el país, él reunió a más de 2000 personas en torno de ocho pantallas gigantes donde se fundían, apareciendo y desapareciendo, cientos de imágenes con cinematográfico efecto. Sobre el césped, un escenario y una performance de dolor, gritos desgarrados y resistencia cobraban vida a partir de cruces, sangre, soga y coronas de espinas. La obra se llamó Transcurso vital y fue posible gracias al permanente compromiso social del artista y la ayuda de un cura progresista que la promovió como acto litúrgico.

Centro Cultural Bernardino Rivadavia, Rosario, 1984. Esta vez, ya en democracia, dispuso una serie de mesas por las que desfilaron cientos de personas para que… ¡les extrajeran sangre! Luego hizo mezclar las tomas y con el líquido resultante se pintaron piezas artísticas en simbólico ritual de hermandad latinoamericana. La performance, disruptiva y polémica, no cayó demasiado bien, según relata el artista. Fue entonces cuando Francia puso los ojos sobre Jorge Orta –rosarino, 58 años, arquitecto y licenciado en Bellas Artes, miembro del Conicet en aquel tiempo– y se lo llevó para siempre.

A casi 30 años de aquel pasado, todavía lo recuerda en tiempo presente. "Con mi última obra, una de las más radicales, en la universidad donde era profesor, no me querían echar, pero casi. Era inadmisible que un profesor pudiera hacer esas cosas y que la prensa quizá pudiera enterarse. Y eran las mismas obras a las que la Sorbona les abrió todas las puertas para trabajar. Ese decalage [N de la R.: desajuste, en francés] es lo más difícil… Entonces yo estoy acá (sic) y soy el único joven de la Universidad que viene a aportar ideas, y viajo y traigo, y voy a la Bienal de San Pablo, y voy acá y voy allá, y me tratan de loco, me tiran los libros ¡porque son subversivos…! Subversivo es lo que vemos ahora, no aquello."

Su voz, ya contagiada de acentos europeos, denota cierta pena, algo de resignación. Sus ojos se vuelven húmedos cuando se queja de que nunca el gobierno argentino lo invitó a exponer en la Argentina, su país. "Hay una expresión muy grotesca, muy fea, pero no encuentro otra. Siento a la Argentina como una mujer infiel –compara–. Vos la amás y te traiciona. La querés y se va con otro."

Con un currículum rebosante de becas y con cientos y cientos de exposiciones en todos los continentes, Orta es, sin embargo, un desconocido en su tierra natal. Casi no hay material en español sobre él y su obra en la Web. Todo está en inglés. "Ya no espero nada de mi país", dice a LNR sentado en la terraza del café del Museo Nacional de Arte del siglo XXI de Roma, donde acaba de inaugurar la monumental instalación Fabulae Romanae con el mecenazgo de Zegnart, el proyecto cultural que acaba de lanzar en Italia la célebre firma de moda Ermenegildo Zegna.

Así como la Argentina lo dejó partir, Europa lo arropó como a un hijo dilecto. Se doctoró en la Sorbonne en Etudes Aproffondies, ganó reconocimiento y premios, y conoció a Lucy Jenkinson. Con esta estilista e investigadora de moda inglesa que hoy es su esposa y socia, lleva adelante proyectos artísticos de gran magnitud y prestigio. Siempre focalizado en temas sociales y antropológicos, su arte se expresa a través de instalaciones, videos, poemas y sus mundialmente reconocidos trabajos artísticos a partir de la luz (Light Works), que comenzaron justamente con aquella performance del 78.

La pareja hoy vive entre Londres y París, donde fundó en 1992 el Studio Orta, un proyecto interdisciplinario para el desarrollo de sus trabajos, y restauró tres históricos sitios en Marne la Vallèe (La Lechería y los molinos de Boissy y de Sainte Maire) para usarlos como talleres de experimentación y producción de arte conceptual, sedes de workshops, residencias de artistas y laboratorios de investigación artística y medioambiental.

Jorge Orta probablemente nunca vuelva a ser nuestro. Pero vale la pena conocerlo. Y escucharlo.

FABULAS DE LA ROMA ETERNA

–¿Cómo explica usted esta reunión de arte con moda? ¿Es para legitimar el consumo, porque las industrias tienen que hacer algo en el mundo del arte para que no sea sólo comprar?

–Están las dos cosas. Es muy común hoy que las sociedades tiendan a purificarse, a virginizarse, a través de acciones culturales o medioambientales, como grandes petroquímicas u otras empresas que tratan de compensar sus actividades con alguna acción. Pero también pienso que hay mucha gente convencida de que hay que generar conciencia a través del arte y la cultura. Es el camino que ha elegido Zegna, que tiene una tradición en ligar su marca al cuidado de la naturaleza, porque esto no es de ahora, sino que ha sido así a lo largo de toda su historia. Lo que hemos descubierto es una gran compatibilidad de principios fundamentales entre nosotros, más allá del dinero y la rentabilidad. Esta tercera generación de Zegna, como dice el presidente de la firma, Gildo, quiere sumar visión cultural y espiritual a su industria. Y así es como eligen a un artista y le piden que haga algo. Pero todo es libre. El objetivo es hacer una obra de arte que tenga un mensaje. Nosotros no estuvimos obligados a usar telas de Zegna. La mayoría de los tejidos que usamos los sacamos de mercados de pulgas, de negocios de ropa usada o abandonada. Muy poquito es de Zegna. El objetivo era crear una obra que fuera portadora de un significado que compartimos y que, con esto, Zegna pudiera colaborar en el desarrollo cultural.

–Son artistas con una trayectoria ecológica de gran compromiso. ¿Esto no es también una bandera de marketing?

–Tenemos que saber que eso que parece tan evidente, no lo es tanto, sobre todo en Francia, donde nosotros hemos luchado y sufrido mucho a lo largo de 20 años de combate en el que todo arte que tuviera que ver con la sociedad, con lo ecológico, con lo social, todo el arte que tuviera un cierto compromiso, era muy mal visto. Eramos combatidos ferozmente, porque el medio del arte en estos últimos 20 años fue todo lo contrario, muy nihilista, muy egocéntrico, muy intelectual, desconectado de la sociedad, una corriente opuesta. O sea que nos dio mucho trabajo. Nosotros expresábamos que teníamos la obligación de intervenir. No, no fue un terreno fácil, no fue fácil hacer un lugar para este tipo de expresión. Recién ahora las cosas comienzan a equilibrarse.

–Al contrario de lo que ha pasado en el medio empresarial, donde se ha levantado la ecología y la sustentabilidad como un poderoso recurso de marketing...

–En el arte estas banderas han sido muy resistidas. Todo lo que tuviera contenido político o social, no. Se consideraba que el artista no tenía que ocuparse de eso. Hace 35 años que vengo trabajando en este sentido. Nosotros nos empezamos a ocupar del agua en los 90, cuando nadie hablaba del agua. Hoy ya se ha tomado conciencia. Lo que nos interesa en este trabajo es ser precursores en determinados temas que percibimos e intervenir para provocar un cambio, una conciencia.

–También hicieron un trabajo importante con el tema del trasplante de órganos…

–Sí. En los 90, ni en Francia ni a nivel internacional se hablaba de este problema. Morían y morían personas porque no conseguían un órgano que les permitiera prolongar la vida. Uno tiraba el órgano porque no sabía que otro lo necesitaba. No sabía porque no había contacto entre ellos. ¿Por qué? Porque la sociedad no tiene contacto, porque la sociedad no sabe lo que está pasando con el vecino, si tiene necesidades económicas, psicológicas o afectivas, si viene o va, si se muere… Entonces ahí empieza otro trabajo, que es el de hacer que la gente tome conciencia de esta incomunicación y se ponga en contacto.

–¿Esto lo hicieron a través del arte, de las instalaciones?

–Sí, fueron 15 años muy activos. Fuimos a ver al Ministerio de la Salud, a explicarle que íbamos a consagrar los primeros 10 años, 1996-2006, a la donación de órganos, como una metáfora de este problema de desconexión que tiene la sociedad. No es que nos interesara la medicina, sino el vínculo. Por qué uno tira y el otro necesita. En definitiva, trabajamos en muchos dominios, en muchas formas distintas, pero cuando hacemos una comida, grande y popular, una mesa sin fin (N de la R: se refiere a 70 x 7: The Meal) alrededor de la cual ponemos una comunidad, estamos representando a dos personas sentadas frente a frente dispuestas a retomar un diálogo. Es lo mismo que hicimos con el agua, con la donación de órganos... Hacer que la gente tome conciencia de que lo que yo tiro puede servirle a otro.

-¿Qué metáfora encierra Fabulae Romanae?

–Esta exposición comienza cuando Gildo, el presidente de Zegna, viene al museo y ve obras nuestras que el museo había comprado para su inauguración, y que eran de la expedición a la Antártida que habíamos hecho con Lucy en 2007. Ahí ve las tiendas, los paracaídas, que formaban parte de un proyecto de muchos años sobre el problema de la arquitectura, el nomadismo, la transformabilidad, la ropa que se transforma en permanencia, en un abrigo, en un tapado o en una bolsa de dormir, en una carpa, en algo multifuncional.

–Y los espíritus de Roma, ¿qué representan?

–Cuando llegamos acá empezamos a hablar con los curadores y se empiezan a integrar elementos de Roma, los espíritus de Roma. Son una especie de personajes como espejos de la sociedad. Son ellos y también somos nosotros mismos. No sabemos quién mira a quién. Es analizar o ver la sociedad con sus diferentes problemáticas a través de un personaje que es espectador, actor y protagonista.

–¿Entonces, dónde se encuentra la fábula?

–El mensaje que podemos decodificar en las fábulas a través del poema, del video, de la obra que vemos, es qué está aportando este personaje que no sabemos si es un inmigrante clandestino sin papeles, un inmigrante con papeles, un empresario... No sabemos si está portando maletas o si lo que tiene es una casa, porque maleta, vestido, todo, es como una especie de hábitat, de bolsa de dormir… No hay diferencia entre lo que lleva y lo que él habita. Ese personaje representa, sin duda, esa movilidad permanente que vive la sociedad moderna, esos desplazamientos de los más ricos y los más pobres, en aceleración permanente. Esa migración constante, esa búsqueda permanente del hombre.

–En la conferencia de prensa de Fabulae Romanae, mencionó a Zegna como un mecenas, comparándolo con Lorenzo de Medici, y hablando del sueño del artista que quiere crear, no sólo vender. ¿Cree usted que este tipo de trabajo puede incrementar el mercado del arte?

–Mire, hoy el mundo de la cultura está con recursos muy limitados, en la Argentina, en Italia, en Europa, en Brasil, etcétera. Si hay que cortar, cortamos primero la cultura. Frente a eso, el museo se vuelve cada vez más cerrado o hace exposiciones que duran seis meses, un año. Entonces, ¿qué le queda al artista? El mercado se reduce a una regla muy precisa: si la obra se vende es un genio. No se vende, no sirve. Entonces, para que se venda, la obra tiene que ser así y asá. Así es el mercado. Por lo tanto todo se concentra en algunas personas y en algún tipo de obra. Sin problemática, sin política, sin cuestionamientos… Lo vivimos cada día. El arte no tiene que perturbar, no tiene que molestar, no tiene que decir esto, no tiene que decir lo otro, tiene que ser lo más neutro posible. Artistas que no molestan jamás y que van bien con todo. Si seguimos así, el arte va a quedar sólo con los que venden…¿Y el arte? ¿Qué hacemos con el arte verdadero?

–Usted está diciendo que para el mercado, arte es sólo lo que vende…

–Claro, imaginen entonces los miles de jóvenes llenos de ideas, de ganas y de talento, esos que nosotros tratamos de acompañar para que no se conviertan en artistas que no van a ser... Para ellos los museos están cerrados, los mercados están cerrados. Me imaginaba a Miguel Angel, desesperado porque no tiene cómo conseguir un pedazo de mármol… Y lo busca desesperadamente para demostrar lo que él sabe hacer con ese pedazo de mármol. ¡Y no es ir a buscar un rollito de tela, es una piedra de 20 toneladas! Ni sé cómo hacían para transportarla desde Carrara hasta Florencia. Nada más que traer la piedra era una misión imposible. Por suerte había alguien que dijo yo te doy la piedra.

–El célebre mecenazgo...

–Exacto, ahora estamos volviendo a esto, gracias a Dios. Que al mismo tiempo eso sirva para la imagen de la empresa que propicia la obra, y si además esa firma tiene la misma filosofía, es perfecto.

LEJANA TIERRA MIA

–¿Cree que sería posible en la Argentina la promoción del arte por el arte mismo?

–La Argentina es muy difícil para mí. Hace 30 años que estoy aquí, pero también pasé muchos años trabajando en la Argentina. La obra más importante de mi vida fue hecha en la Argentina (N de la R: se refiere a Fusión de Sangre Latinoamericana).

–La situación política de la Argentina en aquellos tiempos, ¿tuvo que ver en su partida?

–No me fui por la dictadura. Me fui invitado por el gobierno de Francia y porque había llegado a un techo.

–Lo decía porque recuerdo que aquella fue una época particularmente violenta...

–Estuve en todas las épocas, en dictadura, en democracia, con la Triple A... Yo siempre, por propia filosofía, combatí todos los medios violentos. La violencia nunca lleva a ninguna parte. Sólo trae caos. Siempre pensé que todo cambio en una sociedad es progresivo y modesto. Coser, coser, coser, recoser, reconstruir, de a poco y sin parar, el arte constructor, el arte albañil, el arte jardinero. El artista debe contribuir a la reconstrucción de una sociedad, pero no por confrontación. Una sociedad es como vemos aquí, en Fabulae Romanae, una diversidad donde cada uno tiene su espacio, no uno contra el otro, no en confrontación, sino al lado del otro, del diferente, del que no piensa como nosotros.

–¿Hay otros mecenas que lo ayuden? ¿El gobierno de Francia?

–No, nosotros ya tenemos una independencia económica, de modo que no necesitamos más mecenas, aunque a veces una ayuda permite hacer otras cosas, experimentar en otras direcciones. Pero realmente no lo necesitamos. Y por eso todo es más libre.

–¿Qué espera de la Argentina?

–Las cosas son así, yo no espero nada de nada de mi país. Si Lucio Fontana, que nació en la Argentina, en Rosario, se crió en la casa de mi abuelo, y fue el más grande artista italiano del siglo, nunca tuvo una exposición en la Argentina, ni vivo ni muerto... Eso lo dice todo.

¿QUE ES FABULAE ROMANAE?

La instalación expuesta ahora, y hasta el 23 de septiembre, en el Museo Nacional de Arte del Siglo XXI de Roma, está en línea con el arte conceptual y comprometido que Jorge Orta ha cultivado en toda su carrera y, desde hace algunos años, en compañía de Lucy. También, como en la mayoría de sus obras, el mix de recursos utilizados (videos, esculturas, performances, poemas, etcétera) apunta a despertar las conciencias sobre los problemas que aquejan a la sociedad moderna: el nomadismo, la incomunicación, la inmigración, la falta de agua, el desarrollo sostenible, que en sus obras están representados por los refugios, las mochilas, la ropa amontonada, los nidos, que condicionan la relación del hombre con su medioambiente. "La idea central es que el trabajo sirva como un espejo de la sociedad actual, en la que unos actúan y otros son espectadores", explica el artista.

Fabulae Romanae es una instalación dedicada a Roma y creada especialmente para este museo, que se quedará con una de las obras como parte de su colección permanente. Comienza con la exposición de una serie de bocetos que dieron inicio al trabajo y se complementa con distintas piezas escultóricas, tiendas de campaña y un video donde se presentan los siete espíritus etéreos ubicados en lugares clave de la ciudad eterna (Castel Sant’Angelo, el Trastevere, Villa Gregoriana, el Sacro Cuore dei Monti, etcétera), todos reflejados por los versos del poeta Mario Petrucci, que fue seleccionado especialmente por los artistas para este trabajo.

40 AÑOS DE ARTE

Jorge Orta estudió simultánemente Bellas Artes y arquitectura en la Universidad Nacional de Rosario (1972-1980), y desde los inicios se dedicó a explorar diferentes formas de comunicación artística, en un tiempo político particularmente violento tanto en la Argentina como en el resto de América latina. Incursionó en el videoarte, el arte correo, las intervenciones lumínicas y las performances públicas a gran escala en pleno centro de su ciudad natal, Rosario. Con esos parámetros representó a su país en la Bienal de París, en 1982, con Crónica Gráfica, y fundó los grupos de investigación Huapi y Ceac para tender un puente entre arte contemporáneo y audiencias masivas. Como fruto de esta iniciativa vieron la luz Transcurso vital (1978); Testigos blancos (1982), una cantidad de cruces hechas con trapos alrededor de una hoguera que las consumía, también en una plaza; Arte portable (1983), una muestra que distribuía imágenes cargadas de contenido político bajo el formato de un desfile de moda, y Fusión de Sangre Latinoamericana (1984).

Con otros artistas latinoamericanos, a fines de los 70, promovió una red para la distribución y comunicación de ideas que se llamó arte correo, que se transformó en una de las principales formas de difundir artes visuales con contenido social en toda América latina. Orta creó además Concierto por Teléfono, una grabación musical que se distribuyó arbitrariamente según números de la guía telefónica.

Desde este período experimental hasta la realización de su primer trabajo a gran escala en Francia, en 1991, Orta continuó probando caminos artísticos con un objetivo único: el compromiso con las problemáticas del hombre de hoy. Una de sus obras lumínicas más recordadas es Impresiones de los Andes, en Cuzco y en la ciudadela de Machu Picchu, ante cientos de miles de espectadores y coincidiendo con la celebración de los 500 años del Descubrimiento de América. También son destacables los trabajos con luz en Capadocia, Turquía; el Zócalo mexicano; el volcán Aso, en Japón; los palacios venecianos, en el Gran Canal.

Además, The Gift (2010) es una metáfora destinada a la toma de conciencia sobre la donación de órganos; 70 x 7 The Meal (2000), un ritual de comida con una larga mesa y gente sentada una frente a otra para representar la necesidad de comunicarnos; Orta Water (2005), sobre la carencia de agua, en la Fondazione Bevilacqua La Masa, en Venecia; y Antártica (2007), en la Bienal del Fin del Mundo en Ushuaia; Amazonia (2010), en el Museo de Historia Natural de Londres.

En 2007, Lucy y Jorge recibieron el premio Greenleaf a la excelencia artística con mensaje medioambiental, presentado por Naciones Unidas con colaboración con el Museo del Mundo Natural del centro del Premio Nobel de la Paz de Oslo.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.