Julia Coria: "Con la muerte de mi marido no me guardé ni una sola palabra"

Crédito: Xavier Martin.
Soledad Simond
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18 de diciembre de 2019  • 13:23

Conocimos a Julia a través de su último libro, Todo nos sale bien, un relato autobiográfico crudo y amoroso sobre los últimos meses de su marido, Fabi, antes de morir de un cáncer de esófago. Con Euge Castagnino, editora, sincronizamos lectura y durante los mediodías se nos atragantaba el almuerzo mientras repasábamos el último capítulo, que solía coincidir con el último parte médico. No teníamos esperanzas ya, pero nos aliviaba contenernos en ese duelo tan ajeno y tan nuestro. Desde ese momento supimos que Julia Coria, algún día, sería parte de OHLALÁ!, así que decidimos conocerla. La citamos en la redacción, ya tenía más de un año de viuda, se había vuelto a enamorar y su mirada luminosa y pujante sobre la vida nos cautivó. "Queremos hacer algo con vos", reconfirmamos, y dijimos: "Empecemos con una entrevista", y después se nos ocurrió: "¿Y si escribieras cuentos para la revista?". "Escribo lo que quieran", nos contestó, y sellamos nuestro amor.

Pero primero lo primero, este es el diálogo que construimos otro día cualquiera en su cocina, donde me recibió con un budín húmedo y esponjoso de zucchini mientras su hija, Cuca, llegaba de la escuela, su hijo, Fidel, jugaba con un amiguito arriba y desde las fotos en la heladera -custodiándolo todo- miraba Fabi la vida que sigue, sin él, pero tan presente.

Fabi era más grande que vos, había sido tu profesor...

Tenía 14 años más que yo, incluso parecía más grande, y éramos muy distintos. Yo me plegaba a muchas cosas suyas, pero sin vivirlo subyugada. Sin embargo, con todo lo que me falta, siempre sentí que tenía más que él para repartir. Me ubicaba en un lugar de cobijarlo.

Claro, vos tenés una historia muy trágica, sos hija de desaparecidos, y podrías haberte acomodado en el lugar de "cuidame".

Él siempre decía que nosotros teníamos una ficción en la cual él me protegía a mí, quizá más desde lo físico porque era grandote, pero siempre decíamos, en joda: "menos mal que te enfermaste vos, porque si me enfermaba yo, nos comían los piojos".

Después de un año te volviste a enamorar, ¿cómo fue?

Me compré una cama de 1,30 m el día antes de empezar a salir porque pensaba: "Voy a morir célibe, ya ocurrió todo lo que tenía que ocurrir en mi vida". Pensé que no me iba a enamorar nunca más, me llovió del cielo y bienvenido sea, estoy feliz. No me pregunté nada, no me fijé en nada, me enamoré y chau. Me parece que las cosas que armás más de grande son sin ningún mandato y muy desde la libertad. Es hermoso y tiene la mejor predisposición: lleva y trae a mis hijos, les enseña matemáticas, cocina conmigo... Podría no hacer nada de todo eso y lo hace porque quiere.

No tuviste ni siquiera el esbozo del deseo "quiero formar una pareja de nuevo", ni llegó a entrar esa idea.

Todo el mundo me decía que iba a formar pareja de nuevo y yo pensaba que estaban locos. Una de mis amigas, que es psicóloga, apenas Fabi se murió, salimos a cenar y me dijo: "No te olvides de que sos muy enamoradiza", y a mí me impactó porque yo estuve 20 años casada y nunca me gustó ninguno más que él. Me impactó que me dijera eso, fue como una información sobre mí, no como una premonición.

Creo que hay algo más de tu ADN: sos una enamorada de la vida.

A mí me crió mi abuela, que tiene 96 años y hasta la semana pasada vivió sola. Tiene motivos, pero jamás la vi tirada. Para ella, "la vida es un lujo total". Se sobrepuso a cosas a las que yo no sé si me sobrepondría: la desaparición de mi mamá, después se le murió otra hija... De todas formas, creo que tuve acceso a un lujo muy grande que fue vivir el duelo como lo viví, no sé cómo salís de una relación de 20 años si no tenés una entrega al duelo como la que yo pude tener. Me quedé en mi casa los 20 meses que duró la enfermedad full life y hacía tres cosas: iba a terapia, iba a Italiano y todos los lunes iba al lugar al que voy para adelgazar (lo coordina un psicoanalista muy bueno y siempre me sirvió para mantenerme en eje).

Entonces fue tu abuela quien te enseñó a no victimizarte.

Total. A mí no me gusta nada el concepto de resiliencia que está recontra en boga. Mucha gente me dice: "vos sos una resiliente" y eso me ubica un poco en el lugar de la que sobrevivió a una cosa terrible, y yo, la verdad, me siento muy afortunada. Hay gente que no conoce el amor en toda su vida. Yo tenía 20 años, me enamoré, el tipo del que me enamoré se enamoró de mí, tuvimos dos pibes hermosos, la vivimos a todo trapo... Me enamoré ahora de nuevo; no tuve a mis viejos, pero me criaron mis abuelos con mucho amor; tengo a mis primos, que son seis y con los que tengo un vínculo de hermanos, mis hijos a mi prima la llaman "tía". No tengo motivos para sentirme desprotegida; por supuesto que la historia de mis viejos es hipertrágica, pero siempre estuvieron presentes de alguna manera.

Entonces, ¿la historia de tus papás no fue un tabú en tu crianza?

Los primeros años de mi vida mi abuelo no quería que yo supiera la verdad porque le parecía muy trágica y él creía que iba a encontrar a mi mamá, estaba convencido. ¿Sabés cuándo entendió que no? Con los indultos de Menem. Ahí se murió. Entendió que mi mamá estaba muerta, se deprimió y se murió, de un día para otro. Mi abuela y yo, en cambio, fuimos más de circular desde el deseo, cero enganche con la oscuridad. Es cierto que tenemos un agujerazo, pero no me engancho con eso.

Durante la enfermedad parece que lograste armar tu cápsula.

Sí, porque, además, Fabi rápidamente se sintió muy disminuido y se recluyó acá. A veces pienso las cosas que pasaron en esta casa, pasó horas y horas ahí, en ese sillón del living, alimentándose con la sonda. Terrible, pero siento que no fue una energía que quedó instalada desde lo feo, tengo en la heladera las fotos de los viajes que hicimos. En cuanto se murió me quedó más la imagen de Fabi sano que de Fabi enfermo; y fueron 20 meses, un montón de tiempo.

Pero igual quisiste sacar todas sus cosas, cambiar la energía.

Rápidamente. Fabi se murió un viernes a la noche y al otro día estuvimos acá con mi amiga Kari, que me ayudó, y sacamos todo. Yo no quería cosas de enfermedad, sacamos los remedios, el acolchado lo tiré al tacho... Tampoco soy fetichista, y lo viejo ya no tenía olor a Fabi, lo nuevo tenía olor a enfermedad. A algunos amigos les regalé zapatos; por supuesto que a Tomás, el hijo mayor, le regalé de todo; y a Fidel le guardé unos borcegos y unas ojotas re cancheras porque en dos años va calzar lo mismo. La clara herencia de Fabi es la biblioteca, que está intacta y es enorme. Por otro lado, tengo una caja con los recuerdos íntimos de él (con tarjetitas y cosas que le hacían los chicos) y otra nuestra, pero no es por donde lo evoco. De hecho, tengo millones de cartas de Fabi a nosotros.

¿Las escribió en el proceso?

Sí, ya enfermo. Cuando yo tenía 17 años, la prima de mi mamá me regaló una serie de cartas que mi mamá le mandó cuando ella vivía en Estados Unidos. Yo no existía, no era ni un proyecto. En una está mencionado mi papá como el hermanito menor de no sé quién y para mí esas cartas son vitales. Es cierto que yo me crucé con mis viejos, no los conocí, pero hay algo de lo que yo sé de la personalidad de mi mamá que salió de ahí. Por eso, le pedí a Fabi que escribiera y él dejó cartas: para los amigos, para la prima; y a mí y a los chicos nos dejó un montón.

¿Sin abrir todavía?

Cuca cumplió 15 años 3 meses después de la muerte de Fabián e hicimos una súper fiesta para exorcizar. Los dos cumplían el mismo día, el 9 de mayo, así que le regalé un suéter que me había regalado Fabi cuando nos conocimos, un libro que ella quería y una carta de Fabi. A Fidel rápidamente le di una porque supo de la carta de Cuca y con eso supuso que ella era su hija favorita. Después les dije que tengo un montón de cartas, que están acá y que cuando sea el momento, si quieren, las pueden leer. Yo leí las que me escribió a mí apenas se murió, no me tomaron por sorpresa ni nada porque nosotros hablábamos mucho.

Este tipo de enfermedades muchas veces te dan tiempo y conciencia sobre la muerte, ¿te sirvió para despedirte?

No me guardé ni una palabra. El libro tuvo que ver con todo esto. Después de su muerte, la señora que trabajaba en casa venía llorando y me decía: "A vos te pasa todo por dentro", y yo respondía: "Carla, escribí 160 páginas".

Escribir te ayudó a ordenar, a sanar.

Pude reconstituirme, pero porque era algo muy constitutivo de mí misma que tenía bastante abandonado. Volver a escribir terminó siendo Todo nos sale bien, y yo nunca dije "soy escritora" hasta que lo publiqué.

A pesar del proceso tan duro, el desenlace te volvió a tu esencia.

Cuando todo empezó, me dije: "No voy a poder nada". Si vos me hubieras dicho en 2016 que iba a cuidar 20 meses a Fabi, te hubiera dicho que no, que no iba a poder. Todo el mundo me decía que tenía que poner una cuidadora y yo decía que no. Hubo meses que no se dormía nada. También, mientras eso ocurre, ves a una persona que está sufriendo, con dolor...

¿Aprendiste algo de la muerte?

Ya temía la experiencia de la muerte. Los padres se te mueren en el transcurso de la vida, pero a mí se me murieron cuando son indispensables. Creo que la información que me quedó de esas dos situaciones es que la vida es un lujo. Mi papá, cuando vio que mi mamá no volvía, salió a buscarnos en bicicleta y fue al lugar donde la estaban secuestrando. Fue contra todas las reglas, contra toda la lógica. Por supuesto, desapareció él también en el acto. Si leíste Harry Potter, siempre digo que de mi varita sale una bicicleta blanca, es mi Patronus.

Es un comienzo muy Harry Potter, con ese papá que, contra todo pronóstico, pedealea para salvarte la vida.

Sí, total. Con la muerte aprendí que no tenés que guardarte ni postergar nada. Fabi era del "después, después". Cuando se murió, yo usé todas sus millas para viajar. Él viajaba muchísimo y juntaba millas para cuando tuviéramos 50 yo y 60 él y los chicos ya fueran grandes. Me las gasté. Recorrí Europa, fui a Brasil, Barcelona, me voy a Brasil en verano... Este enero, Cuca se fue a Berlín a hacer un intercambio y yo la iba a buscar con Fidel, pero perdí el avión. Llegué a Ezeiza y me di cuenta de que nunca había visto el horario del vuelo y el avión se había ido al mediodía. Fidel lloraba y me odiaba. Pero soy una persona tan afortunada que el vuelo que mi mente había proyectado existía, entonces había un avión saliendo hacia Berlín en ese momento. Como el pasaje original lo había sacado con puntos y lo perdí, tuve que comprar dos pasajes de nuevo, ¡me gasté la plata que tenía prevista para el viaje! Le dije al tipo de Ezeiza: "¿Viste?, ¡todo me sale bien!". Deberían pensar que estaba loca. Lo que nadie sabía era que ese día, antes de irme, me lo había tomado para despedirme de Utje, mi novio, y él me había dicho que estaba enamorado de mí. Si yo me tomaba el avión correcto, no me enteraba hasta la vuelta, y para mí fue muy importante saber que él estaba enamorado de mí. Yo también estaba enamorada de él, y se lo pude decir, pero no se lo hubiera dicho nunca porque tengo 42 años.

¿Cuánto creés que es suerte y cuánto el relato que vos te construís?

Esa es la función que tiene la literatura en mí, gobernar lo que ocurre. Mis personajes siempre están orientados mucho por el deseo, incluso el deseo de separarse, de salir de una situación..., hacen algo, no toleran pasivamente. Yo creo que no solo escribo, sino que además te cuento la anécdota con la subanécdota, la posanécdota y la interpretación. Para mí es así, si no, la literalidad de la vida es un poco ardua.

¿Te vuelve imbatible pasar por semejante dolor?

Un poco sí. Hay temores que no puedo ni visualizar con respecto a mis hijos, pero el resto de los temores de la vida adulta me parecen fáciles.

¿Sentís que todavía hay coletazos del duelo?

Con la publicación de Todo nos sale bien, es como si se me hubiese amansado la situación. Es un duelo que hice, que completé. Para mí estaba claro que los procesos que iban a hacer los chicos eran distintos de los míos y que por eso necesitaba ayuda para orientarme en ese periplo. Di con Paula, una psicóloga que es como un gurú. Es una situación en la cual tenés que morfarte la fantasía de que controlás algo.

Implica amigarte con la imperfección y el descontrol.

Sí, fue una pesadilla hecha realidad. Aprendí eso. Utje una vez me dijo, mientras sacábamos pasajes y yo quería sacarlos con chance de cambiarlos: "Si no podemos ir, va a ser tan grave la razón que no nos va a importar". ¿Cuánto podemos prever? Cuando era más chica, creía que el disfrute era un esnobismo, ahora me parece que es algo a lo que hay que dedicarse.

Peinó y maquilló Agustina Santamarina para Estudio Dúo. Agradecemos a Gabatt, Uma y Vitamina por su colaboración en esta nota.

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