La antigua ignorancia

Aunque proclamamos vivir en la sociedad del conocimiento, dejamos a nuestros niños y jóvenes en una ignorancia absoluta de las claves del mundo
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8 de abril de 2001  

"Donde él hace una broma, hay algún problema oculto", dijo Goethe a propósito de Georg Christoph Lichtenberg, profesor alemán de ciencias naturales del siglo XVIII. Lo confirma uno de sus famosos aforismos: "Hoy se habla permanentemente del saber. Posiblemente, un día nos veremos impulsados a crear universidades para recuperar la antigua ignorancia". Es un pensamiento provocativo, que no ha perdido actualidad. Aunque hablamos del saber, aunque proclamamos vivir en la sociedad del conocimiento, al que proponemos como un valor fundamental, dejamos a nuestros niños y jóvenes en una ignorancia absoluta de las claves del mundo, desprovistos de las herramientas esenciales para develarlas.

Los escritores ayudan a meditar acerca de la profundidad de estos problemas. Afirmaba no hace mucho el español Antonio Gala: "Si no se consigue formar a nuestros herederos, en todos los niveles y a todos los efectos, cualquier ley que se promulgue será mala: lo sucedido hasta hoy... Si un muchacho no sabe nada de Goya, una tecla apretada se lo mostrará; pero, ¿y si no siente la menor necesidad de oprimir esa tecla? Sin la educación, todo lo demás sobra. Porque lo otro es aire: mal orientado y triste".

En relación con esta cuestión, el pensador estadounidense Christopher Lasch dijo: "La educación de masas, que se propuso democratizar la cultura, antiguamente reservada a las clases privilegiadas, ha terminado por embrutecer a esos mismos privilegiados.

"La sociedad moderna, que ha logrado crear un nivel sin precedente de educación formal, ha producido también nuevos modos de ignorancia. Cada día le resulta a la gente más difícil manejar su lengua con soltura y precisión, recordar hechos fundamentales de la historia de su país, hacer deducciones lógicas, comprender textos escritos cuando superan el nivel rudimentario."

Ese es el grave fenómeno que estamos observando hoy como resultado de negar a nuestros jóvenes el acceso a la herencia cultural del hombre.

Detrás de las ideas atractivas que tan fácilmente nos colonizan -la modernidad, el cambio, la globalización, las nuevas competencias- estamos dejando de transmitir lo esencial, lo central, lo que resultó, resulta y resultará fundamental: esas herramientas intelectuales que permiten interpretar una realidad compleja.

Insistimos en las competencias, en el hacer, pero poco nos ocupamos hoy del saber, reflejando nuestra concepción utilitaria de la vida y de la educación, a la que imaginamos sólo como capacitación laboral.

Olvidamos que educar es, sobre todo, formar personas que perciban los límites de sus capacidades, que son los que muestra la educación.

En estos tiempos se requiere con frecuencia su visión del futuro a quienes estudian la sociedad del conocimiento y de la información.

A uno de ellos, el español Manuel Castells que trabaja en los Estados Unidos y que ha escrito un voluminoso tratado que es hoy referencia obligada sobre La sociedad de la información, le preguntaron hace poco: "¿Qué tipo de individuo necesitamos?", a lo que Castells respondió: "Quien quiera vivir bien tendrá que reunir dos condiciones: un alto nivel de educación y una gran adaptabilidad personal. Una educación no tanto técnica como general, que es la que se puede reprogramar, y que se basa, mira por dónde, en la capacidad de combinación simbólica: filosofía, matemática, historia y geografía, lengua y literatura, es decir, lo tradicional. Deberán aprender que las computadoras cambian..."

No conforme, insiste el periodista: "¿Y cómo debo educar yo a mi hijo de 5 años para ese mundo de cuando tenga 25?" Responde Castells: "Enséñele lo clásico: lengua, literatura, geografía, historia y matemática. Que sepa aprender, pensar, lo demás lo encontrará si sabe qué quiere y para qué".

Estas últimas palabras encierran el sentido último de la educación, su verdadero propósito: enseñar a las nuevas generaciones qué querer y para qué quererlo. La antigua ignorancia: mostrar el amplio repertorio de lo valioso y lo significativo.

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