La brújula y la incertidumbre

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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16 de abril de 2020  

Es muy difícil para todos desconocer qué va a pasar en nuestro futuro inmediato y nos preguntamos cómo seguirán las cosas tanto en nuestro país como en el mundo. El camino que hoy transitamos nos muestra un horizonte muy corto y acotado, debido a que las vueltas del sendero impiden saber qué habrá un poco más allá de lo inmediato, obligándonos a vivir día a día, sin poder anticipar demasiado.

De las muy diversas fuentes de angustia con la que vivimos este tiempo de pandemia y cuarentena, la incertidumbre que nos produce ese "horizonte corto" es de las más poderosas a la hora de amargarnos la vida. ¿Qué nos deparará el destino? ¿Hay luz al final del túnel? ¿Cómo planeo mi futuro económico? ¿Cuándo volverán las clases? Y así en más…

Es como que el mundo nos debiera alguna explicación que incluya la certeza de un futuro determinado, algo así como aquellos cuentos de infancia, contados mil veces, que nos permitían saber aquello que va a venir. El no saber nos enfrenta con nuestros ángeles y demonios interiores, que vienen a suplir ese vacío de futuro que vivimos con zozobra. Ocurre que estamos entrenados en la idea de la previsibilidad, más allá de que la historia personal y humana nos demuestre, tozudamente, que el destino es todo, menos previsible.

Es tan grande nuestra adicción a la certidumbre que cualquier dealer de futurismo nos encandila. Fíjese sino el lector lo mucho que concitan la atención aquellos que hablan en tiempo futuro. Cualquier relato que prevea un porvenir, cualquiera que este sea, genera una atención superlativa, sea para la amargura si el futurólogo es "onda bajón" o para la euforia, si la bola de cristal de turno visualiza que en breve correremos libres por las plazas, abrazándonos llenos de amor.

Lo curioso del caso es que el ser humano desde siempre ha vivido compartiendo sus días con la incertidumbre sobre su destino inmediato.

Tanta era la convivencia con la incertidumbre que tenían nuestros ancestros que, con la llegada del ocaso, no pocos pueblos antiguos intentaban seducir al sol que se estaba yendo para que vuelva al día siguiente, ya que no daban por descontado su retorno para alumbrar la próxima jornada.

Quizás sea por esa milenaria convivencia natural con la incertidumbre que el ser humano empezó a buscar otro tipo de certezas, en ocasiones dentro de su mundo interior. Se alumbraron allí, por ejemplo, zonas de lo que luego se dio en llamar "alma": ese territorio de lo intangible que sin embargo ofrece fuerzas tangibles cuando las papas queman. Se generaron también conceptos, relatos, épicas, mitos y se buscaron piedras filosofales que, más que dominar el devenir de la historia, ofrecían sí un anclaje para "bancarse la que venga" y navegar en la tempestad.

Quizás también a partir de la incertidumbre de tantos siglos nacieron algunas de las llamadas "virtudes", tales como la valentía, la fe, la confianza, la nobleza, la solidaridad… Así, nombradas en desorden y sin ponderar su grado de importancia, digamos que esas palabras signan el kit de instrumentos y la brújula que los humanos hemos ido construyendo generación tras generación para transitar lo incierto. Si miramos para atrás en la historia de nuestras familias, por ejemplo, encontraremos escenas de nuestros ancestros en las que esos instrumentos anímicos se pusieron a prueba con éxito. De allí tenemos mucho para aprender.

Apelar a aquel kit de cualidades que también son nuestras –aunque quizás no las hayamos ejercido– nos dará lo necesario para no asustarnos ni acobardarnos tanto ante lo incierto.

No sabemos qué nos traerá el destino en estas jornadas con conteos de víctimas y sentimiento de zozobra generalizada, pero sí podemos saber cuál es el capital anímico que tenemos para atravesar las aguas difíciles. Parados sobre eso y sin dejarnos hipnotizar por el abismo de la incertidumbre podremos hacer lo que haya que hacer para llegar a buen destino.

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