La camisa feliz

Enrique Pinti
Enrique Pinti PARA LA NACION
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13 de diciembre de 2009  

Dice el cuento que el hombre feliz no tenía camisa, eufemismo para significar que las riquezas materiales poco y nada tienen que ver con la felicidad y engaña pichanga esgrimido por los poderosos para sacar de la cabeza del pobre la peregrina idea de exigir mejores salarios. Creer que el dinero lo es todo es una estupidez; sostener que cuanto menos se tiene menos se pierde es otra imbecilidad, y afirmar que la pobreza terrenal es el puente de plata hacia una próxima "vida eterna" donde todos seremos iguales es directamente un disparate mayúsculo.

Durante muchas épocas de la historia se aconsejó al hombre común mantenerse en el llano, fuera de las intrigas del poder y de los tejemanejes palaciegos, que un día le eran favorables y al siguiente se volvían en contra y se corría el riesgo de perder el favor real junto con la cabeza. Los filósofos y sabios preferían lo que hoy llamamos "perfil bajo", y eso tenía su lógica (y la sigue teniendo), pero no se debe confundir la falta de ambición arribista y trepadora con la lucha por una vida mejor con justicia, equidad e igualdad de oportunidades. Embellecer la humildad, sofisticar la pobreza y glorificar los harapos, so pretexto de que son más gratos a Dios que los mantos reales recamados en piedras preciosas, son artilugios que ya no engañan a nadie.

Pero los gobernantes cada tanto echan mano de estos rebusques para disimular su impericia en proporcionar a su pueblo un mínimo nivel socioeconómico.

Sarkozy quiere incluir "la felicidad de los franceses" en el cálculo del producto bruto interno y sostiene que la perpetua publicación de las cifras ascendentes de la macroeconomía en épocas prósperas carga de estrés y ansiedad a las masas populares, provocando profundas depresiones. Por eso, propone a los economistas poner el acento en las pequeñas grandes dichas de la vida cotidiana como contrapeso de la crisis mundial, que, por otra parte, grandes filósofos y gurúes globalizados insisten en afirmar que ya se está superando; son los mismos que opinan que Obama está fuera de la realidad con su "visión romántica" de una medicina socializada para los Estados Unidos o que el mensaje presidencial es "socialista" (en EE.UU. socialismo es sinónimo de comunismo y ya se sabe cuál es el efecto que esa palabra tiene sobre la América profunda habitada por millones de votantes), o sea que todo lo que tienda a mejorar la calidad de vida es peligroso populismo que tarde o temprano perjudica a los que menos tienen. ¿Qué hay que hacer entonces contra los enormes déficits que castigan a la humanidad en mayor o menor medida en cada país? Reflotar la idea de la felicidad interna, la salud espiritual y la esperanza de morirse y gozar de la vida eterna en el paraíso en el que vamos a ir a parar como premio por hacer sido sumisos y obedientes es lindo, ¿no? Todos sabemos qué importante es la armonía espiritual, el cariño de nuestros seres queridos, la sensación de un atardecer en el patio de la modesta casa natal bajo la parra generosa y con nuestra mascota jugando con el hueso que sobró del asadito, oyendo el pregón del heladero que, desde la humilde calle barrial, nos ofrece la dulzura mientras otro vendedor vocifera: "¡A la sandia (con acento en la a) calada!". Pero si no hubo plata para el asado y no hay un mango para el helado y la sandía, y la parra está podrida y seca, ya me contaras cómo se hace para hacer de eso un cuadro enternecedor de felicidad.

El hombre feliz puede no tener camisa y sí dignidad. No depende de lo exterior, pero eso era en épocas donde la publicidad marketinera no ametrallaba al pobre con fotos de chicas bonitas bebiendo tragos largos en islas paradisíacas. Con estrellas mediáticas bajando escaleras de mármol en mansiones soñadas, y bailando en deslumbrantes salones aunque la fiesta sea en beneficio de pobres y enfermos. Aquel hombre feliz que no tenía camisa no sufría la constante perorata del "confort a tu alcance, llame ya". Hoy en día, la felicidad del hombre simple se completa con trabajo, sueldo digno, familia, techo, oportunidades, libertad de expresión, tolerancia y respeto por su vida privada. Teniendo todo eso, la camisa se la pueden meter donde les quepa. ¿Será mucho pedir?

El autor es actor y escritor

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