La casa y sus huéspedes

Por Guillermo Jaim Etcheverry
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17 de abril de 2005  

Leyendo hace poco el poema ¿Ars poética?, del gran escritor de origen polaco Czeslaw Milosz, encontré de improviso estas líneas admirables: "La utilidad de la poesía está en recordarnos/ que es difícil seguir siendo la misma persona,/ porque nuestra casa está abierta, las puertas sin llave,/ y los huéspedes invisibles entran y salen". En esta síntesis sorprendente, el premio Nobel de Literatura 1980 recientemente desaparecido expone su concepción de la realidad existencial del ser humano. Es la misma a la que regreso en estos textos con obsesiva persistencia, aunque con menor lucidez expositiva que el poeta.

Es que, en tanto personas, somos "casas abiertas", es decir, estamos expuestos en todo momento a lo que sucede afuera, a los otros. Más aún, aunque no quisiéramos abrirnos, las puertas de las casas que somos están "sin llave". Es esa manera de estar en el mundo la que nos caracteriza como seres humanos. Pero es preciso advertir que la casa abierta que somos supone también el peligro de la desprotección, el riesgo del ­de­samparo, la amenaza de la invasión. Porque, aunque no siempre lo advirtamos, "huéspedes invisibles entran y salen" de nosotros.

En última instancia, nuestra construcción como personas resulta del modo en que logramos diseñar nuestro interior, hecho para estar abierto. De cómo nos conformemos dependerá la influencia que estén en condiciones de ejercer sobre nosotros los "huéspedes invisibles" que entran y salen, quienes nos habitan, a veces con invitación, otras de manera subrepticia, secreta o, incluso, en contra de nuestra voluntad.

Por eso resulta tan importante la calidad de esos huéspedes, que no son sino los productos de la cultura que, como sociedad, construimos para que ingresen en el interior de las personas. Resulta oportuno aquí recurrir a una cita de otra poeta, también polaca y también galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 1966, Wislawa Szymborska. En su poema Entre las multitudes, se interroga: "¿Y si hubiera nacido/ no en la tribu debida/ y se cerraran ante mí los caminos?" La poeta nos advierte que la tribu, la sociedad, resulta decisiva cuando se trata de abrirnos los caminos, de mostrarnos el rumbo. Esa es nuestra responsabilidad social ante quienes nacen entre nosotros: la de ser "su" tribu debida, la que les abra el sendero. Y eso se logra poniendo especial cuidado en que quienes serán los huéspedes –palabras, imágenes, conductas– que entrarán en sus casas de puertas sin llave contribuyan a mejorarlos como personas. Que les proporcionen los instrumentos para identificar a esos otros visitantes indeseados que ingresan de modo silencioso, invadiéndolos en contra de su voluntad. Porque en ésa, nuestra condición de existir abiertos, "es difícil seguir siendo la misma persona", como también dice Milosz.

El trabajo humilde y silencioso, pero convencido y tenaz de la familia y la escuela –miembros clave de la tribu de la que habla Szymborska–, es el único que está en condiciones de abrir los caminos, de dar a cada uno la dimensión aproximada de sus enormes posibilidades de desarrollo, de transmitir el deslumbramiento que genera el vivirse como una casa en permanente construcción, abierta, pero no por eso desatenta a la calidad de los huéspedes que la visitan. Porque aunque éstos sean invisibles, su presencia se intuye cuando la casa es el resultado de un diseño cuidadoso y paciente, que ha distribuido con sabiduría las alarmas y que, con previsión, ha ubicado sólidas defensas. En fin, cuando se ha tenido la fortuna de nacer en "la tribu debida".

El autor es educador y ensayista

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