La ceremonia del adiós: es hora de resignificar las despedidas

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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30 de mayo de 2020  

No es fácil escribir sobre lo que hoy queremos compartir. Tampoco quizás leerlo. Es, posiblemente, una de las cuestiones más duras de la cuarentena. Se trata del tránsito de los duelos: aquello que ocurre cuando una persona querida fallece, y no es posible despedirla como se desea.

No se lo nombra como un tema general ni es tapa de diarios o de noticieros, y queda por ahora circunscripto a quienes han debido vivirlo en carne propia. No se trata específicamente de muertos por el coronavirus, sino de todos los casos de pérdidas ocurridas hoy en día, en plena cuarentena.

Como relato lejano, nos enteramos de entierros de personas que, por causa de las restricciones que la pandemia impone, no pueden ser acompañadas más que por tres o cuatro allegados de manera solitaria, más allá de que sean muchos los que desearían estar allí. No se hace fácil adentrarse en la interioridad de quien debe despedir de esa forma a un ser querido porque no entra en el cupo de los autorizados a participar de la ceremonia final. Es de ese tipo de dolor que no logra demasiada empatía en medio de tanto cataclismo.

La antes mencionada lejanía emocional con los deudos que no pueden despedir a los suyos como quisieran se agrava por el hecho de que todos debemos escuchar, una y otra vez, cifras y más cifras de muertos, lo que lleva a que se genere una suerte de blindaje emocional que adormece la cercanía con la intimidad del dolor.

Desde sus tiempos más remotos el ser humano ha ofrecido honrar a sus muertos. Incluso hay algunas pruebas de que los neandertales también hacían sus ceremonias de despedida, ofreciéndole ese última adiós a quien había partido. El adiós póstumo hace bien a todos, porque reúne a la comunidad para darle una singularidad necesaria a la partida de alguien, para acompañar afectivamente a los deudos y, también, para sentir que, llegado el propio momento del adiós, nuestro tránsito por el mundo no habrá pasado desapercibido ya que todos tendremos algún tipo de ritual último que nos salve del anonimato.

No juzgamos las decisiones que llevan a esta restricción al respecto del adiós a los fallecidos. El maldito virus está allí, asechando, y tiene lógica la medida. Pero no nos hace bien callar, como si fuera tabú, el dolor que dicha restricción significa en tantos que no pueden estar allí en un momento significativo.

Se suma el hecho de que también hay reglas que alejan a los familiares de aquellos que están convalecientes. Se trata de todo un capítulo enorme de la cuestión, que ameritaría una reflexión específica por sus durísimas implicancias.

La vivencia de impotencia, de desamparo y desolación en esas situaciones es enorme, y vale darle alguna visibilidad para que aquellos que deban vivir esa circunstancia (potencialmente todos nosotros) no estén condenados a una suerte de exilio emocional.

Hoy los adioses son no solamente dolorosos sino desolados, lo que obliga a una resignificación del adiós que se contraponga con vehemencia a este estado de cosas.

En ese sentido, habrá que imaginar reuniones futuras para compartir el adiós ceremonial que los fallecidos durante la cuarentena merecen. Vale la propuesta de que, cuando termine la pandemia, se hagan las despedidas hoy imposibilitadas, y esa idea pueda ser parte del consuelo que hoy se hace difícil encontrar.

Así como hoy nos hace bien saber que la pandemia algún día se terminará, también hace bien saber que la ceremonia comunitaria del adiós podrá celebrarse de otra manera, cuando lleguen tiempos mejores.

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