La cultura de la polémica: por qué se pusieron de moda los estallidos

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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18 de mayo de 2019  

Antonella, la bonita y siempre sonriente mujer de Leo Messi, en estos días está "estallando" ante comentarios de una conocida wedding planner. Al menos así, con esos términos, nos lo informan muchos medios.

Los porqués de los supuestos estallidos no importan a los efectos de lo que acá queremos decir. El tema es que, al leer algunas publicaciones, nos enteramos de que, además de Antonella, todo el mundo farandulero o político pareciera estar estallando, lo que en realidad debiera preocuparnos ya que eso de andar reventando/estallando por allí, cual polvorín ambulante, no es bueno para la salud de nadie.

Sabemos que un estallido convoca más la atención que la plácida cadencia de una conversación amable. Y no lo decimos nosotros, humildes profesionales de estas latitudes, sino que lo manifiesta Deborah Tannen, reconocida lingüista y especialista en comunicación en su libro La cultura de la polémica. La autora confirma en ese texto que la "guerra", estallidos polémicos mediante, convoca la atención y es por tal razón que las batallas mediáticas, aun las banales o directamente inventadas, garantizan rating y visualizaciones más allá de que, en lo que hace a la salud social y cultural, esa perspectiva nos va ubicando en zona de peligro.

Demasiada gente cree que estallar libera. Esa creencia favorece la homologación entre el estallido y la virtud de la sinceridad. Según esa mirada, el que estalla es genuino y sincero, y el que no estalla, no.

Pues no, no es así. Estallar no libera ni significa una superioridad moral o emocional por ser "auténtico", y menos por sobre aquel que no lo hace y elige otras vías no pirotécnicas para dar curso a su emocionalidad.

Si estallar liberara de verdad no serían tantos los que piden perdón luego del estallido, ni estarían cumpliendo condena tantos que se dejaron llevar por alguna explosión violenta. Suelen decir los fallidos "estallantes" que no dijeron (o hicieron) lo que en verdad pensaban o querían hacer cuando dejaron salir "eso" que guardaban en el buche. "Lo dije sin pensar"; "me mandé una macana", suelen manifestar, compungidos, cuando ven efectos no deseados de aquello que largaron, estallido mediante, sin más trámite.

La dicotomía entre el controlado, por un lado, y el que estalla, por el otro, siendo el primero (el controlado) una especie de constipado emocional, y el segundo (el "estallador") una suerte de libertario, es una falacia que hace daño a las relaciones y, sobre todo, es una forma cultural de ver las cosas que, como dijimos antes, nos ubica en una zona de creciente peligrosidad.

Esto es así porque se prestigia la explosión, el arrebato y la impulsividad justificada por la indignación (emoción muy de moda), otorgándole el rango de "sinceridad" o "valentía", mientras que, por el otro lado, se le da motes peyorativos a la posibilidad de mediatizar las emociones para madurarlas, esforzarse para generar puentes y gestionar el mundo anímico con conciencia no exenta de pasión .

De a poco, gota a gota, el lenguaje que apologiza el estallar como virtud va contaminando los circuitos, generando matrices de pensamiento que, sin que nos percatemos, van trazando mapas que, luego, transitaremos creyendo que son realidades y no construcciones falaces.

La licencia para el estallido fácil cuesta cara, y si esto es multiplicado por el afán de rating que genera una nefasta pedagogía, peor. Hay mejores maneras de llevar adelante las emociones sin traicionarlas. Aprender al respecto será un interesante desafío una vez que la fiebre "estalladora" pase y arribe el momento de la reparación.

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