La esposa, según pasan los años

De objeto de acuerdos económicos a sujeto activo de una institución en crisis, la figura de la mujer casada ha sufrido múltiples transformaciones a lo largo de los siglos. Aquí, un fragmento de “Historia de la esposa” (Salamandra), un libro de reciente publicación que aborda este tema inagotable
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25 de abril de 2004  

En el pasado, las mujeres se casaban por otras razones: por el sustento económico, para forjar alianzas familiares, tener hijos, contrarrestar la soledad, o ser como todas las demás. En otros tiempos, también, las mujeres ostentaban el título de "esposa" como un símbolo de honorabilidad. Ser la mujer de un eclesiástico, de un panadero o de un médico anunciaba al mundo en voz alta que ella había logrado hacer realidad su destino "natural".

Esa posición hablaba de legitimidad y protección en un mundo que era proverbialmente injusto con las solteronas, y, aunque la esposa no fuera feliz en su matrimonio, la alianza matrimonial era la medida de su valía como mujer.

Hoy, la palabra "esposa" no expresa un mensaje tan rotundo. En primer lugar, ya no implica, como en los hogares de las clases altas y medias de otros tiempos, que el marido mantendrá a la mujer. En segundo lugar, el matrimonio ha dejado de ser la única vía para los placeres sexuales y domésticos, pues los solteros conviven hoy más abiertamente que nunca. Finalmente, el matrimonio ni siquiera sigue siendo el paso indispensable para la maternidad; el cuarenta por ciento de los bebes norteamericanos nacen fuera del matrimonio.

Para las mujeres empresarias o profesionales de hoy, el matrimonio puede resultar un status lleno de ventajas y desventajas. A algunas les permite hacer uso de los contactos del marido, pero otras, en cambio, juzgan conveniente disimular su estado civil, en especial ante colegas y jefes que exigen una dedicación absoluta a la empresa. Cada vez más mujeres casadas optan por conservar su apellido de soltera. Con el divorcio en el horizonte para aproximadamente la mitad de las esposas norteamericanas de hoy, ¿por qué molestarse en cambiar de apellido cuando lo más probable es que se vuelva al original? (...)

En este libro me pregunto cómo hemos llegado a un momento tan problemático en la historia de la mujer casada. Argumento que la transformación de este papel social en los últimos cincuenta años es, en numerosos aspectos, el resumen de los cambios que se han ido produciendo a lo largo de mucho tiempo, aunque no han sido uniformes en todos los países, religiones, razas, grupos étnicos o clases sociales. Empiezo por los antiguos hebreos, griegos y romanos, y me concentro en perspectivas que persisten en nuestros días, incluso, a la vez que cambian y dejan paso a nuevos y más apremiantes asuntos, algunos de los cuales, especialmente apreciables en nuestra época, tienen raíces que se remontan a cientos e incluso miles de años.

En la Grecia clásica, por ejemplo, un padre prometía a su hija en matrimonio con las siguientes palabras: "Entrego a (nombre de la hija) con el propósito de procrear hijos legítimos". En todo el mundo antiguo, la principal obligación de una esposa era procrear hijos. (...) Hasta bien entrada la época moderna, se podía repudiar a la esposa que no diera hijos, sobre todo entre la realeza y la aristocracia, donde la necesidad de un heredero varón ejercía todavía más presión sobre la esposa. Esa presión no ha desaparecido en todo el mundo. En ciertas naciones islámicas, por ejemplo, los contratos matrimoniales escritos a instancias de la novia prohíben tener una segunda esposa salvo en el caso de que la primera resulte estéril. Todavía hoy muchos hombres y mujeres se casan con el propósito expreso de tener hijos. Recuerdo un perspicaz comentario de uno de mis hijos, en los años cincuenta, cuando oyó que se casaba la chica que lo cuidaba: "¿Por qué se casa? Si no quiere tener bebes..." Vivíamos en California, en los albores de la revolución sexual, y el matiz no pasó inadvertido para un niño de cinco años. En esa época, las parejas comenzaban a cohabitar abiertamente, como harían en todas partes de Estados Unidos en las siguientes décadas. Pero lo extraño es que las palabras de mi hijo fueron proféticas: hoy es normal que parejas heterosexuales que han vivido juntas sin casarse durante meses o años decidan hacerlo para tener un hijo o cuando éste ya se encuentra en camino (...).

La "esposa" y la "madre" comparten unas fronteras borrosas. A menudo sus responsabilidades se mezclan, y algunas veces entran en conflicto. Cualquier mujer que ha sido madre y esposa sabe que el tiempo, la energía y los recursos materiales que da a su hijo pueden molestar al marido.

Y esa misma mujer sabe también que los hijos pueden crear un vínculo permanente entre los cónyuges al dar a la pareja una proyección de futuro como producto de su amor. Los cónyuges suelen compartir el amor a sus hijos hasta cuando no se aman entre sí.

En el pasado, la mayoría de los matrimonios eran un asunto más económico que amoroso. Los hombres se casaban con mujeres que tenían dote y las mujeres lo hacían con hombres que podían mantenerlas. Desde los tiempos bíblicos hasta los años cincuenta, el deber del marido era mantener a la esposa, mientras que de ella se esperaba que proporcionara sexo, hijos y el gobierno de la casa. (...) Hoy día, sean cuales sean las consideraciones económicas iniciales de los futuros cónyuges -como el poder ganancial o la fortuna familiar de cada uno-, ya no se presupone que el marido será la única fuente de ingresos de la esposa. La mayoría de las parejas se casa con la expectativa de que ambos contribuirán a la economía del hogar, pues, como a cualquier familia le resulta cada vez más difícil vivir de un solo ingreso, la norma es que ambos trabajen. (...)

Escribo este libro en la creencia de que todavía es "algo bueno" tener una esposa y ser una esposa, aunque con ciertas condiciones. Esas condiciones implican una relativa igualdad entre los cónyuges, respeto mutuo y afecto. También implican poseer los medios suficientes, tanto personales como sociales, para satisfacer las necesidades materiales, incluyendo educación y servicios médicos. Ser esposa todavía posibilita el interesante reto de ir por la vida como miembro de una pareja. En la mejor de las circunstancias, una unión amorosa prolongada nos refuerza y valida como seres humanos. Aprendemos a comprometernos y a desarrollar un sentido del humor sobre nuestras propias peculiaridades y las de nuestro esposo. Encontramos apoyo y consuelo a la hora de afrontar los inevitables problemas de la vida. Podemos compartir nuestras ideas, esperanzas, alegrías, miedos, penas, experiencias y recuerdos con un íntimo testigo de nuestra vida.

La autora, académica del Instituto de Investigación de la Mujer y el Género en la Universidad de Stanford, ha publicado también "Historia del pecho" (1997) y "La Revolución Francesa en la memoria de la mujer", entre otras obras

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