
La insaciable industria del miedo
Hay demasiado miedo dando vueltas. Miedo a esto, miedo a lo otro, miedo al miedo...
Es toda una ideología que impregna lugares inimaginables de nuestra mente y que nos hace vivir a la defensiva, parapetados, ansiosos y malhumorados, quejosos del mundo que nos toca vivir.
Inseguridad, tornados e inundaciones, vicios y demás acechanzas que ponen en riesgo a nuestros hijos, enfermedades varias (cáncer, cardiopatías, hipertensión, etcétera), inflación, cepos varios, política crispada, Apocalipsis maya? la lista es larga.
A la vez, es injustamente corta la lista de los muchos recursos con los que contamos para vérnoslas con esos peligros que acechan nuestra existencia.
Ante cada peligro surge alguien que nos vende la solución, lo que ha tornado al miedo en una industria lucrativa y en expansión, nutrida de un mercado insaciable que busca seguridades a toda costa, olvidando que, a Seguro, lo llevaron preso.
A la lógica del miedo no hay con qué darle. Imposible refutar sus premisas a través del razonamiento, ya que, convengamos, nadie puede desmentir el hecho de que, mal que nos pese, algo malo puede pasarnos a partir de una realidad incontrastable: no controlamos, ni remotamente, todas las variables de nuestra existencia.
Siguiendo estrictamente el razonamiento de la ideología del miedo, la única manera de evitar los riesgos es no habiendo nacido. Allí sí no habría peligro alguno. Pero? algo suena mal con esa conclusión, algo no funciona si la idea de evitar los males del mundo es amputando, también, sus bienes, sus gozos y sus entusiasmos.
No parece quedar tiempo para nada más que prevenir tanto mal acechando por ahí, lo que quizás explique por qué las caras de malhumor son tan numerosas en nuestra cultura miedosa.
Quizá sea por lo antedicho que se dice que el verdadero opuesto del amor no es el odio, sino que es el miedo. El odio por lo menos le da cauce a la pasión, genera vínculo, una razón por la cual vivir, aunque sea destructivamente.
El miedo, en cambio, congela el alma y corta todo vínculo con lo vital, nos quita la fe en la vida, aislándonos de todo para que "no nos pase nada". Y muchos lo logran: "No les pasa nada"? y luego se quejan.
El miedo no es de verdad eficaz a la hora de solucionar los problemas. Generalmente propicia reacciones reflejas, pero no pensantes. Avisa de los riesgos, pero no ofrece recursos para atravesarlos, como sí los ofrecen el coraje, la prudencia, la inteligencia, la generosidad, la perspicacia, la cooperación, la entrega y, sobre todo, las ganas y el entusiasmo que solamente se consiguen cuando hay acompañamiento emocional, cuando hay "otros" que le dan tibieza a la propia existencia y la sacan de la liturgia temerosa de cada día.
Los que sucumben a la lógica esterilizante del miedo son aquellos que están muy alejados de un vínculo emocional, tanto consigo mismos como con otros.
En la noche oscura, las personas se quitan el temor unas a otras, algo que, en soledad, no podría jamás ocurrir.
Por eso, a la lógica irrefutable del miedo que nos aísla y acobarda, conviene diluirla con la realidad que dice que, con temores y todo, los humanos seguimos amando, pariendo, gestando experiencias e inventando realidades (sean éstas buenas o malas), a partir de trascender el temor a fuerza de ganas y red con otros.
Encontrar la fuente de esas ganas merece ser la meta, ya que, en contacto con ella, los recursos ante los peligros se multiplicarán mucho más que si, para afrontarlos, apelamos al miedo, que no será zonzo, pero tampoco es demasiado lúcido a la hora de ayudarnos a vivir una mejor vida.
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