
La miel francesa es el nuevo vino
PARÍS.- En estos últimos meses es muy frecuente sentirse invadido por abejas parisinas. La escena se repite en un bar al borde del Sena, en una frutería y verdulería, o incluso en un restaurante chino al aire libre: los que les tienen miedo se paran y se alejan agitando una servilleta o algún pañuelo, mientras que los más valientes optan por la postura zen de asegurar que, si no se las molesta, se van solas. Opté por averiguar un poco más por qué estas obreritas ruidosas aterrorizan la ciudad, y para ello tuve que levantar la vista.
Sobre los techos de la Ópera, en pleno corazón de París, hay al menos cinco colmenas de abejas que aprovechan durante todo el año de condiciones excepcionales para crear la famosa "miel de la Ópera". Lo mismo sucede arriba del museo de Historia natural, sobre la catedral Notre-Dame, en el Grand Palais, en el reconocido restaurante La Tour d'Argent e incluso en la Asamblea Nacional, ese edificio del otro lado de la Concorde donde los diputados debaten y votan leyes. Sobre los techos de los monumentos y hoteles de lujo parisienses viven colonias de abejas que se nutren del néctar de las flores y generan una fuente inagotable de miel, preservado de pesticidas. Si bien París es desde hace años recordada por los visitantes por albergar ratitas en las vías del subte, calles, o en un buen restaurante (basta evocar la película Ratatouille), las colonias de abejas no se quedan atrás. En París se calcula que existen al menos unas 600 colmenas que producen anualmente más de siete toneladas de miel de buena calidad. La cifra es por ahora reducida en comparación con las 17.000 toneladas producidas el año pasado en Francia, o con las 28.000 importadas para satisfacer la demanda nacional, pero el trabajo de polinización favorece la biodiversidad y estos insectos gozan de mejor salud porque la alimentación es más diversificada que en el campo, donde la agricultura intensiva destruye la riqueza.
La abeja urbana coincide con una tendencia parisina en alza: la miel se está convirtiendo en el nuevo vino. Acá se organizan talleres de degustación y los chefs se entusiasman en sus cocinas con este producto utilizado por el hombre desde la Antigüedad para nutrirse y curarse. Hoy son varios los emprendedores que empiezan a proponer "cosechas raras o emblemáticas de la diversidad de la producción francesa", una calificación que también existe para los vinos, y se reivindican "bodegueros de mieles". La miel de la Ópera, por ejemplo, cuesta 15 euros por 125 gramos. Los 1200 potes anuales se venden sin problema y se agotan rápido. Las mieles parisinas seducen a japoneses y los apicultores extranjeros miran de cerca el savoir faire de la ciudad luz. Basta pasearse por los pasillos de la Grande Epicerie -el supermercado de lujo del Bon Marché- o el de las galerías Lafayette: las hay de todos los gustos y colores, con notas de castaño, de acacias, de naranja, de lavanda, e incluso monoflorales. La oferta en línea también se multiplica, con cientos de néctares vendidos por boutiques especializadas en este oro azucarado. Y las clases que la Sociedad Central de Apicultura dicta para privados en su escuela-colmena del jardín de Luxemburgo están completas hasta en 2018. Después del chocolate, el café y el té, la miel parece convertirse en el último grito del esnobismo parisino.
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