La onda rosé provence gana terreno en la góndola local: 10 vinos para descubrir

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Joaquín Hidalgo
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22 de marzo de 2019  • 00:36

Mientras que nadie duda de cómo y cuándo servir un tinto, con los rosados la cosa no parece tan simple: ¿se sirven con pescados? ¿van bien con carnes y salsa? ¿sólo maridan bien con pizza?

Hay que aprender a beber vinos rosados.

La respuesta, como muchas veces pasa en el mundo del vino, ya fue inventada donde perfeccionaron el estilo del vino: en la Provence, sobre la costa mediterránea de Francia. Ahí, los productores de vino se afanan por conseguir rosés de un color tan etéreo como delicado, cuyo perfume frutal y herbal seduce a la mesa del bar y el restaurante, tensionado por una rica frescura.

¿Con qué lo acompañan? Con platos bien sazonados de hierbas, como pescados con limones secos y tomates confitados; tartas de cebolla y queso con una rama de tomillo; jamón crudo servido en rodajas de pan raspadas con ajo; morrones y berenjenas asadas con oliva. Toda una gastronomía rica en sabores pero delicada en grasas.

Con esos platos es donde los rosados mejor funcionan. Y mientras que una parte de los consumidores se vuelca hacia vinos delicados y frutales en nuestro mercado, los rosados se convierten en una pieza clave de la oferta. Tanto local como importada. ¿Ejemplos? Van algunos: mientras la enóloga Susana Balbo lanzó un rosado de Malbec y Pinot Noir en la onda provenzal para su línea Signature, Rutini propuso un rosé ídem para Trumpeter Reserve y Luigi Bosca se animó hace dos cosechas con su singular A rosé is a rosé. En paralelo llegaron al mercado vinos franceses, como los recién importados Chateau La Coste o Le Merle, ambos Côtes de Provence.

Así, una nueva góndola salmón ligero gana terreno y, de paso, platean la pregunta acerca de cómo y cuándo consumirla.

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La onda rosé

En los últimos años los consumidores de vino vimos aparecer una nueva camada de rosés que se contraponían a los rosados casi tintos que bebíamos hace una década. La razón, justamente, había que buscarla en que los vinos provenzales venían en ascenso en el mundo y Argentina tenía buenas chances de producirlos.

Tanto el sol mediterráneo como el frescor de sus montes se puede hallar de Mendoza a Salta. El asunto está en concebir las variedades de uva o el corte ideal de ellas: en Provence se Syrah, Grenache y Cinsault (a veces Mourvèdre), en nuestro medio el Malbec con toques de Syrah y Pinot Noir ofrece un perfil similar.

De modo que la Argentina tiene hoy una oferta de rosados cada vez más atractiva. El asunto está en pescar bien la oportunidad de consumo: están los rosados pileteros y joviales -cuya temporada llega a su fin con la entrada en vigencia del otoño-, pero también los rosados con algo más de cuerpo y seriedad, cuya ocasión de consumo perfecta es la mesa.

En esa línea, nuestra gastronomía de pastas dominicales -con salsa fileto o pomodoro, con rellenos de queso o ricota si son frescas-, de pizzas muzzarellas o fugazzeta por la noche y empanadas surtida por delivery encuentran en estos vinos buenos laderos. Por supuesto, a quien le guste cocinar puede apostar por unas langostinos salteado con pimentón o un pollo o cerdo con hierbas al horno. Para todo eso el rosado tiene cintura de maridaje.

Algunos ricos rosados tipo provenzales para descubrir, son los secos y chispeantes Santa Julia Rosé (2018, 190), Nieto Senetiner Believe in Rosé (2018, $235), Andeluna Rosé Malbec (2018, $315), Trumpeter Reserve Rosé (2018, $392), Rosé S'il Vous Plait! (2018, $400), Lagarde Organic (2018, $460) y Las Perdices Rosé (2018, $485).

En una escala superior de precios y mayor complejidad, destacan por lejos Luigi Bosca A rosé is a rosé (2018, $500), el coqueto Saint Felicien Rosé (2018, $650) y el más logrado Susana Balbo Signature (2018, $978).

Ahora bien, quienes estén con ganas de darse un gusto sin miramientos, apunten a Chateau La Coste Vin de Provence (2018, $1500), complejo y refrescante.

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