La otra cara de la violencia

En la Argentina, una de cada cuatro mujeres es golpeada. Detrás de cada una, hay un marido golpeador. Un grupo de violentos arrepentidos cuenta su historia, también sufrida
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26 de agosto de 2001  

Estoy a punto de estallar", gruñe Juan Carlos. Las palabras masticadas con los molares salen pastosas: "Imaginate lo enojado que estoy que vine parado en un colectivo vacío. Tengo que calmarme antes de volver a casa porque si no, hoy puede terminar todo en una tragedia". Las venas rojas forman barrotes en sus ojos, detrás jadea una fiera.

Durante quince años, este morocho grandote moldeó un matrimonio a fuerza de golpes. Pero este último septiembre le diagnosticaron úlcera estomacal. Tenía los nervios destrozados y una situación familiar que se le había ido de las manos. Entonces decidió buscar ayuda. Hoy habla a corazón descarnado frente a otras 16 personas. "Realmente quiero cambiar. Ya no soporto dar un solo golpe más, pero en días como este creo que no voy a lograrlo." En su mano nerviosa, una cucharita de café pierde su forma cóncava. Da la sensación de que, cuando alivie su bronca, se pondrá a llorar.

Las cifras son impresionantes: en Buenos Aires, al menos una mujer es golpeada cada 20 minutos (según estadísticas de la Secretaría de Promoción Social); el 25 por ciento de las argentinas es víctima de violencia (según un informe del Banco Interamericano de Desarrollo) y una de cada cinco mujeres de este mundo fueron abusadas física o sexualmente al menos una vez en su vida (según la Organización Mundial de la Salud). La violencia interpersonal es la décima causa de muerte en el mundo para las mujeres de 14 a 44 años y se calcula que el 45 por ciento de los homicidios femeninos de algunas regiones de Estados Unidos fue cometido por su pareja masculina.

¿Qué puede llevar a un hombre a golpear? "Ese bichito negro que te taladra las entrañas -explica Juan Carlos-. Antes de que comenzara a mirarme por dentro, te hubiera dicho que todo sucede porque ella nunca hace las cosas bien. Pero ahora creo que la violencia es algo que se lleva adentro y que espera un error del otro para salir. Pego para terminar con una discusión que se prolonga indefinidamente. Lo que todavía no sé, es por qué discuto." La respuesta quizás esté en su pasado. "Detrás del golpeador hay una historia familiar agresiva -explica el licenciado Raúl Mattiozzi, a cargo del grupo de autoayuda para hombres golpeadores de la Dirección de la Mujer del Gobierno de la Ciudad, que trabaja sólo con casos graves derivados por esta institución o por los juzgados-. En algunos casos han sido víctimas o testigos de castigos físicos, maltrato o abuso sexual durante su infancia, y la mayoría ha sufrido privaciones y exigencias emocionales más sutiles, capaces de producir un sujeto cuya propensión a la violencia es luego exacerbada por el condicionamiento social." Este mismo pasado tormentoso y la misma baja autoestima comparte una mujer golpeada, la media naranja que necesita un violento para conformar una relación que termina asfixiando a ambos. Las teorías más modernas eliminan las categorías de víctima y victimario, y consideran a ambos cónyuges como víctimas. "La pareja se concibe como un sistema interaccional en el cual es muy difícil determinar quién comenzó la violencia: ¿es el que levanta primero el puño?, ¿es la que tiró el primer anzuelo verbal para que el otro se enganchara en la pelea? Y, más allá de quién empiece, siempre hay un otro que se defiende y contraataca -explica Liliana Lianópulos, psicóloga especializada en violencia conyugal-. En los casos en que el hombre pega y la mujer asume un papel totalmente pasivo, ella participa con esa pasividad: el primer golpe puede ser una sorpresa, pero nunca el segundo. Y lo más común es la violencia cruzada, o sea, que ambos peguen. Nadie es inocente en este vínculo y ninguna piña jamás está justificada."

Nuestra sociedad brinda pocos espacios de apoyo y contención para golpeadores. La ley interviene con mano dura cuando la violencia ya está desatada. Sin embargo, se desconoce que muchos violentos quieren, pero no siempre pueden, salir del círculo vicioso en el que están inmersos. La Organización Mundial de la Salud recomienda la terapia grupal porque los individuos viven una experiencia decisiva al ingresar en un grupo que los considera plenamente responsables de sus actos. En algunos hospitales de Capital Federal se está trabajando con esta modalidad, además de la terapia individual. Una experiencia exitosa es la del Programa de Salud Mental Barrial del hospital Pirovano, en el que funciona un grupo de ayuda mutua, que trabaja desde la salud, y permite que hombres y mujeres intercambien sus experiencias. Junto a ellos, todos los miércoles, Juan Carlos busca el camino de salida.

El proceso de comprensión de los mecanismos de violencia no es sencillo. En el taller hay relatos crudos y lágrimas. Pero también palmadas en el hombro y unas cuantas risas compartidas. La Revista concurrió durante un mes y escuchó voces que suelen quedar ocultas bajo un manto de vergüenza colectiva. ¿Cuáles son los mecanismos de la violencia? ¿Por qué no se abandona al golpeador? ¿Qué se puede hacer para evitar la agresividad? Un grupo de 17 tormentosos se pregunta y se contesta.

Las estadísticas del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) indican que una de cada cinco parejas argentinas es violenta. De hecho, las caras alredor de la mesa son de lo más comunes. "Antes de casarme salía con tres chicas -recuerda Pablo, un rubio bronceado-. Con dos era un paraíso. Y, sin embargo, me casé con la tercera, la más complicada. ¡Fijate qué coherencia!" "Coherencia desde lo violento", le hace notar la coordinadora.

Pablo revuelve el café y responde que sí. "Yo necesitaba esa adrenalina, esa locura. Estar siempre a la defensiva para poder atacar. Entonces me dije: Tengo que establecerme emocionalmente. Y me casé con la que más me atraía sexualmente. En la cama éramos una bomba y, sin embargo, me negó cosas que otras mujeres me habían dado fácilmente."

"Es el famoso dime que no", dice Marta. Se refiere a la canción de Ricardo Arjona que dice: "Dime que no y me tendrás pensando todo el día en ti". Los no son excitantes, funcionan como desafíos que, si no se superan a fuerza de palabras y acciones, pasan a ser la excusa para desatar la violencia. A la mujer, por su parte, le gusta que le insistan y le gusta negarse.

"Es cierto, la quise porque se me negaba -asiente Pablo-. Pero las primeras trifulcas no tuvieron que ver con eso, sino con los celos. ¿A dónde vas? ¿Por qué volvés tan tarde? Tu vieja es una pesada, vivía retándola. Sin darme cuenta, la alejé de las personas que pudieran hacerle ver la realidad. Ella no se quedaba atrás, se tomaba su revancha: Si yo no salgo con mis amigas, vos no vas a jugar al fútbol. Ahora me doy cuenta de que nos colgamos de una palmera y nos quedamos solos." "Quizás a tu señora le pasó lo mismo que a mí -dice Leticia-. Yo no quería visitar a mis amigas para no cansarlas con las mismas historias y que ellas no me dieran los mismos consejos que yo nunca ponía en práctica. Terminé aislándome."

Todas las caras alrededor de la mesa están de acuerdo. Y cuando la pareja se ha aislado, aparece la violencia. "La agresión comenzó cuando ya nadie podía defender a mi mujer y me di cuenta de que se estaba avivando -continúa Pablo-. Primero fueron insultos, luego trompadas mutuas. Sin embargo, luego de cada pelea, volvíamos renovados -recuerda, y se ríe-. Con el tiempo, formamos ciclos de una semana. Durante los días hábiles no había mucho tiempo, solía estar todo bien. Pero llegaba el sábado y nos matábamos. Y el domingo... ¡galletitas en la cama!" Los ciclos peleas-luna de miel son una característica de las parejas tormentosas. ¿Por qué no se rompe una relación nociva? "La dulzura de la fase de arrepentimiento ejerce una seducción irresistible", explica Lianópulos.

La primera piña "no me acuerdo cuándo sucedió", se encoge de hombros Javier. "Pasó rápido y no era yo. Me asusté mucho al darme cuenta de lo que podía llegar a hacer. De chico, me había agarrado a bollos con mis compañeros, pero pegarle a una mujer..."

Se puede suponer que el remordimiento es sólo el efecto del primer acto violento, que luego el golpeador se acostumbra. Y no es así. "Nunca logré acostumbrarme. Creo que esa es mi parte sana. Quedás destruido, con la autoestima por el piso. Yo di y recibí violencia física, y sin duda me siento mucho peor dando. Ya no pego, pero a veces pienso lo cerca que estoy... y lo tentador que es..." Javier se interrumpe. Se da cuenta de lo que ha dicho y se sorprende. Se toma la barbilla y piensa un segundo, como confundido. "Creo -continúa- que eso es lo que todavía me asusta: el saber que con sólo una piña puedo desandar un largo trecho de esfuerzo. He mejorado mucho. Hoy siento satisfacción de no poner la otra mejilla, sino de poner distancia y abandonar la violencia."

La violencia psicológica: "Para mí, el silencio muchas veces llegó a ser más violento que las piñas -recuerda Leticia-. Podíamos cenar sin decir una sola palabra. Sólo se escuchaba el rechinar del cuchillo contra el plato."

Hay muchos tipos de violencia, pero sólo se presta real atención a la física. Sin embargo, es el desgaste cotidiano de gritos y platos rotos lo que más lastima a las parejas tormentosas. Puede generar un gran daño a la salud y no se soluciona con un yeso.

"Mi marido nunca me levantó la mano -explica Cecilia-. Pero llegaba de trabajar y pasaba el dedo por encima de los muebles... ¡La escena que podía armar si encontraba tierra! Yo vivía con el corazón en la boca porque no sabía cuándo iba a abrir la heladera, encontrar un yogur vencido, por ejemplo, y revolearlo por los aires. Para que no se enojara, yo limpiaba y limpiaba como una tonta. Cuando vi la película Durmiendo con el enemigo, aún estábamos juntos. Me acuerdo que lloré en la escena en que ella desacomoda las toallas." Cecilia había estado de novia toda su adolescencia. "A los dos meses del sí, quiero, me tenía que ir a dormir al living porque si me daba vuelta en la cama mi marido se enojaba porque lo despertaba -recuerda-. Al rato venía y me prendía y apagaba la luz. ¿Vos no me dejabas dormir? Ahora yo no te dejo dormir a vos, me gritaba. No lo podía creer, ¡me había casado con un loco!" Hoy reconoce que hubo cosas que no quiso ver y que en realidad no debería haberse sorprendido. Quizá por eso le costó una década animarse a dejarlo. Además, por haber sido criada en una familia muy religiosa, temía convertirse en la oveja descarriada. Y tenía cuatro hijos.

Pero al tiempo de divorciarse volvió a formar otra pareja que, nuevamente, resultó ser violenta. ¿Cómo puede ser que una persona pise dos veces la misma piedra? "Porque busca a otro que complemente su propio mecanismo interno tormentoso -explica Lianópulos-. Muchas mujeres descartan como pareja a un montón de buenas personas porque les parecen desabridas."

¿Se puede separar el sexo de la violencia cotidiana? "El límite entre la pasión y la violencia es muy delgado, es una cornisa tentadora -dice Javier-. Muchos violentos se escudan diciendo que son muy apasionados. Pero Hitler también era un apasionado. ¿Dónde termina la pasión bien entendida y dónde pasa a ser violencia?" "La adrenalina que a uno le corre cuando está en medio de esa tormenta se potencia cuando pasás a la cama", explica Pablo, y los ojos le brillan.

"No estoy de acuerdo -interrumpe Leticia-. Si me peleo, lo último que quiero es hacer el amor. Lo he hecho para no tener que seguir peleando. Soy consciente de que en esos casos estoy siendo violenta conmigo misma."

Marcelo está de acuerdo con Leticia: "No creo que uno pelee para irse a la cama. Creo que la cama es un medio de encuentro después de una tormenta. Uno descomprime un poco la tensión de la pelea. Pero a mí me queda ese sabor de que hay algo sucio en el fondo. Uno va a lo sexual porque ya no queda espacio para charlar abiertamente. No se arregla, se pone la basura debajo de la alfombra".

Lianópulos aclara al grupo que esa sensación de malestar es positiva. "Es un índice de salud porque si un acto sirve para tapar el conflicto a corto plazo, impide un verdadero cambio de las cosas."

"A mí se me ocurrió, luego de dos o tres talleres, sentarme con mi mujer y decirle: Mirá, yo sé que soy violento, estoy tratando de cambiar, recuerda Javier. Y ella me respondió: Ah, m´hijito, arreglate solo porque yo estoy fenómeno." Hoy lo cuenta con una sonrisa, pero no siempre fue así: "Ese día me enganché mal. No podía creer que yo me estuviera rompiendo el lomo para tratar de arreglar las cosas y que a ella no le importara. Me enojé tanto que armé un combate mayúsculo. Y me sentí muy mal, como me sucede siempre luego de cada acto violento. Me di cuenta de que con cinco talleres encima todavía no había comprendido nada, y sólo me habían servido para lograr una nueva pelea gloriosa".

La coordinadora lo ayuda: "La parte violenta con la que se viene a trabajar es la de uno. No se pueden poner los parámetros de reconocimiento de la mejoría en manos del otro, porque puede ser que no quiera o no pueda salir de esa situación. La pelea surgió porque vos buscabas que te reconocieran los cambios, cuando sabés que negar tus virtudes es el anzuelo de tu pareja para que te enganches".

Javier, que concurre al taller desde hace más de un año y ya tiene muchas cosas masticadas, asiente: "Cuando comprendí eso, me pregunté qué podía hacer para sentirme mejor yo mismo. De hecho, vine acá convencido de que si yo me siento mejor, tiene que notarse también hacia los demás".

La resistencia al cambio de la mujer de Javier no es extraña. Se necesita mucho tiempo para que una pareja violenta siente las bases de su complejo mecanismo. Por eso, una vez adentro, es muy difícil salir. Como la violencia es un código compartido, cuando uno cambia, el otro se confunde. "Cuando le dije que iba a comenzar a venir a este taller me respondió: Hacé lo que quieras. Pero cuando empecé a cambiar le dejó de gustar. ¿Qué te pasa? Ya no me pegás como antes, llegó a decirme entre llantos."

La nada. "No sé qué me pasó. Pisé el acelerador hasta el fondo: le puse un revólver en la cabeza al hijo de mi ex mujer." La noticia es arrojada así, desnuda sobre la mesa. El resto del grupo se ha sorprendido. "Había estado bien los últimos meses gracias al trabajo en este taller y la terapia individual. Terminé mi relación tormentosa y, aunque me sentía confundido con mi nuevo estado pacífico, estaba comenzando a hacer cosas que me dan placer. Cuando parecía que lograba una nueva vida, falleció mi hermano de cáncer. Entonces a mí me duele el estómago, nada grave, pero cuando voy a hacer una consulta mi doctor me manda a hacer miles de estudios, entre ellos, uno oncológico." Se llenó de pánico. Discó el número de su ex mujer, y atendió el hijo. No hubo manera de que le pasara con ella. Pidió, rogó. Finalmente, amenazó. Fue ahí cuando obtuvo una respuesta: "Vení que te mato". (El grupo dirá luego que no debió haber mordido ese anzuelo). Y fue, pero antes de que algo sucediera, terminó en la comisaría.

"No sé qué me pasó -repite cabizbajo-. Estoy muy asustado, muy angustiado y, sobre todo, muy avergonzado. Sólo quería que mi ex me escuchara. Yo la ayudé hace un tiempo cuando tuvo un gran problema, por eso me dio rabia que no me quisiera escuchar ahora a mí. Me pareció que tuvo una actitud violenta."

Ricardo no le deja pasar ese comentario: "Vos decís que te parece violento que ella no te escuchara. ¿No te parece más violento que vos hayas elegido una persona para que te escuche que te demuestra que no desea escucharte? Cuando uno sabe que en un pozo no hay agua, es de ese pozo del que más quiere beber".

Lianópulos le pregunta si es posible que haya utilizado esa violencia para evitar conectarse con su propio miedo. Marcelo se ha quedado callado. Piensa. Procesa. Asiente. "No es una excusa para desligarme de la culpa, pero me sentía vacío", dice con un hilo de voz. Uno de los hombres, que durante un mes casi no ha hablado, pide la palabra: "El riesgo más doloroso que se corre al dejar de ser tormentoso es el de quedarse sin pareja -tiene los ojos claros y un dejo de tristeza-. Por eso, creo que hay que buscar esas actividades placenteras que uno ha ido postergando en medio de la lucha". El taller tiene varios silencios. Son los momentos en que alguien comprende algo. Ahora, el último comentario deja de flotar en el aire debido al ruido de gaseosa que cae en un vaso. Ricardo levanta el cristal como si propusiera un brindis: "Quiero anunciar que me divorcio pacíficamente. Y quiero decir que le agradezco a mi ex mujer las denuncias porque me ayudaron a venir a este taller. Después de ver todo esto, no me puedo hacer el distraído. Me equivoqué y eso me sirve para no seguir en la misma historia. Estoy trabajando para ser cada día mejor persona. Se puede amar de muchas maneras, yo quiero amar bien".

Novios a golpes

¿Por qué una adolescente acepta que su novio la maltrate si no hay ningún papel firmado, convivencia afincada ni norma social que lo avale? Por las mismas razones que lo aceptan las mujeres que viven en pareja. Según explican quienes tratan a chicas maltratadas, tanto estas adolescentes como sus novios vienen de hogares violentos. La violencia es una conducta que se aprende y existió siempre, sólo que antes tenía menos visibilidad.

El caso de Carolina Aló, que recibió 113 puñaladas de su novio, fue la erupción abrupta de algo que se creía una montaña y no un volcán. Después aparecieron otras historias similares, aunque ninguna tan brutal. En abril de 2000, la Dirección de la Mujer del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires habilitó la línea telefónica 4393-6464, para que las adolescentes puedan orientarse y pedir ayuda en caso de sentir que están viviendo un noviazgo violento. "El objetivo que nos propusimos es prevenir la violencia conyugal, porque un noviazgo se inicia con la idea de llegar al concubinato o al matrimonio -explica la psicóloga Natalia Altamiranda, una de las coordinadoras del Programa Noviazgos Violentos-. Les damos información y tratamos de desmitificar y desnaturalizar la violencia, porque al venir la mayoría de ellas de familias violentas tienen incorporado el modelo de víctima-victimario como algo normal. En general, el varón también, y cada uno se identifica con uno de esos roles que padeció o vio que padecían otros en su familia: la mujer con la víctima y el hombre con el victimario." Desde el punto de vista psicológico, el proceso de la violencia en el noviazgo es sin embargo diferente al del matrimonio. Altamiranda lo explica con la metáfora de un triángulo: en cada uno de los vértices están los roles de perseguidor, víctima y salvador. "El perseguidor maltrata, humilla, pero hay momentos en que asume el lugar de víctima acusando a la novia de yo te pegué porque vos hiciste tal cosa. Ahí aparece ella como salvadora dándole la razón. Por eso muchas veces cuando las chicas llegan al servicio tienen un sentimiento de culpa muy grande." En el matrimonio no hay salvador; hay un mea culpa del varón después del acto de violencia, que da lugar a una posterior luna de miel hasta que el maltrato se repite. En las novias funciona una creencia: que él va a cambiar cuando se casen y para eso hay que darle amor. La samaritana entra en juego uncida en los vestidos arquetípicos de la sociedad patriarcal: el hombre tiene el poder, usa la fuerza para resolver conflictos y oculta su sensibilidad; la mujer es sumisa, suave, tolerante y comprensiva.

Cuando el programa se inició, se distribuyeron folletos con un test, si varias de las respuestas eran positivas, era probable que el muchacho fuera violento. Muchas chicas llamaron inquietas. Las preguntas decían: ¿Sentís miedo a sus reacciones?; ¿Te animás a decirle lo que pensás?; ¿Te acusa de estar, salir o coquetear con otros hombres?; ¿Aunque sea una vez te empujó, te retorció el brazo, te pegó?; ¿Te desvaloriza, te insulta, te descalifica?; ¿Amenaza con dejarte?; ¿Te obliga a hacer cosas que no querés?; ¿Te dice que tus amigas o familiares te llenan la cabeza en contra de él?; ¿Te acusa de vestirte y maquillarte provocativamente? En los primeros seis meses de actividad de la línea telefónica se recibieron 200 llamados, la mayoría de las propias involucradas, pero otros de tías, madres, e incluso de madres golpeadas por sus propios maridos. El operador telefónico tiene que detectar, en las entrelíneas del discurso, si lo que realmente se está produciendo es una situación violenta. De ser así, ofrece asistencia. Cien de las personas que llamaron concurrieron a la Asistencia -una de las áreas del Programa, la otra es Prevención y se realiza en los colegios-: tres entrevistas individuales con las psicólogas y en la mayoría de los casos la derivación al grupo terapéutico, que como promedio cuenta con unas diez chicas. Hay más o menos un 30% de deserción en los grupos. "En general -dice Altamiranda-, cuando empiezan dejan a los novios y muchas creen que con eso basta y no vienen más." Pero el alta recién se les da cuando pueden resolver las situaciones sin recurrir a los patrones de conducta violentos aprendidos.

Dónde pedir ayuda

  • La línea de Salud Mental del Gobierno de la Ciudad (4863-8888) escucha el problema de la persona que llama y le recomienda la institución adecuada más cercana para que la persona pueda recibir tratamiento gratuito.
  • Taller para parejas tormentosas, Plan de Salud Mental Barrial del hospital Pirovano: para la primera entrevista concurrir lunes, a las 19, o viernes, a las 18.30, a Salud Mental (1er piso); miércoles, a las 20, en el Hall Protección de la Salud (planta baja), o los sábados, a las 9, en el aula de Kinesiología.
  • Línea de la Dirección General de la Mujer: 0800-66-68537.
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