La parábola del chico que salvó el fútbol

Javier Navia
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26 de julio de 2015  

En 1984 ya no se veían camiones militares en el barrio Ejército de los Andes. Había sido habitual su presencia en los años setenta, especialmente en los meses previos al Mundial 78, cuando en ellos se trasladaba hasta el complejo habitacional de Ciudadela, por entonces relativamente nuevo, a los habitantes de las villas porteñas más cercanas a los estadios. Aquellas mudanzas forzadas habían colapsado el barrio, que ya tenía muchos más residentes que para los que estaba diseñado. Las villas no habían sido erradicadas, pero en los complejos de viviendas, muchos a medio terminar o aún faltos de servicios, se hacinaban miles de familias. El barrio no era todavía conocido como Fuerte Apache, porque ese nombre se lo pondría años más tarde José de Ser mientras cubría un tiroteo, pero ya empezaba a ser un refugio de delincuencia. Allí, en aquel 1984 de la incipiente democracia, nació Carlos Tevez. Ahí también creció, criado por sus tíos maternos, mientras el barrio se convertía en uno de los lugares más peligrosos del conurbano. Muchos amigos de aquella infancia gris y sin futuro cayeron presos por robar, y sus propios hermanos, como también su cuñado, años más tarde seguirían el mismo camino. Tevez, es obvio decirlo, fue salvado por el fútbol.

En los años ochenta, en Sicilia crecían complejos de viviendas no muy diferentes a Fuerte Apache. Allí, un periodista escocés llamado Andrew Jennings se especializaba en crimen organizado rodando un documental sobre la mafia. Los contactos con los bajos fondos de Palermo, pero también el entendimiento de los grandes negocios ilegales, le resultarían clave, afirma hoy, para investigar años más tarde la cadena de corrupción en las más altas esferas de la FIFA. El resultado, además de muchas notas periodísticas, es un apabullante libro que acaba de publicar Aguilar en el país titulado FIFA: la caída del imperio. Remontándose a sus primeras pesquisas en Sicilia, que luego emuló en Copacabana siguiendo los pasos de Havelange, o en los inmaculados despachos de Zurich rastreando alrededor de Blatter la ruta de las coimas, echa luz sobre la corrupción a gran escala que ha ensombrecido el fútbol. El desolador libro de Jennings lleva a preguntarse qué lugar queda aún en el fútbol para la pasión, para albergar todavía una mirada romántica sobre este deporte al margen del negocio.

Carlos Tevez acaso sea una respuesta. El llamado "jugador del pueblo", sobre quien escribe en esta edición Pablo Perantuono, representa como pocos el amor más puro al juego, el que lo rescató en Fuerte Apache y lo llevó a triunfar en el mundo. De allí volvió ahora a su país, a su club, no al borde del retiro, sino semanas después de jugar la final de la Champions y de coronarse con la Juve en Italia. Con virtudes y errores humanos dentro y fuera de la cancha, se ganó hace rato la simpatía del hincha que aún cree en la pasión, sin distinción de camisetas.

El fútbol ha salvado a Tevez, pero jugadores como él salvan el fútbol.

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