La pasajera estable

Dani Umpi
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2 de febrero de 2014  

Fuente: LA NACION - Crédito: Eulogia Merle

  • Balnearios

    En esta serie de cuentos, que hoy se inicia, el verano es la gran escenografía de cada una de las historias
  • El fin de año pasado me vino la duda. Este año volví a tenerla. No supe si traerles regalos o dejar de saludarlos tan afectuosamente. Desde niña recibo el año nuevo en el Viejo Hotel Ostende, frente al mar, contentísima. Podría decir que es un ritual mecánico heredado de mi familia, pero cada fiesta ha sido lo suficientemente peculiar como para merecer un recuerdo autónomo.

    Algunos diciembres vine con mi familia completa, incluyendo abuelos y tíos. Otros, sola con mis hermanos, sola con mi madre, sola sola. Se supone que en esas fechas significativas conviene rodearse de afectos y no es que yo no los tenga, que no sienta cariño por los familiares de turno que me acompañan, que no quiera a mi manera al personal más estable y duradero del hotel, a las mucamas que me vieron crecer, la recepcionista, los dueños, las chicas del balneario, los pasajeros que tienen mi misma costumbre y con los que coincidimos año tras año, los perros negros gigantes e inofensivos… Los quiero, por decirlo de alguna manera.

    Necesitaba recibir el año brindando con extraños, bailando samba con los brazos al cielo junto a los niños que solamente veía en la pileta, haciéndoles chistes a las mucamas, dando los buenos días durante el desayuno, escuchando las penas de amor de la señora rubia que veía en verano, en bikini o bata, y solo le conocía el apodo. Traté de hablar y analizar mi costumbre de fin de año con mi psicólogo, pero no le dio importancia. Prefirió centrarse en lo significativo que era esta vez ir al mismo hotel de siempre, pero con otro tipo de compañía, con Silvio Andrés Katz. No hablé mucho. Enumeré un par de expectativas livianas y saqué conclusiones torpes como para que se adelantara el final de la sesión. No se me ocurría nada. De repente quedé en silencio hasta que el psicólogo dijo: «Quedamos por acá, nos vemos el año que viene, al regreso de tus vacaciones».

    A Silvio Andrés le costó admitir que se sentía cómodo en la habitación de Saint-Exupéry, el huésped más ilustre que tuvo el hotel y cuyo rincón preferido se mantenía prácticamente intacto, como en su momento le gustó al célebre y gordito aviador francés. La encontraba un poco pequeña, fría y rústica. No lograba entender que dormir en una cama un poco herrumbrada, en una habitación con paredes llenas de recortes de diarios antiguos, que ducharse o lavarse los dientes utilizando piezas casi museísticas era una suerte de privilegio. Tampoco había leído El Principito ni pisado otros hoteles que no fuesen los de la cadena Sheraton, con los que tenía canje la empresa de viajes para la que trabajaba. Me lo confesó como disculpándose mientras cenábamos pasta. El delicioso menú literalmente le tapó la boca y el mínimo indicio de queja que había en su voz desapareció de manera automática en un bocado con tuco. Tenía que agradecer su comentario. Silvio Andrés es de hablar poco y la mayoría de las palabras las dice en inglés, sin querer, por costumbre, por su vida de locos, viajando de acá para allá como guía turístico embadurnado en protector solar factor mil, de continuo, por medio mundo. Brindamos sin manifestar motivos. Yo, secretamente, lo hice por estar con él.

    Cuando llegué al lobby junto a ese rubio altísimo, musculoso y con modales de caballero foráneo, los empleados hicieron como si nada. Por momentos parecían fingir no conocerme y me obligaron a completar las planillas de ingreso, cosa que no recuerdo haber hecho. No sabían cómo comportarse, si darme un beso, si preguntarme por mi madre, si ofrecerme un menú especial por mis bien conocidos problemas de gastritis, si acompañarnos a la habitación cargando las maletas a cambio de una buena propina o decirme el número de puerta sin más indicaciones. Que yo apareciera esa temporada con un tipo los desubicó.

    Cuando les di la espalda al subir las escaleras y bruscamente giré la cabeza, los descubrí mirándome casi boquiabiertos, incluso los perros. Evidentemente se dieron cuenta de que Silvio Andrés no era ningún familiar. No sonreí, pero debí hacerlo. Me sentía una nena.

    Al abrir la puerta de la habitación de Saint-Exupéry nos recibió una esponjosa cama de dos plazas. Silvio me miró suspirando y no supe qué decirle hasta que sonó mi celular por primera vez. Mi madre preguntó si habíamos llegado bien, si ya estábamos en la playa, si habíamos podido saludar a algún conocido, si hacía calor. Se le notaba una satisfacción azucarada al hablarme en plural, al preguntar detalles de nuestro viaje esperando una única respuesta, como si Silvio Andrés y yo fuésemos novios, para decirlo directamente. No demostré mi molestia. La desvié del tema comentando los nuevos colores de las paredes del hotel y le corté después de varios besos al aparato. Silvio me observaba sin emitir gestos desde el espejo del baño, colocando perfumes, cremas, bronceadores, cotonetes y chucherías varias, muy apretadas, una encima de la otra, en un rincón del botiquín. Parecía haber dejado el resto para mí. Yo no quería sacar mis productos de higiene personal del neceser, no tengo esa costumbre ni cuando estoy sola en una habitación de hotel, pero al ver su gesto me sentí obligada a colocar algo en el resto de los pequeños estantes. No me decidía por nada, así que elegí frascos al azar y tímidamente coloqué unas cremas cerca de su arsenal metrosexual. Tampoco iba a cambiar mis hábitos solo por compartir la habitación con Silvio Andrés Katz, por más amiguito que fuera, por más cercano a mi familia que estuviera desde hacía años, por más que me gustara y lo viera como un partido ideal. Luego llamó su madre, pero la atendió con un hola, mami, llegamos muy bien, estamos ocupados, te llamo después y cortó. Me sentí un poco mal conmigo misma. Saludé a unos nenes.

    Se encerró en el baño, demoró unos quince minutos y salió con unos bermudas a estrenar, sin tirar la cisterna ni haber abierto las canillas. Traté de imaginarme qué había hecho tanto tiempo encerrado, pero me controlé, dejé de darle vueltas a mi cabeza y seguí el consejo de mi psicólogo, bah, de mí misma, pero que logré hacerme gracias a mi psicólogo, de no sobregirarme, de vivir los momentos con más soltura, sin paranoiquearme, cuestionándome todo como una loca de atar. Vivir fresca como el resto del mundo. Los dueños del hotel, al verme tomando daiquiris en el bar de la pileta, me trataron como siempre, entre besitos y bromas internas, sin preocuparse por Silvio Andrés, que se alejaba cada vez más de la conversación. Se presentaron y lo abrazaron con mucho afecto. Elogiaron sus bermudas. Aclaró haberlas comprado en un free shop. Cuando les comenté que trabajaba de guía turístico en la agencia de viaje de Fulano de Tal, inmediatamente recordaron un par de anécdotas comiquísimas de una escapada que hicieron a no sé dónde utilizando los servicios de la empresa. Él esforzaba una sonrisita dura. Cuando se fueron para dejarnos tranquilos me di cuenta de que Silvio Andrés solo había comentado lo del free shop, nada más, ni siquiera se había presentado. Me miró inexpresivamente, terminó su daiquiri y mientras la bossa nova de la música funcional ocupaba el espacio incómodo, sentí que el aire se secaba, que me costaba respirar. Tenía el horizonte en la nariz.

    Luego de cenar, tomamos unos cafecitos amarguísimos junto a un periodista amigo de mis padres, que continuamente me confundía con una prima odiosa y medio putona que tengo, incluso llamándome por su nombre. Silvio Andrés parecía no notar el malentendido. Estaba en la luna, muy aburrido. El periodista le preguntó su opinión sobre las privatizaciones que estaba haciendo el último gobierno francés y emitió un juicio muy bien pensado. Me sentí orgullosa, por decirlo de alguna manera, como cuando las mamás observan la fiesta de fin de curso de sus hijitos. Un sentimiento horrible, se entiende, pero bueno, lo sentí. Al menos Silvio Andrés estaba hablando. No sé de qué, pero hablaba, se comunicaba. Intenté mechar algunas observaciones ilustrativas sacadas de mi último viaje a París, pero no me dieron bola y fue algo que sucedió hace tres años. Después intenté hablar sobre Carla Bruni, pero tampoco me dieron entrada, así que opté por ir a la pileta a fumarme un porro.

    En la pileta me encontré con los dueños y parte del personal dando los últimos retoques a la decoración para la cena de fin de año. Como no tenía mejor plan que el del porro y los vi tan risueños entre música brasileña, cambié de idea y me puse a forrar unas velas con cinta escocesa, pero me quedaban todas mal, así que dejé de molestar. Simplemente los observé simpática, a cierta distancia. El piletero, no sé con qué intenciones, me invitó con una lata de cerveza y me mostró el nuevo sistema de medición de cloro. Nos separamos un poco del grupo, hacia la penumbra de la higuera. Yo no le entendía mucho ni lo miraba a los ojos, preocupada porque en cualquier momento podría aparecer Silvio Andrés en escena y aún no lo conocía del todo. No sabía si era celoso o no, si podría molestarse al encontrarme tomando cerveza y midiendo el cloro con otro. Silvio Andrés ni se apareció.

    Me despedí de todos con un hasta mañana gigante. Por las dudas, al terminar la cerveza, se la agradecí al morocho con un gesto muy de señora, dejé de hablarle y volví a la habitación. Silvio Andrés ya estaba roncando boca abajo, al borde de la cama, por caerse al mínimo movimiento. Sin hacer ruido ni pasar por el baño, me saqué el vestidito de algodón y me acosté así como estaba, durita, temblando. No recuerdo cómo fue que llegó el sueño, pero costó bastante. Tomar café antes de dormir me deja la cabeza hecha un rayo. Por suerte había tomado cerveza, que me baja un montón, pero no contrarrestaba del todo la cafeína.

    Silvio Andrés me esperó en la sala del desayuno sin despertarme. Cero erotismo. Mala onda. Pendejo insensible. El hotel estaba lleno. La gente caminaba alteradísima en el último día del año y las risotadas surgían por cualquier pavada. Se rompió un florero. Todos hablaban por celular. Llegué con el pelo mojado a la mesa y no bien terminé de besar la mejilla de Silvio Andrés, uno de mis hermanos hizo sonar mi celular. "¿Cómo te va, bichita?". Me llama así. "¿Cómo pasaron la noche los tortolitos? Escuchame, pasame con el boludito ese, que tiene el celu apagado desde ayer y no me atiende. A ver si le aflojan un poco al menos para recibir los saludos de fin de año, che." Pensé un montón de insultos para responderle, pero me superó por completo y le pasé el celular a Silvio Andrés casi tirándoselo por la cabeza.

    Silvio Andrés era amigo de mis hermanos desde la secundaria. Cuando ni tenía barba llegó a pasar semanas enteras instalado en mi casa con la misma ropa. Pasó del Nintendo con chocolatada fría al porro trasnochador como si nada; ni me di cuenta. Cuando quise ver, mis padres estaban planeando salidas al teatro con sus padres. Llamaban a casa sólo para saber cómo estábamos. A mí siempre me gustó un poquito, la verdad, aunque lo encontraba bastante pendejo. Se iba con mis hermanos a surfear y lo miraba desde el auto haciéndome la dormida. En sus viajes de trabajo compraba cosas en los free shops que terminaban en mi casa, algunas pensadas para mí. Bombones, pins, pavadas, pero siempre algo, y todo suma.

    Mis padres, que se resisten a verme como una solterona y tienen un pésimo sentido del humor, cada tanto largaban una indirecta para Silvio Andrés, más obvia que sus caras de pianos cayéndose. Ni que hablar mis hermanos, que una noche en la que estábamos fumando en el patio de casa me confesaron que Silvio Andrés estaba ganando fangotes de guita como guía turístico internacional y que yo tenía que aprovechar . Me sonó horrible, aunque algo me agradaba y ese algo era Silvio Andrés. Por eso lo invité a que me acompañara a pasar el fin de año en el Viejo Hotel Ostende.

    Mis padres y mis hermanos habían hecho reservas en noviembre para toda la familia. Misteriosamente, desistieron a último momento y me lo anunciaron durante un desayuno mirándose de reojo, escondiendo los dientes tras las servilletas, como adolescentes. Quedé colorada. "La estamos pasando bárbaro, el hotel es divino, besos a todos", dijo Silvio Andrés al celular como si lo estuvieran entrevistando para la tele. Pedí un par de medialunas y cuando la camarera me las trajo Silvio Andrés ya había desaparecido, dejándome sola en la mesa. Ni llegamos a hablar. Ni un buen día . Quedé colorada. Quedé sola y con miedo a que las camareras se dieran cuenta de que mi relación amorosa era disfuncional o, peor, que no existía. La camarera no emitió comentario ni puso cara rara. Se limitó a preguntarme si deseaba más café. Obviamente respondí que sí y lo bebí de un sorbo como un jarabe que me iba a curar de algo.

    La habitación de Saint-Exupéry está en el tercer piso, frente a una baranda verde que da a la pileta. Al subir las escaleras y cegarme los ojos con el sol, descubrí a tres señoras en malla de baño y toalla mirando a través de la ventana de mi habitación. Escalofriante. "¿Qué pasó?", grité imaginando en un segundo una tragedia horrenda. Se me ocurrió que Silvio Andrés podía estar muerto sobre la cama por culpa de un suicidio y que las dulces ancianas lo habían descubierto por casualidad. "Nada, disculpe, simplemente queríamos ver la habitación de Saint-Exupéry. ¿Nos permitiría pasar un minutito? No queremos molestar."

    Me pareció raro que Silvio Andrés no estuviera adentro. Tal vez estaba en el baño, pensé. No estaba. Improvisé una sonrisa y con una patada escondí bajo la cama una bombacha que andaba por el piso.

    Las señoras leían atentamente los recortes de diarios de las paredes, observaban el mobiliario y los rincones como historiadoras eruditas. "Gracias por permitirnos curiosear, querida, es que nos encanta Saint-Exupéry." "Sí, sí, un genio, la parte de la viborita que se traga el elefante es impresionante." Me pidieron que les tomara una foto y traté de no meter la cama destendida en el encuadre. Me dio un poco de vergüenza cuando entraron al baño. Una dijo esa crema es buenísima y señaló algo en el montón de Silvio Andrés. Cuando se fueron no supe qué hacer para dejar de sentirme patética. Bajé al lobby y lo encontré tipeando en su laptop en el rincón donde mejor reina el Wi-Fi.

    Mucha gente entrando y saliendo. Le pregunté mirándolo a los ojos, en voz muy, muy bajita, casi susurrando, si se sentía mal conmigo, si había hecho algo malo para que me tratara así, ignorándome como si yo no existiera. No me di cuenta de que tenía los auriculares puestos, así que me gritó un ¡¿qué?! enorme, llamando la atención hasta de los perros. Hice una seña de nada, no tiene importancia y esperé a que pasara el día y llegara la noche.

    Las fiestas de fin de año en el Viejo Hotel Ostende son estupendas. Primero una cena deliciosa en el comedor decorado hasta el mínimo detalle. Después la cuenta regresiva y el brindis en el salón blanco del balneario, frente a la playa, el cielo enorme y la mesa de frutas secas. La música chispeante y los fuegos artificiales de Pinamar y Cariló como si estuvieran a dos pasos. Correr por la arena con copas y sandalias en la mano, perfumadísima, con un vestido caro y nuevo, con niños saltando alrededor como animalitos. Ir al agua y pedir tres deseos. Reírme, tragar mazapán español y bailar como una sacada con los señores mayores en traje, las adolescentes en flúo, los chicos desconocidos con esos cuerpazos y esas novias que te querés matar y las señoras divinas, chiquititas, bien peinadas. ¡Qué lindo! Una pena que Silvio Andrés estuviera todo el tiempo sentado junto a la vieja de bastón. Los dos armaban un cuadro de lo más cortamambo. Alguien debía haberlos cubierto con un mantel o papel de pesebre. Arruinaban el panorama.

    Todo estaba tan lindo. El cielo con luna en eclipse. ¿Cuándo volvería a ver algo así? Nunca. Un augurio para los optimistas y un mal agüero para los oscuros. "¡Augurios! ¡Augurios!", gritaba yo mojándome los pies en las olas que morían. Silvio Andrés miraba el reloj a cada minuto, le ofrecían pan dulce y decía que no. Cuando el piletero me invitó a bailar y busqué con la mirada a Silvio Andrés, ya no estaba. Me sentí una tarada al dudar, al no saber si aceptar la invitación del piletero sólo por lo que pudiera pensar Silvio Andrés, que me ignoró desde que pisamos el hotel, mientras yo suponía que íbamos a tener unas noches de sexo inolvidable y que aquello sería el comienzo del mejor año de todos, el comienzo del amor de mi vida, de mi matrimonio feliz, repleta de hijos, la dicha eterna, dejando contentísimas a mi familia y a la suya, multimillonarios, viajando de Sheraton en Sheraton junto a ese estúpido, que se muera y no lo entierren. Estaba borracha.

    El piletero me acompañó al hotel sosteniéndome como a una minusválida loca que no paraba de reírse. Me dejó en la baranda verde y esperó a que entrara en la habitación, que no fuera cosa que, en mi estadete, me mandara una impertinencia como, por ejemplo, suicidarme en la pileta.

    Silvio Andrés tipeaba en su laptop en la cama. No sé si me explico: habíamos venido a recibir el año nuevo en el hotel donde veraneo desde que aprendí a razonar y este estúpido se encerró en la habitación a usar la computadora en lugar de estar, no sé, abrazándome en la playa bajo los fuegos artificiales. Eran las cuatro de la mañana. Me tambaleé dos pasos hacia la cama y pedí permiso para reírme. No me lo concedió.

    Me saqué el vestido caro de un tirón, lo tiré por ahí y quedé en ropa interior, sentada en la orilla de la cama, por caer de sueño, rabia y borrachera, encorvada, con los hombros caídos, sin hundir la pancita, nada me importaba.

    —Decime por qué mierda aceptaste venir conmigo al hotel si ni me hablás, estás de pésimo humor y siento que me odiás.

    —¿Qué decís? Yo no te odio.

    —Pero ¿por qué?

    — ¿Por qué? No entiendo.

    —¿Por qué viniste? ¿Cuáles eran tus expectativas? Yo, antes de venir, me la pasé en el psicólogo hablando de mis expectativas.

    —Asunto tuyo, yo no voy al psicólogo ni tengo expectativas.

    —Pero no te quejaste cuando entramos a la habitación y vimos que no tenía camas separadas. Si tanto te molesto, podrías haber pedido una cama para vos solo y no fingir que somos una pareja.

    —¿Qué decís? Yo no estoy fingiendo que soy tu pareja. ¿A quién le estoy fingiendo? ¿A las mucamas del hotel? Me parece que estás un poco borracha.

    —Sí, estoy un poco borracha, pero también es cierto que… ¡ay! No quiero discutir, me hace mal.

    —Yo tampoco quiero discutir. La que empezó con todo fuiste vos. Mirá la hora que es.

    —Una hora muy inapropiada para estar usando la computadora.

    —¿Desde cuándo tengo que pedirte permiso? Además, acá es muy tarde pero en Australia es temprano.

    —Estamos en Argentina, no en Australia.

    —Ya sé, pero estoy chateando con alguien de Australia.

    —Ah, perdón.

    Nuevamente me acosté durita, temblando. Pensé cualquier cosa y eso se transformó en un sueño horripilante, repleto de muertes y escenas de películas de terror que había visto hacía años. Mucho cuchillo, mucha motosierra, mucho enmascarado que al mostrar su rostro era el de Silvio Andrés. Cada tanto me despertaba asustada por mis inventos y el tipeo de la computadora. Ya había amanecido y seguía chateando.

    —¿Podés dejar de tipear? No puedo dormir.

    Silvio Andrés ni me miró. Con el edredón improvisó una especie de carpa infantil iluminada por el monitor, creyendo que esa medida aislante también amortiguaba el ruido de sus deditos charlatanes.

    Miré la carpa iluminada con la boca abierta durante unos minutos. Ya no tenía sueño ni borrachera. La resaca tampoco había llegado. La luz del monitor iba variando, oscura, clara, verde, azul. Parecía una pantalla de cine.

    —Vos me estás usando de pantalla —dije. Silvio Andrés dejó de tipear y de moverse.

    Esperé un instante a que reaccionara. Se levantó y se encerró en el baño sin hablarme. Comenzó a ducharse. Se escuchaba el agua caer. Una tormenta. Miré las fotos de Saint-Exupéry, los muebles antiguos, la palangana de loza, el sol en el cielo, su computadora. Ahí se me ocurrió investigar. En la pantalla solo había un wallpaper con una instantánea de él paseando por una ciudad desconocida, bombardeada, similar a un set de filmación. ¡Qué mal gusto! Ningún programa de chat abierto. El Internet Explorer minimizado. Maximicé la pantalla y ¡bingo! ¡La página oficial de Beyoncé! El agua dejó de caer. Minimicé la pantalla y volví a mi sitio, haciéndome la dormida. La simulación se volvió real y me dejé llevar por un sueño profundo.

    Hoy me desperté y Silvio Andrés ya no estaba. Me duché rapidito y fui a la sala del desayuno. Ya había terminado el horario, así que solo quedaban las mucamas barriendo y doblando manteles. Las saludé sonriendo con vocecita de tonta. Pregunté en recepción si habían visto al muchacho que estaba conmigo y me respondieron que sí, que alguien se lo había cruzado caminando rumbo a la playa. Corrí así nomás, sin ojotas ni protector solar. La cabeza se me partía por culpa del alcohol que aún no se había evaporado de mis neuronas. Lo encontré tirado boca arriba, con un sombrero de paja protegiéndole la cara del sol, bronceándose en la arena.

    —Decime, Silvio Andrés, vos sos gay, ¿no? Ya me di cuenta de que estás haciendo este simulacro de ser mi novio para que tu familia no se dé cuenta de tu... condición. ¿Es así? Me estás usando de pantalla como te dije ayer. ¿Verdad?

    Se quitó el sombrero del rostro y, para mi sorpresa, no era Silvio Andrés, sino el piletero que me miraba con los ojos enormes. Quedé en shock. En lugar de pedir disculpas o desaparecer, me arranqué las lagañas de los ojos y le pregunté qué estaba haciendo en la playa a esa hora, en lugar de estar en el hotel, trabajando. Me explicó que hasta la tarde la pileta no se podía usar, porque había amanecido verde, no porque estuviera en mal estado, sino porque el agua de la zona es medio rara y cada tanto viene con demasiado hierro, que provoca una reacción química con el cloro y le da ese color, entonces hay que esperar a que decante, que lo verde baje y pasar el barrefondo para que vuelva a quedar azul. Así que, mientras, se había venido a la playa. Después agregó un comentario.

    —Yo en seguida me di cuenta de que ese era medio medio.

    —¿Te parece?

    —¡Y sí! Se nota a la legua.

    La vergüenza se me fue como por arte de magia y quedé mirando el sol, dándome cuenta de que aún no había tomado agua, que un poco de hidratación me vendría bárbaro. Entonces tiró la bomba.

    —Vos lo que tenés que hacer, y perdoname que me meta, es pedirle guita. Salir con él, hacer como que sos la novia, la esposa, montar el espectáculo para la familia, aprovechar su trauma y que te pase una guita, pero una buena guita.

    Volví a la habitación con la cabeza dada vuelta y ya no había rastros de Silvio Andrés. No estaba su montoncito de cosméticos, ni su laptop, ni una carta. Mi celular sonaba y yo no atendía. Caminé un rato por el hotel, conociendo los pasillos que nunca había recorrido. No hablé hasta la tarde, cuando se habilitó la pileta. Las señoras fans de Saint-Exupéry estaban de lo más animadas tomando tragos de colores bajo una sombrilla. El periodista amigo de mi padre me deseaba un feliz año sin cerrar el diario. La vieja de bastón jugaba con los perros. Los niños nadaban felices improvisando una mancha indescifrable. El piletero me saludó con un movimiento de cabeza y se quitó la musculosa para mí, probablemente.

    Me zambullo y veo unas niñas bajo el agua tomándose fotos con sus cámaras acuáticas. Salgo a la superficie, respiro y me doy cuenta de que nunca dejaré de venir a este hotel, que para el próximo año les traeré regalos a todos, que si Silvio Andrés regresa por mí le voy a proponer el plan del piletero, que… no sé… aún me quedan varios veranos por delante. Ya veré. Hay algo de esto que me deja tranquila. Siento paz. Un sentimiento estable. Tal vez ni necesite comentarle lo sucedido a mi psicólogo. Tal vez esto es lo que tengo que hacer. Hacer la plancha, mirar el cielo y esperar que se me vaya la resaca de fin de año.

    Antología

    El cuento La pasajera estable , de Dani Umpi, integra Libro de huéspedes. 100 años del viejo hotel Ostende ( Planeta ), una obra que recopila relatos de escritores varios sobre la historia del emblemático hotel.

    El autor

    Dani Umpi (seudónimo de Daniel Umpiérrez) nació en Tacuarembó, Uruguay, en 1974. Es artista visual, cantante y escritor. Publicó las novelas Aún soltera (Editorial Eloísa Cartonera y Editorial Mansalva), Miss Tacuarembó (Editorial Interzona), Sólo te quiero como amigo (Editorial Interzona) y Un poquito tarada (Editorial Planeta).

    Por: Dani Umpi

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