La política de tolerar Holanda

El país donde vivirá Máxima es uno de los más avanzados en materia social. La droga está permitida, también la eutanasia, la prostitución y el matrimonio entre homosexuales. Luces y sombras de un país donde la tolerancia es una regla de oro
El país donde vivirá Máxima es uno de los más avanzados en materia social. La droga está permitida, también la eutanasia, la prostitución y el matrimonio entre homosexuales. Luces y sombras de un país donde la tolerancia es una regla de oro
Marina Gambier
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27 de enero de 2002  

Es un país tan llano y pequeño que en menos de cinco horas un turista en cuatro ruedas podría recorrerlo de norte a sur, aunque por más rauda que sea la estada cualquiera que visite Holanda por primera vez difícilmente logre olvidarla. Y esto no se deberá a esas ingeniosas barricadas que hicieron para quitarle tierra al mar, ni por las ciclovías que bordean las carreteras y tampoco por los oficios del riquísimo queso Gouda. Más allá de esas y otras virtudes materiales, Holanda se ha convertido en un modelo de sociedad desde que sus gobernantes asumieron aquello que el resto del mundo considera políticamente incorrecto. Quien haya caminado por Amsterdam habrá reparado en el barrio donde las prostitutas tienen sus oficinas, y en esos bares donde los lugareños pueden adquirir sus hierbas preferidas y fumárselas ahí mismo, o en las narices de un policía.

Esto es apenas un rasgo entre los tantos que han colocado a este país a la vanguardia en materia social. Pese a que no le faltan detractores, la clave para entender el fenómeno holandés es bastante más simple de lo que parece: mientras en la mayoría de los estados modernos los asuntos de índole privada siguen siendo periféricos a la hora de legislar, la capital de los tulipanes encontró el saludable punto medio en el blanqueo definitivo de esos viejos tabúes. Después de haber aprobado el consumo de drogas 25 años atrás, el Parlamento liderado por el laborista Wim Kok legalizó el libre ejercicio de la prostitución y el derecho al matrimonio de las personas homosexuales; y en 2001 sentó un precedente internacional al sancionar por amplia mayoría la despenalización de la eutanasia, algo imposible de digerir para las mentalidades más conservadoras del planeta. Pero, según sus propias estadísticas, esa atrevida política de sinceramiento arrojó resultados harto positivos. Cuando en la década del setenta el consumo de estupefacientes iba en franco crecimiento y se temía el colapso de la red sanitaria, los países más afectados por este problema (casi toda Europa y los Estados unidos) optaron por prohibir el consumo de drogas, con resultados decepcionantes. En cambio, las autoridades holandesas fueron a la raíz del asunto. Diferenciaron entre los adictos a las drogas blandas y los adictos a las duras, y les proporcionaron a los primeros todas las facilidades para conseguirlas en un mercado controlado, con el fin de evitar la delincuencia entre los jóvenes. Con esa convicción, permitieron la apertura de los famosos coffee shops donde se expenden alucinógenos naturales, y crearon un programa de asistencia permanente para aquellos individuos que no pueden abandonar los narcóticos pesados, cuya comercialización sí está prohibida. Ese grado de tolerancia –que resulta chocante e inmoral para sus vecinos de Francia y Alemania– permitió reducir la cantidad de heroinómanos, y elevar la edad de los consumidores a un promedio de 30 años. También cayó el índice de delitos y el número de infectados por el HIV. Este mismo objetivo se persiguió al legalizar la prostitución, hoy considerada una fuerza laboral tan decente como cualquiera, capaz de pagar impuestos y percibir los mismos beneficios que un médico o un carpintero.

El milagro holandés

Siglos atrás, la región ocupada por los actuales Países Bajos (Holanda, Bélgica y Luxemburgo) estaba llena de dificultades. El viento del Atlántico Norte soplaba (y sopla todavía) con furia, y cada vez que subía la marea el agua salada mordía un pedazo de costa. Como tampoco contaban con barreras geográficas para defenderse de los piratas y del asedio de los reinos vecinos, los primitivos pobladores debieron aprender a negociarlo todo para poder sobrevivir. Se dedicaron al comercio, y en los siglos XVI y XVII se convirtieron en eximios navegantes que viajaron por todas partes vendiendo oro y especias, e incluso lograron extender sus modestos dominios a Asia, Africa y América. Entre 1940 y 1950, muchas personas nacidas en esas antiguas colonias se mudaron a Holanda, conformando así una sociedad de minorías étnicas que, ante la imposibilidad de imponer sus voluntades, hallaron en la discusión y el consenso la única manera de convivir. Podría decirse, en líneas generales, que sobre estas bases se funda ese desprejuiciado espíritu nacional que a unos espanta y otros aplauden, pero que, como todo, también tiene su costado oscuro.

“En la tradicional tolerancia holandesa, hay una fuerte dosis de indiferencia. Si no se puede eliminar un problema, lo más razonable es regularlo para minimizar el daño que pueda producir. En otras palabras, que el vecino haga lo que quiera, pero que moleste lo menos posible”, explica en uno de sus ensayos el historiador Hans van der Horst, autor de varios libros acerca del origen de las costumbres de su controvertida tierra natal.

Tal vez haya algo de cierto en eso, pero, aun así, el saldo sigue siendo positivo a los ojos de la comunidad internacional, donde el país se inserta cómodamente entre los de mayor tasa de crecimiento económico y mejor calidad de vida. Ese envidiable grado de bienestar que gozan desde el siglo pasado es otra consecuencia directa del diálogo y la imaginación, porque cuando la crisis del petróleo obligó a empresarios, sindicatos, partidos políticos y gobernantes a unirse en 1982 para firmar los Acuerdos de Wassenar, la nación salió a flote sin más recurso que una dolorosa y extraordinaria rebaja salarial que apenas se flexibilizó a principios de los años noventa, pero que a lo largo de dos décadas no ha mostrado ni media fisura. El aumento de la inversión y el empleo que lograron en ese tiempo es la prueba contundente de que una idea sencilla puede ser exitosa si las partes involucradas ponen buena voluntad.

En Holanda no hay pobres ni villas miseria ni nada que se le parezca. La única marginalidad reconocida como tal –y esto lo dicen los que han vivido alguna vez allí– la constituyen los drogadictos irrecuperables que, de todos modos, no son indigentes sin techo ni ropa. Al contrario, el Estado invierte por igual en cada uno de sus ciudadanos. Hasta los miembros de la nobleza aportan más de la mitad de sus ingresos privados, que vuelven sistemáticamente en forma de servicios de salud de primerísimo nivel, educación de excelencia, seguridad en las calles y una batería de seguros de desempleo que, por muy generosos, constituye hoy el único drama del modelo.

Para consuelo argentino, avivados hay en todas partes. En Holanda, según cifras publicadas en medios europeos, existe casi un millón de individuos que la pasa a costillas de los subsidios públicos. La mitad de esa masa de aparentes desocupados corresponde a extranjeros, y la mayoría son mujeres que prefieren quedarse en el hogar antes de aumentar la carga impositiva que debe aportar el jefe de familia. Sin embargo, el gobierno ha intentado dar respuesta a eso (además de dinero), tratando de reducir los horarios laborales de manera que hombres y mujeres puedan trabajar menos si así lo desean. La preocupación de los legisladores por revertir esta tendencia ha llegado más lejos. Durante el año último, el Parlamento destinó una suma millonaria para financiar investigaciones y proyectos para que las personas puedan equilibrar sus intereses y sus trabajos, sin que eso lleve a la economía a una futura bancarrota.

Ni ángeles ni demonios

Cuenta la historia que, a principios del siglo pasado, al desembarcar en Indonesia para intervenir la isla de Bali y anexar los nueve reinos que entonces la dividían, al llegar al reino más pobre, los conquistadores holandeses fueron recibidos con todos los honores por la familia real y su corte, que para salvar su pellejo había decidido no oponer resistencia. Hombres, mujeres y niños se vistieron con sus mejores galas y partieron con ofrendas a la bahía donde descansaba la flota. Apenas si pudieron saludar. El capitán esperó a que se ubicaran a tiro de cañón para dispararles a mansalva.

Esa fue una de las contribuciones holandesas a la cruel empresa de la conquista del mundo por parte del hombre blanco. Más recientemente, el país que será la nueva patria de Máxima ha in-tentado enmendar tales injusticias, al forjar una tradición hospitalaria. Miles de refugiados que llegan de todas partes del mundo son recibidos sin distinciones de raza, ideologías o religión. Representantes de las organizaciones no gubernamentales de todo el mundo peregrinan año a año hasta La Haya para percibir las contribuciones que la Iglesia protestante aporta a la causa de los derechos humanos. Incluso las Madres de Plaza de Mayo visitan dos veces al año la ciudad.

Paradójicamente, en la rigidez del protestantismo que profesa el grueso de la población, se consolidan esa apertura mental y ese pragmatismo que los caracteriza a la hora de resolver sus problemas internos. No buscar nunca la confrontación, dialogar y avanzar de a poco, es uno de sus lemas favoritos. No suena mal. Aunque se trate de una realidad geográfica, social y cultural de características singulares, el modelo holandés tal vez sea una referencia para sociedades que han perdido el rumbo.

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