La risa de un tipo sensato

En medio de la peor recesión, el nuevo show de Enrique Pinti llena todas las noches. ¿Qué encuentran los atribulados argentinos en Candombe nacional? El propio cómico intenta dar una respuesta
En medio de la peor recesión, el nuevo show de Enrique Pinti llena todas las noches. ¿Qué encuentran los atribulados argentinos en Candombe nacional? El propio cómico intenta dar una respuesta
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27 de enero de 2002  

Dice que nunca tuvo tanta convocatoria de público como ahora, con su Candombe nacional, en medio de la peor crisis de la que la Argentina tenga memoria. Lo atribuye a una forma de la honestidad que no siempre le granjea el aplauso. “Y al sentido común”, agrega, mientras no se cansa de saludar a la gente que le toca bocina desde los autos o se le acerca para decirle, conmovida, que es un orgullo estrecharle la mano. A Enrique Pinti, el sentido común le permitió desde muy chico encontrar el costado más desopilante de las múltiples desgracias argentinas. No es un teórico sino un cómico, una aceitada máquina de 130 kilos que trabaja a la velocidad del rayo para convertir sus intuiciones en un estallido liberador y, al mismo tiempo, crítico. Dejemos que el hombre diga de dónde viene su larga risa de estos años.

–¿Siempre hizo reír a los otros?

–Sí. Es un don que tengo desde chico y que hoy me permite decir algunas cosas desde el escenario sin que la gente me tire una butaca por la cabeza.

–¿Con qué cosas hacía reír?

–Con mi simple aparición, porque tenía gran facilidad para hacer morisquetas y comentarios que provocaban la carcajada. A mis compañeros de colegio los hacía reír con sólo contar una película. Generalmente eran dramas que yo destruía porque los contaba en broma, los ridiculizaba, y la gente se moría de la risa. Ya entonces, yo apelaba al sentido común y preguntaba: “¿Por qué sufre si es más fácil decir la verdad?” Es que, en los melodramas, la gente llora porque no quiere decir la verdad. No hay ningún motivo para que no la diga, simplemente que si lo hace se acaba la película. Desde muy chico, me di cuenta de que tenía vis comica y que, al hacer reír, mejoraba el entorno y yo mismo me liberaba.

–¿Le resulta más fácil hacer reír que reírse?

–No, no, para nada. Me río de las mismas cosas con que hago reír a los demás, y de muchísimas otras cosas que veo en cine o en teatro, o en la realidad de todos los días.

–¿Qué cosas lo hacen reír?

–De chico, la comicidad disparatada, el sinsentido. Las películas de los Hermanos Marx me encantaban. También me divertían mucho los anacronismos, las películas ambientadas en el pasado, pero que incluían detalles del presente. Después empezó a gustarme el humor más elaborado, el humor de diálogo. Descubrí a Oscar Wilde y a Bernard Shaw. A los 16 o 17 años, gracias a Molière, entendí que lo culto y lo popular se pueden fundir en una crítica de las costumbres. Y después, con Aristófanes, comprobé que lo que yo hacía espontáneamente –incorporar la guarangada y la puteada– ya estaba en el teatro griego.

–Cuando se ríe, ¿qué siente que cambia en usted?

–La risa es un hecho corporal, fisiológico. La provoca algo que se conecta en el cerebro, pero ese clic dispara una serie de resortes físicos destrabadores. Hay gente que dice: “Me cansé de tanto reírme”. Es que la risa es algo orgánico, una contracción que va desde el diafragma hasta la glotis. Y es un ejercicio tremendamente liberador, una gimnasia que destraba algo que estaba embutido en uno y que produce alivio. Por otra parte, cuando un cómico hace un gag gestual y encuentra el carozo de ridiculez de una situación de la vida cotidiana, produce de inmediato un efecto de complicidad, de identificación. Y ese efecto lleva a la risa, a una risa dulce. Cuando se trata de algo que te pega en el hígado y te incluye porque es una crítica a un contexto en el que estás inmerso, la risa es más contenida, pero de todas maneras sigue siendo liberadora. Siempre es liberadora. Porque hay alguien que te muestra lo que hiciste y te lo dice no de una manera pedagógica, sino como quien pone en evidencia algo de lo que no te querías dar por enterado. Es como cuando te pescan en un renuncio y vos sabés que lo es. Si vos no creés que es un renuncio, probablemente te indignes y entonces la risa no aparece.

–¿La crítica se asimila mejor por medio del chiste?

–Con la risa, las cosas entran mucho más fácil, aun en las mentalidades más retrógradas. Con un buen chiste, incluso el más ultramontano se siente obligado a decir: “Hmmm, no es tan así, pero algo de razón tiene”. Cuando el humor está sostenido por la sensatez y el sentido común, suele ser indiscutible. Lo que es discutible es cómo superar la situación que el chiste describe, pero, mientras tanto, comprobar el aspecto cómico de la situación produce alivio.

–La Argentina, ¿es un mal chiste de gallegos contado por italianos y judíos del que se ríen las multinacionales?

–Sí. Coincido totalmente con esa definición. Ver el ataque de nuevos ricos que tienen en este momento los españoles en cierto modo también es para reír. Un pueblo que sale de una larga etapa de pobreza y entra en otra de gran prosperidad con la posibilidad de ejercer su poder económico sobre otros países más débiles te pinta de cuerpo entero las miserias del ser humano. Los argentinos, en muchos años, fuimos así. Eramos muy soberbios y nos ganamos la fama que todavía tenemos. Mirábamos a los españoles como gallegos brutos y a los latinoamericanos como negros ignorantes. Esa sensación de creer que porque a uno le va bien a los demás les tiene que ir de la misma manera –y si no es así es porque son imbéciles o vagos– es insolente y, vista de afuera, grotesca, produce una risa un poco amarga.

–¿De qué no puede reírse?

–De las grandes desgracias de la actualidad, como el atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York. En ese momento, yo no podía hacer chistes sobre eso. Después, uno puede utilizar ese hecho como métafora de otra situación para hacer reír. En Candombe nacional, por ejemplo, digo: “Yo escribí este espectáculo antes del derrumbe de las Torres Gemelas. Acá se nos derrumbaron las gemelas, las trillizas, las quintillizas, el culo, las tetas, se nos cayó todo. Y sin Ben Laden. Calculá lo que habría sido si hubiera venido Ben Laden”. Puedo hacerlo porque en realidad no me estoy riendo de lo que pasó en Nueva York, sino de lo que sucede en la Argentina.

–¿De qué se ríen los argentinos?

–En mis espectáculos, lo primero que causa gracia a los argentinos es la identificación. Cuando alguien, desde un escenario, habla de algo que te pasa todos los días creyendo que sólo te pasa a vos. Por ejemplo, mi gran incapacidad con los celulares y las computadoras me llevó a pensar que yo era un dinosaurio. Mucha gente, en Pericon.com.ar se identificaba con esa tara y se reía a morir. Esa gente se estaba riendo de su propia dificultad. También –y eso es una tentación en la que hay que evitar caer– la gente se ríe mucho de las bromas a los personajes que alguna vez tuvieron poder y han caído en desgracia. Otro tema es la contradicción. Cuando alguien pone en términos cómicos la distancia brutal entre las promesas y los desempeños de los políticos, la gente también se ríe muchísimo.

–¿Llegó la hora de que algunos políticos dejen de reírse?

–Creo que sí. Muchos políticos empiezan a sufrir de su triste celebridad y son echados de restaurantes, shoppings o clubes. Cayeron en la trampa de osos de lo mediático. Creyeron que volviéndose mediáticos iban a ser populares y queridos como la gente del espectáculo, a pesar de sus errores y sus delitos. No entendieron que la gente saluda con afecto a Gasalla, a Norma Aleandro o a Pinti porque la hacen gozar y reír, mientras que ellos la hacen parir pianos de cola abiertos.

–¿De qué lo ha resarcido la risa?

–De todo. Siempre me he refugiado en la risa porque he creído en la posibilidad redentora del humor. Cuando he estado en situaciones de duelo, desde luego, no me he podido reír porque no soy inconsciente. Pero el tener un entorno familiar y de amigos proclives a ver el lado cómico de las cosas para mí fue una salvación. Huyo de las personas con tendencia al dramatismo. Me las crucé en la vida y las respeto, pero me dan una sensación de ahogo, de fracaso, que no puedo tolerar. Si no me hubiera dedicado al humor sería un hombre muy frustrado por todas las cosas terribles que ocurren.

–¿Los argentinos pueden salvarse por la risa?

–Sí. Con la risa homérica, la carcajada que hace temblar a los tiranos. La respuesta más eficaz contra los malos gobernantes es la risa. Creo que el próximo cacerolazo tiene que ser una enorme carcajada de millones de argentinos.

Maquillaje: Valeria Pulido y Carla Fasanelli para Regina Kuligovsky, Uriarte 1596, 4832-3895, reginak@arnet.com.ar

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