La simiente y el futuro

Por Guillermo Jaim Etcheverry
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20 de marzo de 2005  

Aveces caemos insensiblemente en cavilaciones inquietantes. Cuando nuestra esforzada tarea cotidiana no parece interesar a nadie, cuando lo que decimos no evoca eco alguno; cuando, en fin, advertimos que es vana la esperanza de cosechar la siembra, nos preguntamos: "¿Para qué seguir?"

Vivimos en tiempos en los que la transmisión de principios y valores resulta muy difícil, como lo señalaba Francesco Alberoni en una reciente columna del Corriere della Sera. Decía: "Lo advierten los padres que habiéndose esforzado por enseñar a sus hijos a quererse, a estudiar, a ayudar en el hogar, tienen la impresión de que todo eso ha sido inútil cuando llegan a la adolescencia". Una sensación similar experimentan los maestros que se ven obligados a competir con un entorno social que parece concentrar todo su esfuerzo en demoler lo que con tanta dificultad ellos intentan construir en el interior de esos niños y jóvenes. Se trata, sin duda, de una lucha muy desigual porque el ejemplo permanente es el contrario a los valores que la mayor parte de las familias y las escuelas intentan transmitir, el opuesto a los principios que luchan por sostener ante las nuevas generaciones.

Hace poco asistimos azorados a una emisión televisiva que premiaba… a quienes mentían. Traidores que, luego de confesar haber engañado a todos, alegremente se alzaban con el premio en medio de aplausos.

Mucho más que la grosería, la banalidad y el estruendo que nos brutaliza con envidiable insistencia, el engaño va socavando las bases de la convivencia social, cada día más difícil. El mundo exterior se convierte gradualmente en una selva amenazante que, no conforme con hostigarnos cuando cruzamos el umbral de nuestro hogar, ya ingresa en él desembozadamente para intentar contradecirnos en el mismo instante en que intentamos llamar la atención de nuestros hijos sobre el mérito de una recta conducta.

¿Cómo hacerlo en una sociedad cuyos valores son cada día más cercanos a los que rigen en las prisiones? Son numerosos los signos que indican que hemos sido colonizados por una cultura carcelaria.

Se lo advierte en el lenguaje primario y rudo que nos va invadiendo, en los signos que dejamos grabados en nuestros cuerpos, en los sonidos roncos y primitivos mediante los que nos comunicamos, en la manera brutal y desconsiderada en que nos tratamos entre nosotros. Por eso, resulta lógico que, en algún instante de lucidez, padres y maestros se pregunten si tiene algún sentido intentar transmitir valores y principios.

A propósito de esta vacilación, de esta duda insidiosa, Alberoni dice que se trata de "tristes pensamientos que deben abandonarse de inmediato porque representan una tentación demoníaca". Y es cierto, porque a pesar de todo, como lo señala, actuar moralmente es "hacer, aunque no se reconozca el mérito de lo hecho; construir, aunque lo que uno haga pueda ser destruido".

Ese es el camino que han recorrido otros antes que nosotros. Su labor contra toda esperanza es la que nos permite hoy persistir en la tarea. Quienes dudaban, como nosotros, construyeron los peldaños sobre los que nos encaramamos para hacer lo mismo que ellos: sembrar, arrojar la semilla al viento, sin conocer su destino, confiando en que alguna, alguna vez, germinará en alguien.

Muchos padres y maestros de hoy son los frutos de aquellas simientes. Debemos actuar, pues, con la certeza de que la cosecha llega, aunque no la hagan los mismos que, con tantas dudas, arrojan la semilla. Debemos seguir actuando moralmente porque es eso lo que nos define como humanos.

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