La suma de las voluntades

El holandés Jil van Eyle pasó una infancia dura; luego tuvo una hija paralítica, sordomuda y ciega; se hizo millonario y, de golpe, lo perdió todo. Fortalecido por la adversidad, puso su mente en positivo y creó una propuesta solidaria, teaming: pequeños grupos sociales que aúnan sus energías para favorecer a los que más lo necesitan
El holandés Jil van Eyle pasó una infancia dura; luego tuvo una hija paralítica, sordomuda y ciega; se hizo millonario y, de golpe, lo perdió todo. Fortalecido por la adversidad, puso su mente en positivo y creó una propuesta solidaria, teaming: pequeños grupos sociales que aúnan sus energías para favorecer a los que más lo necesitan
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5 de agosto de 2007  

Negra, pesada, espesa, una y otra vez se le aparecía la sombra del miedo. Tuvo miedo cuando su madre le dijo: “Papá se fue”. Miedo mientras robaba comida para poder amortiguar el hambre de varios días. Miedo cuando el médico disparó: “Es una nena, pero hay un problema muy grande”. Miedo. Tanto, que hoy cree que el sentirlo así, tan crudamente a lo largo de su vida, lo inmunizó. Y es exactamente eso, cuenta, lo que le permite elegir hoy la parte bonita de la vida. Así lo dice: “La parte bonita de la vida”.

Jil van Eyle es alguien a quien envidiar: este holandés de 40 años va por la vida sin tenerle miedo a nada ni a nadie; está seguro de que todo, absolutamente todo, ya está escrito y que sólo cabe asumirlo y adaptarse; tiene una profunda convicción: dice que el mundo se puede cambiar para mejor y, lo que es peor, quiere cambiarlo.

Para eso creó teaming (ver aparte), un concepto, una filosofía, una manera de lograr “pequeños y grandes milagros”, según afirma en su libro Teaming, trabajar en equipo para un mundo mejor. Una propuesta de ayuda social adaptada a los tiempos y los intereses modernos: solidaridad realizable por cualquier grupo de personas sin que se tengan que destinar grandes sumas de dinero ni dedicar demasiado tiempo.

La propuesta responde a la consigna de “unir a muchos por muy poco”, y sorprende por su sencillez: los empleados de una empresa (o cualquier otro colectivo de personas) se ponen de acuerdo para aportar una cifra mínima (él propone un euro al mes) de su sueldo para colaborar con una causa elegida por ellos mismos. El aporte es simbólico en el nivel individual, pero sumado puede representar una importante ayuda para la fundación, organización no gubernamental (ONG), hospital o particular (por ejemplo, un padre del mismo grupo que tenga a su hijo con alguna enfermedad compleja) que se haya elegido.

Seguir y aguantar

Si no fuera porque vivió todo lo que vivió se podría decir que Van Eyle es un ingenuo. O, tal vez, que porque vivió todo lo que vivió ya se puede permitir serlo... Tuvo que experimentar casi todo lo que uno imagina que alguien debería soportar para empezar de una vez por todas a ver las cosas de otra manera, a cambiar los parámetros y a disfrutar de todo lo que le toque. En el sinuoso derrotero de su vida se ve claro, inevitable, predestinado, el germen del teaming, su plan para cambiar el mundo.

Desde muy chico supo de abandonos. Nació en una familia con una mamá, un papá, una hermana natural y dos hermanos adoptivos: Annemarie, abandonada cuando cumplía los 6 meses por una prostituta holandesa, y Robbert, cuyos padres habían sido asesinados en la guerra de Corea del Sur. Aunque convivió con la soledad crónica de Annemarie y Robbert, nada lo preparó para lo que vendría.

Tenía 8 años el día en que su mamá entró al cuarto para soltar aquello de: “Papá se fue”. Le tomó segundos entender que era definitivo. Tal vez ya había conocido el miedo, pero era la primera vez que experimentaba el pánico. Esa noche lloró hasta sentirse mareado.

Treinta y dos años después, recuerda esa acritud que le hizo doler el alma a los ocho. Ese desasosiego atroz que lo llevó a imponerse la tarea de mantener unida a la familia. A sentir que si hasta ese momento no habían funcionado como un equipo iban a tener que empezar a hacerlo. Ahí, reconoce, estaba el tímido comienzo del teaming: trabajar en equipo para sobrevivir.

No quiere recordarlo. Esa parte de su pasado lo avergüenza. Pero más de una vez, para paliar el hambre, el equipo tuvo que transformarse en la “Brigada A”, así la llamaban. Tenían roles bien definidos: Annemarie y él se encargaban de entretener a los empleados del supermercado Spar, en Loosdrecht, el pueblito cercano a Amsterdam en el que vivían, para que Robbert pudiera robar algo de queso y pan.

–Durante días enteros ésa era la única comida. Es raro, pero lo que más me acuerdo de esta época no es el hambre en sí, sino la felicidad de cuando por fin podíamos comer. Disfrutaba de cada trocito que tragaba. A veces el pan ya estaba viejo y el queso vencido, pero aun así lo disfrutaba.

No hay autocomplacencia en sus palabras. No hay hecho, por desgraciado que sea, que no le haya dejado algo positivo. “Hay que seguir y aguantar”, se decía cuando todo tiraba para abajo.

Seguir y aguantar cuando, a los diez años, un accidente grave lo dejó con una mano destrozada y lo obligó a soportar varias operaciones. La recuperación fue larga, pero, dice, eso le sirvió para tener disciplina.

Seguir y aguantar cuando, poco después, se cayó del techo de su casa y una lesión en su espalda lo dejó un año en cama. Su padre jamás fue a visitarlo pero, dice, eso lo ayudó a madurar.

Una promesa propia de idiotas

A los catorce años, el primer día de trabajo como vendedor de diarios se hizo “una promesa propia de idiotas”: “Antes de los 30 voy a ser millonario y a tener un Porsche”, se juró, mientras recorría las calles cargando los diarios del día.

A los veinte años comenzó la carrera de Ciencias Económicas; trabajaba de día y estudiaba de noche. Una vez que tuvo la licenciatura fue contratado como director de marketing de una empresa europea. A los veinticinco, cinco años antes de lo que había trazado en sueños, ya tenía un sueldo muy alto y un Porsche. Vestía trajes de Hugo Boss, viajaba permanentemente y se hospedaba en hoteles cinco estrellas.

En los años siguientes se casó, dejó su trabajo e inició su propio emprendimiento. En dos meses tenía cincuenta empleados y había llegado a las páginas de The New York Times. Se había transformado en el paradigma del empresario exitoso. Todo marchaba según su sueño. Pero un día despertó. Tan confundido como se suele despertar de los sueños, vio cómo un error de cálculo lo dejaba en la ruina. Su empresa pasó del éxito absoluto a la quiebra en días. Volvió a salir en los medios, pero prácticamente en calidad de estafador. Perdió todo lo que tenía: su casa en Amsterdan, su Porsche, y hasta los trajes de su placard. El sueño se derrumbaba, pero el “seguir y aguantar” se repitió.

Otra casa en otra ciudad y otro auto. Con Victoria, su mujer, se habían trasladado a Palma de Mallorca. Tenían un Fiat Punto color azul. Y él ya no usaba trajes de marca.

Victoria iba por su séptimo mes de embarazo cuando el doctor que hacía la ecografía les dio todas las noticias juntas: “Es una niña, pero hay un problema muy grande: va a nacer con hidrocefalia”.

En el Fiat Punto azul estacionado en la puerta del hospital, Van Eyle y su mujer lloraron durante más de una hora. No era un llanto normal, dice: era algo más profundo, “que venía desde muy adentro”. A lo lejos hoy compara: el miedo que sintió era muy parecido al que lo había asaltado el día en que su padre desapareció para siempre.

Pese a las pocas probabilidades de que sobreviviera al parto, Mónica nació el 8 de octubre de 1998. Llegó al mundo paralítica, sorda, muda y ciega.

–En el hospital nos la dieron para que fuera a morir a casa. Fueron meses de agonía. Yo me pasaba noches enteras viendo si respiraba. Pero Mónica resistió. Pese al dolor, yo estaba feliz. Después de todo... ¡había sido padre por primera vez! Junto con ella, nací como alguien totalmente nuevo.

En ese momento límite el nuevo Jil van Eyle dejó de sentir miedo. Dice que de alguna manera los momentos difíciles de su vida lo hicieron más fuerte. Dice, sin importarle lo duro que pueda sonar, que está feliz de que algunas cosas como la enfermedad de su hija le hayan sucedido.

Paradójicamente, eso, su hija y una enfermedad que sigue poniendo en riesgo su corta vida una y otra vez, es lo único que lo hace llorar ese llanto raro, que viene de muy adentro.

–Después de que se llevan a tu hija al quirófano y te quedas sin saber si volverá, ya no les tienes miedo a las cosas. Empiezas a ver cada vez más la parte bonita de la vida.

Así lo dice, “la parte bonita de la vida”. Hace un tiempo ya que Van Eyle se propuso cruzar otra línea. La que divide a los que opinan de los que hacen. Con la misión final de cambiar el mundo, pero de a poco, habló con presidentes de empresas y fundaciones, con taxistas, con camareros, y hasta con su madre (“una hippie de 70 años”) para impulsar su proyecto de microdonaciones. Su manera ingenua y sencilla de cambiar el mundo que le tocó. Mucho más que seguir y aguantar.

revista@lanacion.com. ar ; leblan2001@hotmail.com

Para saber más: www.teaming.info

Por qué teaming

Así como el término inglés market (mercado) dio lugar al marketing, Van Eyle aspira a que team (equipo) dé lugar a teaming, algo así como “hacer equipo” para un fin solidario.

  • Qué es

    Es una iniciativa solidaria para reunirse en equipo y realizar microdonaciones que individualmente no serían viables. Por ejemplo, una forma de hacer teaming en una empresa es que cada empleado aporte una suma mínima de su sueldo (uno, dos, cinco pesos) para una causa consensuada entre todos. La empresa retiene ese dinero de los salarios cada mes, canaliza la donación, aporta algunas herramientas administrativas y, ya que obtiene un beneficio fiscal, suma más dinero para la acción solidaria.
  • El resultado: una cantidad simbólica y voluntaria, poco significativa para el bolsillo de cada uno, que se transforma en una valiosa ayuda para una ONG o fundación.

    Teaming es, según Van Eyle, una decisión empresarial tomada por los empleados.

  • Qué no es

    No es una ONG ni una fundación. Tampoco es una empresa. No tiene cuenta ni recibe dinero. Teaming sólo es una idea para activar la ayuda.
  • Para qué sirve

    Para canalizar una ayuda que cuesta muy poco esfuerzo y puede lograr, según su mentor, grandes resultados.
  • Cómo funciona
  • 1- Informar a los compañeros. Compartir las inquietudes solidarias y formar equipos de personas que se entusiasmen con la idea.

    2- Elegir entre todos una causa para la donación.

    3- Informar a la empresa. La dirección tiene que saber que hay un equipo dispuesto a donar una cifra mínima cada mes para que apadrine el proyecto y se encargue de recaudar el dinero para transferirlo.

    4- Firmar un documento de aceptación. Hay que dejar constancia por escrito de la aceptación para que se pueda hacer el descuento cada mes.

    5- La gestión de la empresa: ésta contará con un beneficio fiscal que puede compensar con recursos propios para participar del equipo.

    Libro

    Actualmente, Jil van Eyle es economista y asistente personal del ex jugador de fútbol y actual entrenador del FC Barcelona (Barça), Frank Rij­kaard, y para explicar su manera de mejorar el mundo escribió un manual de uso del teaming.

    Teaming, trabajar en equipo para un mundo mejor, publicado por la editorial Del Nuevo Extremo, explica cómo pequeños gestos pueden comenzar a solucionar los grandes problemas del planeta.

    La versión para América latina de Teaming será lanzada el miércoles 15 de este mes, a las 18, en el salón Marco Polo del hotel Las Naciones, Av. Corrientes 818.

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