La técnica del boleto

Los chicos que auxilian a gente mayor en el uso de las máquinas expendedoras de pasajes de tren ofrecen una metáfora del lugar que les asigna la Argentina actual
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26 de agosto de 2001  

En uno de sus últimos discursos, François Mitterrand le dio a la juventud francesa y mundial una infausta nueva. Como cito de memoria, es posible que sin querer añada cosas de mi cosecha, pero lo que en síntesis dijo fue: "No esperen vivir en una época estable como la que conocieron sus padres. En lo sucesivo ya no contaremos con empleos fijos para todos ustedes. Tendrán que inventarse la vida y arreglarse con los petits boulots (laburitos)".

Tiempo después, el gobierno de Francia puso en órbita una serie de, precisamente, laburitos, a los que se propuso dignificar con nombres respetables. La señora que limpiaba el piso pasó a titularse técnica de superficies.

Del intento, se desprendía que a menudo, si no siempre, los trabajitos disponibles tenían relación con la tarea. Allí donde se había eliminado al muchacho de la estación de servicio que pone nafta en el auto, se lo volvía a llamar y se lo denominaba algo así como técnico de surtidores.

Esto significaba dar marcha atrás en la cultura del self-service importada, como su nombre lo indica, del gran país del Norte.

En definitiva, se llegaba a la conclusión de que servirse la nafta uno mismo no sólo era más incómodo que solicitárselo a otro, sino que además le quitaba a ese otro la oportunidad de vivir. Pero dado que decirle a una entera generación: "Alégrate, muchacho, tu destino es servir", no sonaba brillante, había que levantar el ánimo de los futuros recolectores de basura con títulos pomposos (confieso ignorar cuáles) y uniformes naranja fluorescente o verde esperanza.

La diferencia entre un país desarrollado y el nuestro es que acá la explotación de esos magros filones pasa por la inventiva personal como quería Mitterrand y no por la estatal, como ha tratado de hacerlo en Francia un equipo gubernamental de verdad preocupado por la desocupación. Sin necesidad de un gobernante bienintencionado que nos impulse y organice -la espera sería larga-, entre nosotros la inventiva cunde. Así, por ejemplo, dos máquinas relativamente novedosas -las que se utilizan para sacar boleto en los trenes y las que tienen molinetes que se abren cuando se les mete ese boleto en la ranura- han permitido el florecimiento espontáneo de un tipo de servicio que a Mitterrand le habría encantado. Me refiero a los chicos apostados junto a esas máquinas a la espera de una señora mayor.

Esos chicos no piden, asesoran. Han captado una necesidad -paliar la angustia de la jubilada que ya tiene bastante con el recorte para encima exponerse a que la máquina le siga tijereteando el resto- y saben aconsejar con aplomo: "No se preocupe, doña, usted ponga el dedo acá, ahí le sale el precio, ahora meta la moneda y va a ver que por abajo cae todo". Por lo común, algo de lo que cae ligan, sin necesidad de agregar el consabido: "¿Me da una monedita?" Me he quedado mirando la escena largo rato. La estrecha canaleta por donde llueven el boleto y, lo que es más interesante, el cambio, es una buena imagen del espacio concedido por nuestra sociedad al chico de la máquina. Una ubre mezquina, aunque ordeñable: peor es nada. La observación de la escena también me ha permitido comprender el sentido enaltecedor de aquellos uniformes de colores, de aquellos títulos pomposos; enaltecimiento que, entre nosotros y siempre a falta de un Estado, sigue siendo individual.

Alguna vez, algún recortado de edad madura comparte su cambio con el pequeño colaborador recortado de nacimiento y le dice, mirándolo a los ojos: "Menos mal que vos estabas ahí, si no qué habría hecho". El efecto fulminante está garantizado. Al oír esas palabras, el ayudante voluntario se para derechito y responde a su vez con lo que corresponde llamar la misma moneda, la más rara de todas, la más preciosa: su mirada.

Es claro que inventarse la vida hurgando en las ranuras no resulta ninguna novedad en países como la Argentina, con larga tradición de lustrabotas y canillitas.

Pero ya que la imaginación se transforma con el tiempo, ¿por qué no imaginar un título oficial y una gorra naranja o verde esperanza para nuestro pequeño técnico local? Técnico en boletos, dicho sea sin juegos de palabras. Toda relación con el sentido argentino del término -es decir, escéptico y desconfiado- es meramente casual.

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