La tentación de una venganza dulce en la era post #MeToo

Mercedes Funes
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14 de septiembre de 2019  

"Cuando vi El lobo de Wall Street, pensé: 'La loba de Wall Street soy yo'", cuenta Roselyn Keo. En ella y en Samantha Foxx se basaron los personajes de Hustlers, la película de Lorene Scafaria que acaba de estrenarse en el Festival de Toronto, y por la que Jennifer López podría convertirse en la primera actriz hispana en ganar un Oscar.

Hustlers cuenta la historia real de dos strippers que estafaron a los más ricos y poderosos de Wall Street: señores que con tal de ponerles las manos encima a esos cuerpos tallados por el pole dance, dejaban a su vez en manos de ellas sus billeteras y sus platinadas tarjetas sin límite de compra. Para la crítica y para las protagonistas, no hay muchas dudas, se trata de una parábola feminista. Keo y Foxx necesitaban la plata y no tenían demasiadas opciones: el hecho de que pudieran estafar a hombres que las subestimaban suena como una venganza más que dulce. El poder de sus cuerpos y el trabajo en equipo fueron claves para distraer mejor a sus víctimas y cuidarse las espaldas. Expertas en seducir señores, una vez que los tenían a sus pies, los drogaban y les vaciaban las tarjetas.

En la era post #MeToo, tal vez estamos empezando a entender que las mujeres no somos ni puras, ni santas, ni éticamente intachables, ni necesariamente víctimas. También, que no hace falta eso para que reclamemos la igualdad y los derechos que nos fueron negados.

Hace exactamente nueve meses, el colectivo de Actrices Argentinas convocó a una teatral conferencia de prensa para denunciar a quien hasta entonces había sido un respetable galán de telenovelas, aunque sus prácticas abusivas ya habían sido señaladas por varias de sus compañeras. La condena social fue ejemplar, y animó a miles de argentinas y argentinos a contar sus propias historias de abuso, silenciadas durante años, sobre todo cuando los poderosos se mantenían en sus lugares y las que se atrevían a alzar la voz eran revictimizadas y tildadas de locas, fáciles y trepadoras. El actor Juan Darthés se convirtió en nuestro Harvey Weinstein, y cualquier presunto acosador, en "un Darthés".

Pero, ¿hay que convertir en práctica corriente -como parece indicar la conferencia del jueves último en el hotel Bauen- una modalidad que expone a los acusados antes de que sean juzgados, y anula el derecho esencial a la presunción de inocencia? En la Argentina, como en el resto del mundo, la Justicia -la misma que esta semana le dio nueve años de cárcel por violación al periodista militante Lucas Carrasco- falló demasiadas veces en reparar el dolor de las víctimas, cuando no llegó muy tarde o las expuso, aún después de muertas. ¿Habilita eso a que un colectivo de mujeres, amparado en el poder de su popularidad y en el de saber que ya no estamos solas, se erija como un tribunal paralelo y sistemático, dispuesto a hacer Justicia antes o a pesar de la Justicia? ¿Puede la legitimidad para juzgar estar basada en el solo hecho de ser mujer?

En todo caso, no hay una respuesta única. La venganza, como en Hustlers, suena dulce: del "Mirá cómo me ponés", al "Cómo nos ponemos". El problema es que si aceptamos que no somos intachables sólo por ser mujeres (y ni siquiera por nuestra condición de históricamente oprimidas), tenemos que repensar también cómo nos defendemos. El patriarcado nos idealizó como seres inocentes, moralmente sublimes; rechazamos esa imagen para reconocernos humanas y falibles, con los mismos derechos y obligaciones que los hombres. Eso significa, también, que ser mujeres no alcanza para convertirnos en jueces. Saber que estamos juntas nos otorga un gran poder; tenemos que evitar que ese poder, ahora, nos convierta en victimarias.

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