La tierra prometida... de la innovación. Por qué Israel fascina a los emprendedores

A pesar de los conflictos bélicos, este país dejó de ser un desierto para transformarse en un verdadero oasis de ideas e iniciativas
Sebastián Campanario
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28 de junio de 2014  

En pleno Mundial de Brasil, la televisión israelí emite en su prime time, a las 21, un programa con un argentino que no es Lionel Messi. En español y con subtítulos en hebreo, Jorge Marrale, que actúa de psicoanalista, le da consejos de pareja a una joven paralítica. Por estos días, los contenidos de TV, el éxito de Violetta, las producciones de Cris Morena o de Natalia Oreiro son sólo algunos de los vínculos entre la Argentina y el país de Medio Oriente: un creciente flujo de emprendedores y creativos busca aprender lecciones y sacar provecho del mayor boom de innovación de la última década. La historia del milagro económico israelí, retratada en Start Up Nation, de Dan Senor y Saul Singer, seduce a jóvenes empresarios de todo el mundo, pero por distintas razones, ejerce sobre los latinoamericanos una fascinación especial.

"Llegué a Tel Aviv hace un año y medio, por un programa de intercambio de estudios, y me enamoré enseguida de la ciudad", cuenta a la nacion Diego Goldesten, un ingeniero de 30 años egresado del ITBA, que hoy es gerente de operaciones de datos de Moovit, una start up surgida en 2011 en el ámbito académico que se transformó en pocos meses en la aplicación para transporte público más utilizada en el mundo. "La gente suele asociar a Israel con la guerra y la ortodoxia religiosa, pero basta caminar cinco minutos por esta ciudad llena de bares, de jóvenes y de vida cultural para darse cuenta de que no es así,"

En 30 años, Israel pasó de ser una economía basada en la agricultura a venderle al mundo alta tecnología: el 75% de sus exportaciones actuales son de este rubro. Desde mediados de los años 50, el tamaño de su PBI se multiplicó por 50. Es el segundo lugar del mundo con mayor concentración de start ups (sólo superado por Silicon Valley) y tiene más empresas listadas en el Nasdaq, la bolsa de compañías de tecnología con sede en Nueva York, que toda Europa sumada. El país dejó de ser un desierto inhóspito para convertirse en un oasis de ideas e iniciativa. Y en la última década, a pesar de la guerra con el Líbano en 2006, de la amenaza nuclear de Irán y de la recesión global de 2008, su ritmo de crecimiento se aceleró.

Uno de los aspectos de esta historia que tiene perplejos a economistas y académicos es que el salto de desarrollo ocurrió en una sociedad poco verticalista, con una personalidad promedio indisciplinada, que cuestiona permanentemente la autoridad (incluso en el ejército). La chutzpah (un término en idish que remite a la audacia, la irreverencia, el coraje y la arrogancia) está siendo ponderada por los expertos en gestión como una de las claves del boom emprendedor. El economista William Baumol, de la Universidad de Nueva York y de Princeton, estudió el caso israelí y concluyó que se impuso una estrategia ganadora de caminar por la cornisa del caos: una cierta cantidad de desorden es necesaria para promover la innovación y la creatividad, pero sin caer en el descontrol total. Costumbres sociales y regulaciones estatales que tratan al error y al fracaso como una parte inevitable del proceso de aprendizaje -y por lo tanto, le bajan el costo- completan el combo de una receta que da buenos réditos.

En la nación start up, Tel Aviv es la capital indiscutida. "Aquí todo está pensado para facilitarnos la vida a los emprendedores", contó a este diario Simon Litzyn, fundador de una exitosa empresa, StoreDot, que en poco tiempo sacará al mercado una tecnología para cargar baterías de celular en menos de 30 segundos (el próximo paso será el de las baterías de autos eléctricos, lo cual disrumpirá toda la industria automotriz: Litzyn lo dice tranquilo, como si estuviera contando que se tomó un café con leche con medialunas en el desayuno). Tel Aviv es una ciudad caminable, con buen transporte y espacios públicos: "Todos nos encontramos por la calle, conversamos, estamos a menos de dos grados de separación y ese cruce favorece la consolidación de ideas", sigue Litzyn en una charla para una misión de argentinos organizada por el GCBA.

La ciudad es cosmopolita, abierta y tolerante: dos semanas atrás hubo un concurrido gay parade, y se conoció un estudio que mostró una alta correlación entre los lugares con mayor diversidad sexual y la creatividad (basta pensar en los casos de San Francisco, Berlín o Londres).

"El temor a perderlo todo es mucho más fuerte como disparador de iniciativa que la expectativa de ganar algo", grafica Dan Schetman, Premio Nobel de Química en 2011 y uno de los embajadores ante el mundo del caso israelí. La sensación de muchos jóvenes emprendedores de poder llegar al infinito y más allá se refleja en algunas iniciativas de carácter futurista: varias start ups compiten por llegar con un artefacto no tripulado a la superficie lunar en 2015. Pensemos que 30 años atrás, Israel basaba buena parte de su economía en la exportación de naranjas. Y estos esfuerzos por la carrera lunar son vistos como algo perfectamente conseguible (aquí nadie se burla: no se trata de Alfredo Casero en Cha-Cha-Cha personificando a un "comandante de la Fuerza Aérea de Lomas de Zamora", y jurando que se había cruzado con un ovni).

Meses atrás, la revista Forbes publicó una nota de tapa en la cual describía un submundo de relaciones crecientes entre emprendedores árabes e israelíes, y se citaba a varias figuras internacionales -entre ellas, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama- que se esperanzaban con la posibilidad de que la paz en Medio Oriente llegue en un futuro cercano de la mano del ecosistema de entrepreneurship en la zona.

"Claro que no todo es un cuento de hadas", admite Goldesten. Shai Agassi, el creador de la empresa de autos eléctricos Better Place que aparece como un Steve Jobs israelí en el primer capítulo del libro de Senor y Singer, tuvo que cerrar su emprendimiento a mitad del año pasado, luego de gastar 650 millones de dólares aportados por distintos inversores. El conflicto bélico sigue imponiendo una cuota grande de incertidumbre sobre este país de apenas 7,1 millones de habitantes. La mitad de los niños pertenece a las minorías árabes o judías ortodoxas, y no recibe educación pública de la misma calidad que el resto, lo cual según el economista Dan Ben-David pone un signo de pregunta sobre la disponibilidad de recursos humanos en el futuro para sostener este patrón de crecimiento. "Durante décadas, nuestro insostenible gasto en defensa implicó recortes muy drásticos sobre el presupuesto educativo", afirma.

Por lo pronto, el país sigue creciendo de la mano de la mayor inversión en investigación y desarrollo del mundo, en términos relativos: un 4,3% del producto. Es un avance sólido y a paso seguro, que vuelve a las empresas israelíes mucho menos vulnerables, para terminar esta nota con el título de otro unitario en el que Jorge Marrale también hacía de psicoanalista.

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