La voz universal de los jóvenes: cuidar los recursos y las necesidades

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
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13 de octubre de 2019  

Implícito. Casi siempre nuestras vidas tienen un camino categórico, donde dentro de un lenguaje de propia inclusión vamos navegando entre nuestras decisiones y las que nos fueron legadas por nuestros padres en la niñez.

Tesón. Pasé una semana en Hong Kong, donde los muy jóvenes protestan en favor de la democracia. Comenzaron pacíficamente y ahora, mientras escala la violencia, siento que ya no les importan sus vidas. Van a ir hasta el final. Dicen: si nos van a quemar, que nos quemen a todos juntos. Qué puede haber pasado para que cientos de miles de jóvenes a tan temprana edad -edad de ilusión y sueños- estén listos para morir.

En la historia, solo los cambios movieron piedras. La evolución del pensamiento y las creencias generaron las revoluciones que dejaron los cimientos en los que estamos parados hoy: políticos, artísticos, científicos. Buenos o malos, ya forman parte de la historia.

Quizá las guerras ya no sucedan en las trincheras o con el botón de una bomba. Tal vez las guerras estén en los corazones de los muy jóvenes, que tienen una ambición muy diferente de la nuestra. Nosotros crecimos en un mundo en el que producir dentro de nuestros propios huertos fue lo que verdaderamente importaba. Ellos no quieren dinero; quieren salvar el planeta, son tan obcecados y puros, como puedan ser.

Crédito: Ilustración de Kalil Llamazares

Hay una voz universal en todos ellos que se convertirá en un tornado, y si bien hay situaciones muy diferentes en cada región del mundo, con sus variables de necesidades, siento que hay una unión general por un cambio. Si se lograra que esa unión esté basada en ambiciones fundadas en el respeto al medio ambiente, comenzaríamos muy despacio a recuperar todo lo perdido en los excesos que le hemos infligido al planeta.

Gandhi ejemplificó con vigor un movimiento diferente, poniendo de pie a todo un país, con una vida que dedicó a caminar por la paz y la no violencia. El alcance de su credo vive aún con nosotros; aunque murió por una bala, dejó una impronta que quizás este grabada en la conciencia colectiva de la humanidad.

Necesitamos lugares con más luz y espacio para interactuar. Impulsar una refulgencia natural que muestre la belleza de los colores que rodean nuestros días y muchas veces no vemos. Espacios silenciosos donde podamos mirarnos, hablar, sin beber, sin música. Solo con los ojos llenos. Ellos son los que nos extienden las emociones, la compasión y la posibilidad de una conciencia que abarque algo más allá de lo que deseamos.

Deberíamos lograr un alma universal que cuide de los recursos y las necesidades de todos. La fórmula de vivir solo para nosotros mismos y los pocos que nos rodean parece no estar funcionando. Por ser dueños de un predio, un bosque o una selva no tenemos derecho a violentarlo. No deberíamos poder reflejar únicamente nuestra intimidad de hacer: pensamiento y convicción por liderar un país o una región.

Un poco como el frágil balance de la cocina y el sabor. El exceso de condimentos y aditivos van mellando el núcleo y la pureza de una receta. La dejan llana. Tan colmada de expectativas en su confusión de gustos que el simple y bello corazón del comienzo se desvanece en su ambición. Con el sabor, no todo se puede abarcar.

Llega el mediodía. Pongo mi cacerola de níquel sobre la hornalla encendida. Dispongo manteca y un gran manojo de pequeñas zanahorias enteras, se van dorando embebidas de tomillo deshojado; ya casi listas, les agrego una taza de crema. Se ven untuosas. ¿Lo completo con una cucharita de polen de hinojo? Amablemente sostengo el impulso.

Sí, menos es más.

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