Laetitia d'Arenberg. "Si uno goza de privilegios, no puede mirar hacia otro lado"

Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Arnedo
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22 de mayo de 2020  • 10:25

Tiene tantos nombres como títulos nobiliarios, chihuahuas y episodios de salud que la han dejado varias veces al límite. Así todo -con su tonada uruguaya y un español que sigue mechado con el francés-, ella asegura que "si no fuera por el coronavirus, estaría en el mejor momento de mi vida".

Laetitia Marie Madelaine Susanne Valentine de Belsunce d'Arenberg, para muchos "la princesa gaucha", nació en Brummana (mandato francés de Siria). Hija del marqués de Belsunce, que murió en la batalla de Montecassino, y de Marie-Thérèse de la Poëze d'Harambure, llegó al Río de la Plata en 1951 siendo una niña. En ese entonces ya era d'Arenberg. Su madre se había casado en segundas nupcias con el onceavo duque de d'Arenberg, quien la crió y le dio el apellido.

Empresaria famosísima en la vecina orilla, su orgullo es la estancia "Las Rosas", de donde surgió el mejor caballo del mundo en 2014. Y se la conoce como la reina del dulce de leche porque, entre sus múltiples emprendimientos, compró la finca turística Lapataia.

Simpática y picante, es un personaje absolutamente original que jamás se detiene, excepto ahora, en situación de pandemia. "Estoy en el limbo. Ya no sé qué día es", dice desde su paraíso montevideano mientras Begoña y Julieta, dos de sus ocho perras, ladran sin parar.

-¿Acaba de pedir un cigarrillo? ¿No había dejado de fumar hace años?

-Es un electrónico frío. Muy diferente al que conocen todos. Me tiene loca este tema, al punto que todavía sueño que fumo. Consumí 50 cigarrillos durante décadas. Desde los 21 hasta hace cinco años. La verdad es que me faltaba el aire; un día le hice una apuesta a una amiga y lo dejé. Como soy testaruda como una mula logré la meta pero sufrí como una condenada. Encima engordé quince kilos, algo que con un metro cincuenta resulta un espanto.

-Pero si está impecable...

-Porque no me ajusto, mi querida. Porque me las rebusco con plisados y demás trucos. En fin, hay temas peores. Y mejor que no recuerde cómo quedé de mal y dolorida con un tratamiento estético, esos que te congelan la grasa. Fue de terror, y todo por querer apurar el tiempo. Igual, cuando me refiero a que hay cosas peores hablo de mis dos enfisemas pulmonares y el EPOC. Todo tiene sus consecuencias en la vida. Por eso ahora no hay que tomar a la ligera lo del virus. Yo, quieta. No me moveré de mi casa en lo que resta del año.

- ¿Le cuesta la quietud?

-Soy una mujer muy activa, pero me sorprende esta nueva vida que estamos teniendo. Descubrí un mundo distinto. Miro series de historia. La vida de Isabel de Castilla me tiene atrapada. Y leo mucho, duermo la siesta, observo y disfruto. Nada me conmueve más que ver naturaleza. Las flores, árboles, animales. Y reflexionar. El ser humano debe encontrarse. Tenemos que aprender de nuestros errores. Yo toda la vida hice ese ejercicio. Me lo transmitió una institutriz budista cuando tenía siete años. Ojo, soy católica apostólica romana. Por ahora. Pero tomo muchas cosas de otras religiones. Mi amor por la naturaleza y el respetar el tiempo se lo debo al budismo.

-¿A qué se refiere con respetar el tiempo?

-Saber esperar. La paciencia. Veo que la gente quiere tener todo ya. Y no es así, hay un tiempo para crecer. Es cuestión de admirar un árbol robusto. ¿Cuántos años transcurren hasta llegar a eso? Viven todos apurados pero la vida es una cuestión de tiempo. También hay que aprender de las caídas. Si no te caes de rodillas jamás sabrás levantarte.Y si siempre tienes un brazo que te levante, mi querida, tampoco llegarás a nada.

- Lapataia es como el Disney de los golosos. ¿Cómo llegó a ese emprendimiento?

-Siempre quise unir el campo con la ciudad. Un país que logra eso es un país casi en equilibrio. La idea de que la gente de mi campo vaya constantemente a Punta el Este me atrapó. Además me encanta el dulce de leche.

-¿Cuál sería la hora ideal para meter cuchara en el frasco?

-Las 4 de la tarde. Tostada, manteca y dulce de leche. La perfección. A veces con panqueques, que cocino yo, con sartén. Nada de aparatos eléctricos. Yo los hago con el golpecito, y dan la vuelta perfecta.

-¿Quién le enseñó a cocinar?

-Estudié en Francia, en el Le Cordon Blue. La gastronomía es mi perdición. Hago de todo. Me cuestan un poco más las carnes. Pero si uno quiere saber debe trabajar con todo. Los paladares se hacen probando cosas. Yo soy muy exigente.

-¿Cuál es su hit?

-La pasta con crema y trufa blanca. Tengo una debilidad inexplicable con la trufa blanca italiana. Es que son una rareza, un bocado de los dioses. Tienen una relación simbiótica con árboles como los castaños y nogales. Se encuentran debajo de la tierra. Hay como treinta clases, pero las más buscadas son las trufas blancas del Piamonte. Ahora la estoy comiendo con huevo. Directamente me vuelvo loca. Y no me importa nada que digan que hace bien o hace mal. Creo en el equilibio. Comer un poco de cada color.

-Con respecto a la situación actual, hace unos días dijo que está a disposición del presidente, que hará todo lo que sea necesario para colaborar con hospitales y quién la necesite.

-Bueno, no es de buen gusto comentar cuando uno ayuda. Me considero una persona solidaria. No queda otra. La vida debe ser así. Uno no puede mirar hacia otro lado. Mucho menos cuando uno goza de tantos privilegios. Estoy aquí con mi marido, tengo mis hijos y nietos sanos. Yo estoy a disposición. Amo Uruguay y estoy muy esperanzada con este nuevo gobierno. Creo que va a salir algo bueno de todo esto. Más allá de tanto dolor y muerte en el mundo entero, habrá una nueva mentalidad.

-Su hermano Rodrigo -excéntrico personaje del jet set noventoso- tenía un perfil opuesto al suyo. Fueron muy unidos pero terminaron distanciados. ¿Le pesa no haber sanado el vínculo antes de su muerte?

-Fue muy triste. Nos llevábamos once meses de diferencia; éramos como mellizos. Un buen hombre, adorable. Pero después empezó con el tema de los excesos y salía con un grupo de gente que mejor no hablar. No sé qué fue lo que le pasó. Cambió abruptamente, pasó del amor al odio. Seguramente alguien le llenó la cabeza contra mí. Lamentablemente, cuando hay mucho amor y en algún momento se rompe el lazo, todo se convierte en un desastre.

-¿Cuál es su gran deseo?

-Conservarme en el medio, siempre en el medio. Los extremos me asustan. Los excesos ni qué hablar. Y ustedes, los argentinos, con ese asunto de la grieta... Yo amo ese país. Viví en Buenos Aires ocho años. Es uno de los lugares más lindos de Sudamérica. Por eso me duele verlos tan mal, a veces pienso que no tienen idea del país que tienen. Ojalá esto comience a sanar, porque los adoro con el alma.

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