Las mujeres que también pelearon en la Segunda Guerra

Llegaron al país después de su participación en los ejércitos aliados. Argentinas por adopción, representan a muchas otras combatientes voluntarias
Llegaron al país después de su participación en los ejércitos aliados. Argentinas por adopción, representan a muchas otras combatientes voluntarias Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Coló
Lucas Garabento
(0)
4 de noviembre de 2018  

"No sirvo para usted para nada. Mucho lío para escribir, nada interesante". Irma Ways tiene el pelo rubio y un saco elegante. Está sentada en el anticuario de su hijo Karol. Habla como si toda Polonia estuviera contenida en su tono. Tiene 98 años, estuvo presa, fue oficial de inteligencia en Medio Oriente, se le cayó un árbol encima, tuvo tifus, su hermana fue condenada a muerte y se salvo, su hermano se unió a las filas del mismo ejército que la mantuvo presa durante tres años en Siberia. Casi pierde un pómulo por congelamiento. Casi muere, varias veces. Hasta que un día de 1946 llegó a la Argentina. Tenía apenas 26 años.

Aunque no nació en la Argentina, es una de las mujeres voluntarias de la guerra que fue homenajeada en el Congreso de la Nación, junto con Cynthia Margarita Cheesman, Ana Elisabeth Hume y Mary Chapman. Además de ellas, hubo decenas de mujeres que se ofrecieron como voluntarias con la misma valentía y convicción que los hombres mencionados en esta edición. Resultó difícil rastrear algunas de esas historias, pero se sabe que varias de esas mujeres llegaron a Europa desde la Argentina y se desempeñaron con excelencia en tareas de comunicación, asistencia y transporte. Hay mucho por desenterrar de ese lado de la guerra.

Chapman trabajó en la traducción del código de comunicación nazi
Chapman trabajó en la traducción del código de comunicación nazi Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Coló

El caso de Irma es diferente. Durante años no quiso hablar. ¿Para qué?, preguntaba; "contar no sirve nada". Y se lanza, igual, porque ahí estamos: "Presa política fui. Por resistencia, por decir verdad, varias cosas. Los rusos no querían resistencia…".

Tenía 17 años cuando, caminando por la calle con su hermano, la detuvo el ejército ruso. Acusada de apoyar a la resistencia polaca, fue enviada presa a Siberia. Su hermano, en cambio, fue incorporado en las filas del mismo ejército. Pasarían más de 50 años hasta que volvieran a verse, ya como dos personas de nacionalidades distintas.

Fue condenada a 10 años de prisión. De ese tiempo recuerda haber caminado cientos de kilómetros desde una estación de tren a donde llegó en un vagón de ganado. Recuerda haber estado serruchando árboles hasta que un preso novato, por error, tirara uno encima suyo. No la mató de milagro, porque los metros de nieve acolchonaron la caída evitando que muriera aplastada. Recuerda haber llegado al sur de Rusia enferma de tifus, y que sus compañeros la arrastrarán toda mojada y la pusieran a reparo en una construcción de cemento. Recuerda que cuando se despertó quiso levantarse, pero el agua se había congelado y la dejó pegada a la pared.

Recuerda el hambre. "El hambre", dice. "Hablan del hambre...". Cada mañana les llevaban una olla de agua hirviendo y un pedazo de pan. Eso era todo por el resto del día. "Cárceles acá son hoteles cinco estrellas al lado de presos rusos –dice–. Acá separan presos políticos de criminales normales. Allá no, allá todos juntos. Prostitución no es una cosa tan mala, es una cosa que hacen porque necesitan. Yo tenía amiga prostituta. Y tenía una amiga que mató siete personas también, y otro que me prometió matar un conejito para hacer una bolsa, que también mató a alguien. Qué sé yo… Mezclado, todo mezclado…"

De los 10 años de prisión que le dictaron, cumplió cuatro. En el medio, la Unión Soviética se unió a los Aliados y tuvo que liberar a los presos políticos. "¿Un recuerdo lindo de Rusia? ¿Qué recuerdo lindo puedo tener?... Cuando estaba en Moscú y se anunció que rusos ingresarían a guerra contra alemanes. Me arrodillé. Supe que podría ser mi salvación. Es único recuerdo feliz de ahí", dice. Su manera de hablar representa su historia.

Ya liberada, Irma no intentó escaparle al conflicto. Se unió de manera voluntaria a las fuerzas aliadas y fue enviada primero a Irán, después a Irak, y luego a Egipto e Israel. En cada uno de esos lugares se capacitó e hizo tareas de inteligencia y comunicación. Cuando la guerra terminó, le dieron permiso para estudiar afuera. Junto con su marido, piloto polaco, eligieron la Argentina.

"¿A quién odio más? ¿A Stalin o a Hitler? A los dos. Pero de Hitler se escribe mucho, siempre. De Stalin no, de rusos no se escribe… Porque como entraron con aliados, se limpiaron. Pero yo sé cómo era, y nunca se habla de ellos. No, no se habla".

La escocesa infinita

Abre el ascensor, se corre a un costado, deja pasar, cierra el ascensor. Se para frente a la puerta de su departamento, abre, deja pasar, entra. Ofrece un café o una gaseosa. Abre la heladera, se agacha, sirve gaseosa. La energía de Mery Chapman no representa sus 99 años. Invita a pasar y se sienta en su sillón. Tiene una novela policial en la mesa ratona, dice que le divierten. Su voz suena escocesa, pero hace más de 70 años vive en la Argentina. Llegó, como tantos otros, después de la Segunda Guerra, pero tuvo prohibido hablar del tema hasta después de los años 80: "Eran temas confidenciales y no podíamos decir nada, porque podían fusilarte", cuenta.

Su labor en las filas del ejército británico puede describirse fácil para quien haya visto la película Código Enigma, donde se narra cómo el matemático Alan Touring descubre el código de comunicación nazi y permite a los ejércitos aliados tomar ventaja por sobre las fuerzas alemanas. Mary trabajó en una base en Escocia traduciendo parte de ese código. "Ingresábamos valores en una máquina, que los traducía", cuenta. Entre sus tantas misiones de apoyo terrestre, una de las más relevantes fue justamente en el desembarco de Normandía, también conocido como el Día D. Durante esas horas cruciales, tenía que ir y venir a distintos lugares de Escocia y no solo traducir mensajes, sino también enviar comunicaciones falsas para despistar a los alemanes, que también interceptaban lo que se emitía.

El día del homenaje en el Congreso significó mucho para ella, para bien y para mal: "Me afectó mucho ver muy deteriorado a un compañero con quien había tenido amistad en los primeros años en la Argentina. ¿Por qué está así? Me pregunté. Yo lo recordaba tan fuerte...". La nostalgia le dura poco, o pronto logra disimularla. En cambio, levanta la cabeza y dice: "Pero también está Ronnie… Qué energía tiene. El día del homenaje me llamó por teléfono y me dijo que me pasaba a buscar con su auto para que fuéramos juntos al Congreso. Tiene 101 años y maneja sin problemas. Me pareció un poco peligroso, pero él estaba convencido", cuenta. Y vuelve a ofrecer gaseosa. Se agacha, sirve, guarda. Sonríe, dice cosas lindas de la Argentina. Dice que Martínez, donde vive desde hace años, es como Falkirk, su pueblo natal en Escocia, pero no tan frío. Dice que le avisemos cuando salga la nota en la nacion revista. Dice que ella es una mujer normal y que no entiende a quién le puede interesar lo que cuente, pero que igual nos cuenta, que si queremos nos cuenta. Y nos muestra fotos de su hijo y sus nietos, que viven en Brasil. Y sonríe, sonríe mucho, como solo alguien después de 99 años puede sonreír.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.