LAS PIEDRAS Y EL ESPIRITU

Jerusalén es ciudad de principio y final, destruida con saña y reconstruida con el tesón de la fe
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21 de febrero de 1999  

"A Jerusalén no se va, a Jerusalén se vuelve; se asciende por la escala de las generaciones, por la escalera de la añoranza, por los peldaños de la redención", dice el poeta Itzjok Ianasovich. Es que la ciudad está tan íntimamente ligada a la historia de la experiencia humana que, aunque no se la conozca, a ella sólo es posible volver porque de alguna manera ya se ha estado. Lo que caracteriza la experiencia de recorrer Jerusalén, es posiblemente esa capacidad de hacer tomar conciencia al visitante de que su vida está indisolublemente ligada al devenir del hombre. No se trata sólo de la evocación de imperios y de gestas. Muchas ciudades son testigos de ese tipo de historia. La de Jerusalén es historia entretejida con creencias, construida durante siglos con sustancia espiritual. Sintetiza nada menos que el ansia de trascendencia del hombre, es testimonio de su clave esencial.

Tanto se ha dicho y escrito acerca del resplandor dorado de las piedras de Jerusalén que el visitante termina viéndolas así. Una luz interior parecería surgir de esas piedras. Eso hace que, por debajo del bullicio mercantil que contamina los lugares sagrados para tres creencias, de los signos de una sociedad en tensión y de las actividades de una ciudad moderna que estudia, trabaja y crea, se perciban las huellas de la inmemorial lucha por dar significado a la existencia.

Pero no todo evoca la elevación espiritual. La Jerusalén moderna guarda el testimonio de los horrores de los que también es capaz la naturaleza humana. Recorrer Yad Vashem, memorial permanente, según el libro de Isaías, que recuerda el Holocausto, constituye una experiencia singular. Tal vez lo que más conmueva sea el recorrido que recuerda al millón y medio de niños asesinados en los campos de concentración. Superada una antesala desde cuyas paredes los rostros de algunos de esos chicos contemplan al visitante con una mirada en la que la mezcla de indefensión y melancolía adquiere una arrolladora fuerza acusadora, se ingresa en un recinto totalmente a oscuras, aparentemente sin límites, infinito. En ese espacio indefinible en el que se borra toda referencia a lo real brillan miles de pequeñas luces que hacen presentes a los niños ausentes, mientras una voz monocorde los nombre uno por uno, dice su edad y su lugar de origen. Difícilmente se pueda salir indemne de esa experiencia. Pero la actividad que continúa a pasos de estos recuerdos reafirma la vitalidad del hombre, su inagotable esperanza.

Tal vez la síntesis de los tantos testimonios físicos de la fe que ofrece Jerusalén se encuentre en la ladera del Monte de los Olivos. Allí está el impresionante cementerio judío, un monte cubierto por cientos, miles de lápidas que, entonando una muda sinfonía de blancos, rosados y dorados, dan a esa ladera un aspecto de serenidad fantasmal. Envueltos en silencio, los muertos se han ido reuniendo desde hace miles de años sobre Jehosaphat (el valle del juicio de Dios) para esperar el momento del Juicio Final, que según judíos y musulmanes tendrá a ese valle por escenario. Todo en Jerusalén, el Santo Sepulcro, la Vía Dolorosa, el Muro de los Lamentos vestigio del Segundo Templo, las mezquitas, la roca desde la que se afirma que Mahoma se elevó en su caballo hacia los cielos, testimonia la singularidad del hombre y confirma el poder de su espíritu.

Posiblemente, el misterio de Jerusalén resida en el permanente diálogo entre el pasado tan profundamente significativo y el presente esperanzado entre quienes esperan en sus tumbas el Juicio Final y los que siguen trabajando a su alrededor, entre la historia y la libertad. Inigualado compendio de lo humano, Jerusalén es ciudad de principio y de final, destruida con ensañamiento y reconstruida con el tesón de la fe. Por eso, como dicen los Salmos: "Si yo me olvidara de ti, Jerusalén, entumecida sea mi diestra. Péguese mi lengua al paladar, si no te recordase, si no te pusiese, Jerusalén, por encima de todas mis alegrías".

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