Las vaquitas son ajenas

Mercedes Funes
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3 de agosto de 2019  • 15:08

Es 2024. Una chica real con filtro de cuernos y ojitos de ciervo sale del closet ante sus padres: "No me identifico con mi cuerpo". Ellos son comprensivos y amorosos desde el primer momento: "Está bien, te amamos. Si tenemos un hijo hermoso en vez de una hija adorable, seremos felices". "No soy transexual, no quiero cambiar de sexo". "Ahora se dice género, entendemos". "No, no soy transexual, soy transhumana: no quiero ser de carne, me voy a hacer digital". En la mirada distópica de la serie Years and Years (BBC), en un futuro inquietantemente cercano, el mundo será un lugar todavía más hostil: giro a la ultraderecha populista, xenofobia, calentamiento global, colapso de la economía y una tribu de jóvenes cuya mayor aspiración es convertirse en información almacenada en la nube. La ciencia ficción social de Russell Davies también imagina carne producida en laboratorios y limpia como la conciencia de que está libre del maltrato animal que desató la fallida operación comando perpetrada por activistas veganos esta semana en la pista central de la Rural. Tanto para ellos como para los gauchos que los corrieron a caballo, con rebenques y hasta una faca en mano, la exposición es un símbolo. Para unos, "de todo lo que representa la cultura de la explotación animal en la Argentina en la que miles de animales mal llamados 'de granja', son expuestos, subastados y tratados como mercadería.". Para otros, del trabajo rural de todo el año en un país que se jacta de tener la mejor carne del mundo y saber comerla mejor y más que nadie, un país que para la mayoría de los extranjeros se puede resumir en tres palabras: "Messi, gaucho, asado". La personalidad nombrada está sujeta a variaciones de época, pero la popularidad del asado y el gaucho se ha mantenido constante desde la colonia, igual que la realidad de que en la guerra de opresiones que supone la política identitaria, los gauchos fueron siempre una minoría marginada: la barbarie.

Con las mejores intenciones, los jóvenes veganos que irrumpieron en la exposición para darle voz a esos seres sintientes que son "los animales no humanos", no parecen haberse interesado demasiado por los que sí lo eran. Es que, para el antiespecismo, los derechos trascienden lo humano: no hay distinción entre una vaca inseminada y una mujer abusada. Detrás de las pancartas -y de la condenable violencia con la que reaccionaron los trabajadores del campo-, subyace una visión social que muchas veces, en la sana búsqueda de reparar las injusticias del modelo de producción capitalista, termina por enfrentar posturas irreconciliables y deja poco lugar al debate argumentado. En la cultura de indignación propia de la política identitaria, el pensamiento es colectivo y dogmático. Y no basta con sostenerlo, necesita imponerse sobre el que piensa distinto, con la certeza del monopolio de la superioridad moral. Así, no alcanza, por ejemplo, con seguir las pautas del veganismo: hace falta ir a la meca de la carne a decirle al gaucho que su modo de vida es inmoral. El peligro de esta mentalidad binaria que divide al mundo entre morales e inmorales, justos e injustos, oprimidos y opresores, es que lo convierte en una batalla maniquea entre el bien y el mal, y lo simplifica tanto que es incapaz de ver más allá de la injusticia que indigna a su propia tribu. Un mundo distópico que se anticipa en imágenes como la que vimos en la pista central de la Rural, donde cada bando parece decir, parafraseando a Yupanqui: las penas son sólo de nosotros (y las vaquitas ajenas).

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