Lazos rotos

Guillermo Jaim Etcheverry
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6 de julio de 2003  

Estamos convencidos de que nuestro mundo deteriorado asiste a un desastre ecológico. Pero no percibimos con igual claridad que enfrentamos otro desastre, no menos grave e implacable. Su causa es la brusca ruptura de los lazos entre las generaciones que caracteriza a nuestro tiempo. Debilitado el pacto que mantenía unidos a mayores y jóvenes, confusa además la distinción entre ellos, se ha desencadenado el desastre genealógico descripto por el sociólogo francés Christian Laval.

Como en nuestras sociedades se afianza la preeminencia del individualismo, la competencia y el rendimiento económico, los seres humanos nos hemos convertidos en un capital, valorado en un pie de igualdad con las máquinas. Mezquino portador de ese bien personal, empresario de sí mismo, cada uno vive para sí, cree ser su propia obra. Sobre todo, tendemos a concebir nuestras vidas como independientes de las demás generaciones. Parecería que ya no debemos nada a quienes nos han precedido y que nada nos obliga con quienes nos seguirán. Este ocaso de las solidaridades concretas entre los grupos de diferente edad se manifiesta en el desprestigio de los símbolos del intercambio entre generaciones. Como la educación constituye el paradigma de esos símbolos, la causa de su crisis debe buscarse en ese desastre genealógico.

Cuando, como ahora, la mercantilización generalizada intenta dejar a los jóvenes a merced del comercio y la publicidad, la difusión de los saberes, que depende de los lazos entre edades, adquiere un valor simbólico y político secundario. La escuela se construye sobre la solidaridad entre las generaciones que se materializa en la transmisión de esos saberes y valores. Al devaluar ese proceso, la sociedad actual demuestra que sólo quiere a sus maestros y a sus sabios para pretender justificar la producción del capital humano, destinado a rendir en el mercado de trabajo. Además, la educación pública que es paradigma de un proyecto común, en lugar de ser valorada es empujada hacia el país de abajo, el de los pobres y los viejos, donde se acumula lo que se considera un lastre, un freno al avance del nuevo dios de la competitividad.

El desprestigio de quienes enseñan se debe a la corrosión de ese lazo entre las generaciones. La importancia singular de la tarea que realizan surge de su ubicación en el sitio mismo donde se entrelazan los problemas sociales con la cuestión genealógica de la transmisión de un patrimonio común. La sociedad occidental, capaz de producir bienes como ninguna otra, parece cada vez más imposibilitada de hacer lo que la mayoría de las demás sociedades sabían o todavía saben hacer: perpetuarse en el tiempo, tejiendo ese lazo entre viejos y jóvenes. Pero es que, además, parecería no haber ya viejos y jóvenes. Vivimos en el mundo de la eterna juventud en el que se está borrando la distinción entre generaciones. Resulta lógico, pues, que la educación haya entrado en crisis ya que está basada en esa diferencia.

Es esencial advertir el desastre genealógico que enfrentamos y oponerse a su avance, porque la supervivencia del conjunto social se edifica mediante la solidaridad entre las edades. Hoy, más que nunca, es preciso insistir en la importancia de que padres y maestros vuelvan a enseñar, que se conciban como diferentes a los jóvenes. Anudar con ellos ese hilo invisible que permite tejer la trama de significados mediante los que se estructura una comunidad, constituye una exigencia de civilización, más bien, de recivilización social.

El autor es educador y ensayista

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