Leandro Gajate, maestro jardinero y músico

Leandro Gajate: “Creo que la música es una gran excusa para abandonar prejuicios y despertar inquietudes”.
Leandro Gajate: “Creo que la música es una gran excusa para abandonar prejuicios y despertar inquietudes”. Crédito: Anahí Bangueses Tomsig
Integra la banda infantil Koufequín y da un taller de música en Ciudad Oculta.Nos inspira porque aborda la infancia desprejuiciadamente y cree que el arte acerca generaciones.
Ana Clara Pérez Cotten
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25 de septiembre de 2016  • 00:00

El amor por los viajes y la libertad y cierto espíritu bohemio le hicieron creer que pasaría gran parte de su vida en una casa rústica en la cima de una montaña. Mmm..., nada más alejado de la vida que construyó. Leandro Gajate es maestro desde hace veinte años en el Jardín de los Cerezos, en Palermo, da un taller de música en Ciudad Oculta y es la voz de Koufequín, una banda de música para niños que suena con la potencia y la calidad que exigen los grandes. Su vocación lo alejó de aquel destino ermitaño y, en cambio, lo convirtió en testigo de la insistencia casi caprichosa que tienen los más pequeños por vivir el presente. Sí: quedó inmerso en los primeros años de vida de los seres humanos, ese lugar donde empieza todo.

Si bien desde que estudiaba el profesorado en el Mariano Acosta es consciente de que la docencia es un ámbito copado por mujeres, no vive la profesión desde una posición de género. La inclusión de maestros varones solo recrea en el aula un esquema parecido al del resto de los ámbitos sociales, donde hombres y mujeres trabajan a la par . “El hombre se planta ante la niñez desde un lugar distinto –define–, entre otras cosas, tenemos mayor facilidad para marcar límites”. El rol de un maestro –según Leandro– también puede ser positivo para las familias en las que, por distintos motivos, la figura del padre está debilitada o no está.

Un viaje de iniciación

A finales de los 90, Leandro convirtió su vida en una road movie. Recorrió Europa y África como mochilero e incluso se radicó unos meses en Ibiza, donde vivió de hacer malabares. Volvió a la Argentina y cruzó el país de sur a norte por la Ruta 40. Después se perfeccionó como malabarista en Brasil. Y luego retomó la docencia con la idea de volcar algo de lo que había aprendido. No es casual que en el aula le guste pensarse como una esponja que absorbe y resignifica lo que le proponen los chicos; todo ese vértigo del imprevisto que conoció con los viajes.

Fue después de conocer a Florencia –su mujer, dibujante y estudiante de Letras– cuando esa peli rutera en la que vivía dio un giro inesperado: se convirtió en padre de Valentino, de 11 años, y cuatro años después, de Lupe. “Sabía cambiar pañales porque esas cosas eran parte de mi rutina, pero era egocéntrico, vivía pensando en lo que me gustaba, a dónde quería ir, qué sentía”, recuerda sobre aquello que, asegura, fue una revolución.

Insiste con trabajar dentro del aula y no para demostrarles algo a los padres, con garantizar espacios para el juego libre y con respetar los tiempos de cada chico. La adaptación al jardín les lleva a algunos un día y a otros un año, pero él cuida este proceso porque es, ni más ni menos, el primer paso que un individuo da en una institución y repercutirá en cada nuevo ingreso a lo largo de la vida. Esa mirada sobre la infancia no admite recortes: vale para sus alumnos de Palermo, para los chicos de Ciudad Oculta y para sus hijos, que asisten a una escuela pública.

Koufequín –que integra junto con Mauro Conde y Tico Algranati y que debe su nombre a una especie de flauta china– nació hace una década en la informalidad de una feria de artes en el jardín y por su espíritu lúdico recuerda a un grupo de antiguos juglares. Con canciones, candombes o chacareras sobre dinosaurios, la máquina del tiempo o robots de cartón, crecieron a la velocidad de los buenos datos que pasan de boca en boca y tocaron en los principales escenarios. Para Leandro, Koufequín significó la posibilidad de que sus canciones –pensadas para niños, pero no de manera explícita o con un fin didáctico– trascendieran las paredes del jardín, los límites de Palermo, y llegaran a otro público.

Desde la óptica de Leandro, la infancia no fue jaqueada por las nuevas tecnologías. “Tengo mucha fe en el futuro de la humanidad”, dice sin vueltas, y explica que, tal vez como nunca antes, la distancia entre padres e hijos se achicó en todos los niveles sociales. Ese cambio en el mundo íntimo y afectivo lo hace visualizar un futuro distinto y esperanzador.

Volver a las fuentes

Leandro también anima fiestas infantiles. Su propuesta es volver a las viejas consignas y dejar de lado cierta espectacularidad de luces y micrófonos tan de moda. Con su guitarra, cosas para dibujar, un monociclo y espuma para afeitar, logra que chicos de distintas edades se congreguen en ronda.

En FB: Leandro Gajate. •

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Agradecemos al Jardín de los Cerezos su colaboración en esta nota.

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