Lecciones a la japonesa

Iván de Pineda
Iván de Pineda LA NACION
En el país del Sol Naciente, sólo una carne premium le quita protagonismo al sushi
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26 de julio de 2015  

En uno de mis primeros viajes a Japón decidí que lo mejor que podía hacer era mezclarme de verdad con los locales y tratar de adoptar cada una de sus costumbres de la mejor manera posible.

En ese momento vivía, cuando me tocaba quedarme algunas semanas, en el coqueto y trendy barrio de Shibuya, a tan sólo unos pasos de Omotesando, con sus tiendas de lujo y la popular calle Koen-Dori que me llevaba a la estación de tren de Shibuya y sobre la que les conté allá por octubre del año pasado cuando comenzamos a compartir estas pequeñas experiencias.

Sorprendido por la cantidad de gente que transitaba por mi barrio, trataba de absorber las costumbres de una manera lúdica. Observaba atentamente cómo se comportaban. Trataba de escuchar las palabras clave para repetirlas y así poder demostrar mi educación:

– Ivan san, ohayo-gozaimasu. (Buenos días Iván san)

– Daisuke san, ohayo-gozaimasu. (Buenos días daisuke san.)

– Ogenki desu ka. (¿Cómo estás?)

Aunque parezca escueto y sucinto ya sentía que estaba dando grandes saltos para comprender cómo se manejaba todo, sobre todo cuando lograba hacerme entender a duras penas y tenía que agradecer. Las palabras me salían con fluidez:

– Domo arigato gozaimasu. (Muchas gracias..)

Me respondían:

– Do itashi mashite. (De nada.)

Hasta ahí todo venía fenómeno. Cada día me ponía más contento por mis avances. Me animaba incluso a preguntar con una gran sonrisa:

– Ima nanji desu ka. (¿Qué hora es?)

Pero como les conté anteriormente en mi reseña sobre Marrakech, ciertas cosas se aprenden de otra manera. El caso es que estaba en el país del Sol Naciente y mi inocencia me dictaba que el sushi era el único y más exaltado producto gastronómico que se podía consumir (cuando en cambio la comida japonesa es amplísima y por demás variada, además de llena de rituales interesantísimos). Y así decidí embarcarme en una verdadera bacanal de pescado crudo.

Durante una semana lo único que consumí fue sushi. Día y noche sin parar. Pasé por un proceso de acostumbramiento al sushi local, que nada tiene que ver con el que se consume en la mayor parte del mundo; aquí sabe a mar, profundo y frío, y los sabores te golpean el paladar de una manera contundente.

A la semana de haber conocido todos y cada uno de los restaurantes más destacados, sobre todo los más convenientes en precio del barrio, ya no podía más. Todo a mi alrededor olía a un gran niguiri. Estaba literalmente hasta las orejas de sushi.

Así que decidí pornerle un efectivo parate a esto volviendo a las raíces. Tome un libro y me encaminé a la búsqueda de un restaurante que me proveyera de un rotundo y simple bife o churrasco. Con sonrisa risueña me encontré un pequeño local con un cartel que rezaba beef. "Perfecto –me dije–, esta es la mía."

Me senté, ordené beef y para sentirme un poco más sofisticado una copa de vino. Cuando llegó mi pedido a la mesa no podía creer lo que mis ojos veían. Un pequeño ejemplo de lo que a nosotros nos parecería algo decente, acompañado de algunas french fries.

Ya estaba jugado y decidí disfrutar al máximo lo que me tocaba. El problema apareció cuando comprobé que el tamaño de la cuenta no se relacionaba con lo que había comido. Llamé al camarero y expresé mi enojo e incertidumbre. Cómo puede ser, seguramente debe haber algun error, yo no he comido tanto... (todo esto expresado en inglés con algunas palabras en japonés). A lo que el nipón respondió de manera muy suspicaz. Me señaló la puerta, me invitó a salir y me detuvo frente al cartel del restaurante. Se leía: Kobe Beef.

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