Liberate de tus miedos

Crédito: Inés Auquer. Realización de Diego A. Martínez. Producción de Josefina Rivero
... Y no dejes que se interpongan en tu camino. Vos podés convertirlos en una emoción funcional para tu propio crecimiento.
María Eugenia Castagnino
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31 de julio de 2014  • 00:00

Desde que éramos chicas, los miedos siempre andan pululando por ahí. Ahora mismo, si pensás por un instante, podrías nombrar los tuyos. Y frente a este panorama, la idea es que no los esquives y mires para el costado cuando aparezcan, sino que los entiendas como "cuidadores" que a veces te paralizan y te restan confianza. Están los "bobos"–veo una cucaracha y tengo que salir corriendo–, los irracionales –manejo desde hace años, pero no puedo subirme a la autopista– e incluso los existenciales–¿cómo va a ser la muerte?–. El miedo es una emoción primaria, al igual que el amor, pero si tuviéramos que pensarlo evolutivamente, existía antes: las conductas de evitación ya aparecían en los reptiles y los peces, mientras que los circuitos del amor y el cuidado recién asomaron con los animales de sangre caliente. Como somos seres especialmente buscadores y deseantes, si la biología no hubiera desarrollado un contrapeso que equilibrara esa tendencia, correríamos el peligro de no cuidar nunca lo que ya somos o tenemos. Y sí, uno de los contrapesos es el miedo. Otro, más lindo, es el amor, o el disfrute. Ambos trabajan juntos para cuidarnos de nuestra propia fuerza.

¿Cómo funciona en nuestro cerebro?

El miedo es una lectura rapidísima que hacemos de una situación que nos aparece como amenazante. Pero definamos entonces qué es una "amenaza". En nuestro universo mental, la amenaza puede ser cualquier cosa: una persona que nos intimida, un proyecto ambicioso, la idea de pensar que algo malo puede pasarles a quienes queremos, el borde del trampolín de una pileta... Nuestra reacción más primaria es sentir miedo, y al hacerlo, nos parece que nuestros recursos no alcanzan para los desafíos que tenemos adelante. ¿Dónde sucede esto exactamente? En una parte de nuestro cerebro llamada amígdala cerebral, que es la encargada de controlar las emociones básicas y funciona como un radar que localiza la fuente de los peligros cotidianos. Cuando los detecta, el cerebro apaga el pensamiento, porque es una pérdida de tiempo para salvarse del peligro, toma una decisión en milésimas de segundo y actúa. ¿Qué hacemos entonces? Básicamente, nos manejamos tal como lo hace el resto de los animales; luchamos, huimos o nos paralizamos, estas son las reacciones más instintivas, junto con la valentía que también puede surgir cuando sabemos que tenemos recursos suficientes para enfrentar el desafío ese que tememos. Por eso, te damos algunas herramientas para atravesarlo.

ARMATE UNA SITUACIÓN GANADORA

La mejor manera de pararte frente a un miedo es enfrentándolo en una situación ganadora, porque si ya vas con las de perder de movida, no solo te va a vencer, sino que vas a salir más frustrada que antes. Imaginemos un escenario posible y sencillo, que puedas atravesar, por ejemplo, si querés vencer tu miedo a subirte a una montaña rusa.

Buscá la motivación y atesorala: ¿por qué me quiero subir? Imaginate que lo que te atrae no es el hecho de ir a mucha velocidad y con la cabeza colgando –porque ahí te paralizás–, sino que pensás que te gustaría hacer algo nuevo y distinto, o que lo vas a acompañar a tu hijo.

Encontrá la oportunidad: claramente no es que un día cualquiera te vas a levantar y decidir ir a subirte a una montaña rusa porque sí. Probablemente la posibilidad surja porque estás de vacaciones con un grupo de amigos y es un buen plan. De todas formas, por más que tengas la oportunidad delante de tus ojos, siempre está la opción latente de quedarte abajo y esperar al resto.

Tratá de imaginarte cómo te vas a sentir después: no es fácil, pero pensá que, después de hacerlo, vas a haber conseguido un "pequeño trofeo cotidiano", y eso siempre se siente bien. Por otra parte, imaginá cómo vas a sentirte cuando los demás salgan riéndose y comentando lo bien que la pasaron y, aunque no lo confieses, te sientas un poco arrepentida de no haberlo intentado.

Ponete entre la espada y la pared: listo, ¡te metiste en la cola de la montaña rusa! Ya no hay vuelta atrás. Pensalo así y entregate.

Buscá compañía y contagiate: en la fila, no te pongas al lado de la que se está comiendo las uñas y repite "¿para qué me habré metido?" porque vas a volver a conectarte con el miedo. Sumate a la excitación de los que ya están pensando en la segunda vuelta y pedí que alguno de los más experimentados te acompañe en el carrito. Su entusiasmo va a contagiarte.

Celebrá cuando salgas. Evaluá si valió la pena y si te gusta lo que estás sintiendo después de haberlo hecho. Por lo general, la sensación de satisfacción es increíble.

ANIMATE A SENTIRLO

Crédito: Inés Auquer. Realización de Diego A. Martínez. Producción de Josefina Rivero

¿A quién le gusta recibir malas noticias? A nadie. Pero nos llegan. Y hay que hacerse cargo. Con las emociones es parecido; cuando sentimos miedo –o tristeza, o angustia–, la primera reacción puede ser intentar salir de ahí, ponernos las anteojeras del caballo y seguir como si nada. O directamente no exponernos a eso. O esperar que otros vengan y hagan lo que no nos animamos. Hay que ser muy valiente para detenerse sobre esa emoción y percibir qué cambios se producen: ¿qué le pasa al cuerpo?, ¿qué pensamientos se vienen a la mente? Si no te das el tiempo para evaluar lo que sentís, seguramente vas a reaccionar rápido y sin dilucidar si realmente podés enfrentar ese miedo o no. ¡No todos son dragones o cucos! Hay cosas en las que podés plantarte y decir: ¿quiero o no quiero hacer esto? Pero para lograrlo, es clave que lo registres en vez de huirle: "OK, está ahí, lo estoy sintiendo..., ¿qué me quiere decir?". La idea es que te acompañe, que lo pongas al lado tuyo para "dialogar" de manera sincera con tus emociones y no que se te interponga en el camino como un obstáculo que la mayoría de las veces no te deja avanzar. Sabé que si no lo enfrentás, crece, porque eso confirma que todavía no tenés los recursos suficientes para eso. Por eso, una vez que sabés que está, y que lo sentiste, podés empezar a aceptarlo y a trabajar sobre él –"viajar en avión me pone muy mal, pero ¿estoy dispuesta a dejar de viajar a un lugar lejano por eso?", "¿qué es exactamente lo que me da miedo?"–. Por otra parte, si lo aceptás, no dejás que se "agrande" y tome el control.

PEDÍ AYUDA

La sensación de desprotección y desamparo es casi inherente al miedo. Nos sentimos menos –"todos se tiran del trampolín menos yo" o "no sé cómo se anima a largar el laburo justo ahora, está loca"– o incapaces de lograr algo. Pero cuando te invada, recordá que no estás sola y que podés apelar siempre a una mano (real o imaginaria) para sostenerte. Llamalo como quieras: Dios, el universo, mamá, tu pareja o una amiga. Puede parecer una escena casi cursi, pero si en la pileta, debajo del trampolín, tenés a varios amigos gritando tu nombre, como una "red de contención", el temor desaparece y hay algo interno que confía y se anima a dar el gran salto, porque el amor y el sentido de pertenencia también son "antimiedos".

DIFERENCIALO DEL CUIDADO

Son dos cosas bien distintas. No necesitás el miedo para mantener el hábito del cuidado: una cosa es caminar por la calle con miedo –paranoica, teniendo pensamientos feos o imaginando hipotéticas situaciones catastróficas– y otra bien distinta es mantenerte despierta y alerta, observando lo que pasa a tu alrededor y dispuesta, con el cuerpo y la mente, a estar presente. Otro ejemplo concreto es cómo reaccionan algunas mamás con sus hijos: son una pila de miedos –a que se caiga, a que se enferme, a que tenga frío– y en algún punto reaccionan desde ahí. Cuidarlo es abrigarlo bien y sacarlo a dar una vuelta en una tarde de invierno cuando pega el solcito, mientras que tener miedo es practicamente evitar salir hasta septiembre. También fijate cómo expresás el miedo y el cuidado desde el lenguaje; el primero te habla en palabras catastróficas y apocalípticas –"me aterra", "es lo peor que te puede pasar", y usa mucho el "siempre" y el "nunca"–. Observalo y no les permitas a tus pensamientos que piensen de esa manera tan tajante. Probá bajar la intensidad de esas palabras. Si reemplazás el "siempre" por el "hoy", el "nunca" por el "por ahora" y el "qué desastre" por el "no me gusta", vas a ver cómo cambia la óptica.

TOLERÁ LA INCERTIDUMBRE

"Más vale pájaro en mano que cien volando", dice el refrán. Y así es, porque el futuro (o nosotras mismas) a veces se nos aparece dibujado como esa bandada de pájaros en el cielo, que no tenemos la menor idea de para dónde va a disparar. "Tengo miedo de que si le digo que quiero un poco más de libertad en nuestra relación, él piense que quiero cortar" o "Mirá si me patino toda la plata que ahorré durante el año en el viaje y cuando vuelvo me quedo sin trabajo" o "No, no quiero ni cruzarme con ella porque no sé cómo voy a reaccionar, le puedo decir cualquier cosa"... A veces, no sabemos cómo vamos a responder ante una determinada situación. ¡Y está muy bien! No podemos controlar el resultado de nuestras acciones, y lo importante es, justamente, no tratar de hacerlo, porque la vida está repleta de situaciones nuevas y desconocidas. Pensá qué pasaría si no nos animáramos a atravesarlas porque nos paraliza el miedo: esa "cosquillita" del "¿qué va a pasar ahora?" es lógico que la sintamos, pero la clave es tratar de mantenerte presente para seguir decidiendo. No te fugues. Aceptalo y tomá acciones reales ("OK, no sé lo que va a pasar, pero voy a estar ahí, atenta y confiada en mí y en mis decisiones"). Por otra parte, preocuparte de antemano no sirve de nada porque en ese momento no tenés los recursos y te angustiás simplemente al vivir la situación en tu mente –el famoso "rollo mental" que tan bien conocemos–. Los recursos simplemente crecen cuando los necesitamos, así que confiá en que van a estar ahí y no te anticipes. Es inútil y no te aporta más que ansiedad.

SINTONIZÁ OTRO CANAL

Podés ayudarte a bajar el miedo desde el cuerpo físico –caminando con un ritmo más lento o haciendo respiraciones conscientes, bien profundas, desde el abdomen– y tratando de desviar la atención de tu mente. ¿Cómo lo lográs? Simplemente hacé otra cosa, cambiá de canal y dedicate a perder un poco el tiempo: poné música, mirate una película o alguna otra cosa que te obligue a salir de vos y entrar en otro mundo. No te esfuerces en hacer algo productivo, porque la mente ahora tiene que esperar que tu "yo miedoso" se apague. Entonces, cualquier pasatiempo que te distienda sirve para relajarte y encontrar al rato una decisión más serena y clara.

ACEPTÁ TUS LÍMITES

Es así: a veces estamos listas para enfrentar nuestros miedos y a veces no. Si es el último caso, lo que te queda es simplemente armarte una linda vida con esos límites que tus miedos te marcan. Permitirse el "ser débil" tampoco está mal, aunque no está bueno que te pase siempre. Una vez que decidiste que no te vas a tirar desde el trampolín o no vas a manejar por la autopista, tomalo como una arbitrariedad. Sí, un capricho, quizás. "Hoy no quiero y punto". Es importante el HOY, porque no te eterniza ni te cierra a la posibilidad de que tal vez mañana tengas el coraje suficiente para enfrentarlo. Siempre va a haber una carretera por la que no nos animemos a transitar, pero quizá sea un "todavía no, pero capaz más adelante sí".

EMPEZÁ CHIQUITO

A pesar de que no nos guste aceptarlo, los miedos suelen ser un tránsito necesario y sano hacia lo nuevo –por eso, frente a los grandes desafíos, siempre aparecen–, pero a veces no hay que mirar el panorama en su totalidad. Porque puede apabullarte y parecer inabarcable. Hacete un recorte de la realidad hasta que tomes una porción que puedas manejar –chiquita, modesta– y hacelo en la medida que puedas. Si es la autopista, no pretendas en la primera de cambio subirte a la Ruta 2 y llegar a Mar del Plata; probá subir y salir en la primera bajada disponible, como un paseo. Si es un avión, no programes un viaje de 30 horas sino uno de apenas 40 minutos. Y si es una persona o una situación que te intimida y a la que tenés que enfrentar, pensá siempre en la mínima medida. Una vez que pudiste con lo chiquito, vas a tomar el impulso para ir ampliando tus horizontes.

PERMITITE SER HEROICA

Crédito: Inés Auquer. Realización de Diego A. Martínez. Producción de Josefina Rivero

Siempre estamos creyendo que los héroes están en los cuentos de hadas, sin embargo, vos también podés hacer algo valiente, ¡es posible que finalmente bailes con el monstruo! Es un recurso que tenemos a disposición, pero que pocas veces sacamos a relucir, especialmente cuando estamos frente a situaciones límite o en las que se juegan decisiones muy importantes. Ponete una "capa imaginaria" –sí, como las que usan las guerreras– para generar pertenencia y apego y mandate. Si sos tímida, hablar delante de mucha gente en una presentación del trabajo puede parecerte una tarea titánica. O si estás frente a la maternidad, también podés sentir miedo al parto. A veces, pensarte desde ese lugar heroico ayuda a disipar los miedos. Obvio, van a aparecer los pensamientos perturbadores, pero no los alimentes. Deciles: "Ufa, vos de nuevo" o simplemente "dejame de hinchar" y seguí adelante.

Detrás de una gran heroína, siempre hay una fuerza suprema: la confianza en Dios u otra energía divina, la convicción de que hay un orden natural, el amor de las personas que nos rodean, incluso nuestro amor propio. Sea lo que sea, cuando más lo necesites, siempre podés reposar en estos poderes y sentir la liviandad de estar acompañada en el desafío que te toque vivir.

¿Cómo influye la genética?

Una puede distinguir fácilmente a gente más miedosa que otra, debido a que en los circuitos del miedo existe un componente genético involucrado. Se han realizado estudios a bebés recién nacidos, y aquellos que tienen más activo el hemisferio derecho del cerebro suelen ser más miedosos que quienes presentan más actividad en el izquierdo –que está más vinculado con la acción y el "yo puedo"–. Esta tendencia casi innata de evitación de los bebés puede mejorarse con una buena crianza basada en la confianza, al igual que en los adultos aplicando ciertas técnicas de "autocrianza". Claro que también están esos otros casos, más raros, de quienes parecieran no temerle a absolutamente nada y que se exponen todo el tiempo a nuevos desafíos. Ojo, la ausencia de miedos puede ser MUY peligrosa porque esta programación del cerebro nos protege. Nos dice: "Ey, guarda, prestá atención acá" o "cuidado, no te mandes con toda...". La clave pasa entonces por usar tus miedos como verdaderas herramientas.

¿Para qué sirven los cuentos?

En nuestra propia infancia, los cuentos que nos contaban nuestros padres y abuelos ya inculcaban –a través de sus villanos estereotipados, feos y malvados– la figura de alguien a quien temerle. Sin querer, esos cuentos quizás hayan sido los primeros relatos del miedo que conocimos: queríamos pasar rápido la página donde la bruja del espejo le da la manzana envenenada a Blancanieves. O nos asustaba la voz que ponía algún adulto cada vez que imitaba el "para comerte mejor..." del horrendo lobo de Caperucita Roja.

El psicólogo infantil y escritor Bruno Bettleheim tomó los cuentos infantiles como base para sus estudios y volcó sus conclusiones en su libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas –de Ed. Crítica y disponible en la Argentina–. Ahí, sostiene que los padres modernos que quieren educar a sus hijos entre algodones –y alejados de los peligros– no los están preparando para la vida real, que es cruda y que los va a enfrentar seguramente a situaciones de frustración y dolor. Para él, la función de los cuentos de hadas es, justamente –con sus villanos y todo–, prepararnos para enfrentar el lado menos feliz de la existencia.

¿Cuáles son tus grandes miedos? ¿Lográs liberarte de ellos en los momentos que necesitás?

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