Libros, polaroids y discos: la revancha de lo analógico

El positivismo digital comenzó a decaer y empiezan a ganar valor real (no nostálgico) los elementos físicos
Laura Marajofsky
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14 de enero de 2017  

La revancha del mundo analógico
La revancha del mundo analógico

Vinilos, fotos analógicas, juegos de mesa, agendas de papel. Para toda una generación que creció rodeada de estos objetos, durante mucho tiempo la disyuntiva de formatos no era más que mera jerga técnica, algo más o menos disociado de la experiencia y las expectativas cotidianas, a lo sumo, un futuro lejano.

Cuando el avance tecnológico y la democratización de las herramientas se encargaron de hacer de esto una pregunta obligada –que las nuevas generaciones empezaban a contestarse desde más temprano–, ya era demasiado tarde para decir que no.

Sin embargo, pasada la tecno-utopía de la preeminencia digital que le siguió, y ante la llamada retromanía, el soporte físico parece estar volviéndose cada vez más relevante, despertando interrogantes de funcionalidad y sentido. No son sólo de vinilos, libros o polaroids, la “experiencia analógica” se postula como irreemplazable, y hasta en algunos casos, superadora.

“Las experiencias analógicas no se irán a ningún lado, más bien están experimentando un gran revival que no es tan sólo un caso de nostalgia o credo hipster, sino algo más complejo. Las mismas pueden proveer placeres reales, e incluso a veces, funcionar mejor que las soluciones digitales”, afirma con plena confianza el periodista David Sax, autor del libro The Revenge of Analog: real things and why they matter.

Por lo pronto, la evidencia parece estar de su lado en lo que refiere al menos a este incipiente regreso. En la última década las ventas de los discos de vinilos han crecido dejando confundido a más de uno, las pequeñas tiendas de libros y editoriales boutique siguen apareciendo (en la Argentina se organizan ferias cada vez más multitudinarias y todos los días parece nacer una de estas editoriales), las libretas Moleskine u otros objetos fetiche como los lápices de colores se han vuelto a poner de moda, los libros para colorear y las labores artesanales y hobbies de antaño cautivan tanto a los jóvenes como a los adultos. Por otro lado, muchos artistas incluyen en sus métodos de creación e inspiración técnicas y estrategias análogas.

Del vinilo a la foto

El caso testigo de esta avanzada –¿o deberíamos decir reentrada?– de lo análogo es el vinilo. Sax da cuenta de esto haciendo referencia a ejemplos como el de United Record Pressing, una de las plantas más grandes de discos de vinilo en los EE.UU. (donde abren a causa de la demanda del público y los artistas), que está produciendo cerca de 40.000 discos por día. Una cifra más que interesante. Mientas tanto, en Europa, el año pasado las ventas de LP generaron más ganancias que YouTube en el Reino Unido con 20,1 millones de libras. Pero atención, si creían que el éxito de ventas se debía a que los boomers se volcaron con sus jubilaciones enteras a comprar discos, piensen de nuevo. Los millennials están consumiendo tanta música de esta manera como ellos, y artistas modernos como Jack White, Beck y Lana del Rey están grabando su música en vinilos.

En este sentido ya no se trata sólo de escuchar con tocadiscos, sino que se plantea que la música grabada de este modo (con equipamiento vintage y en estudios con tecnología análoga) tiene un sonido más orgánico, menos comprimido, que hoy es reivindicado. Ese ruido natural (las imperfecciones intrínsecas que tienen los sonidos) es en palabras de los distintos dueños de disquerías especializadas, bandas, críticos musicales y hasta el propio público, lo que devuelve y hace valiosa la experiencia analógica. Ruido es también el nombre del documental de Lucila Melfi y Nicolás Visentín estrenado en el festival de Mar del Plata esta temporada, luego de varios años de seguirle el rastro a la movida de producción y consumo del vinilo en Buenos Aires. Eso sí, está claro que es una sensación plenamente subjetiva, ya que la calidad sonora de este formato puede variar.

“El plus que te dan los formatos físicos es que son objetos que uno puede cargar con un componente afectivo que en lo digital se escapa. Eso nos parece que es a lo que uno recurre cuando compra un libro y no cuando descarga un e-book o lo que sea. O cuando regala un objeto, ese objeto queda cargado de un componente afectivo, lo digital pareciera ser un formato más impersonal, menos aprehensible. Fijate qué loco que en Facebook, cuando vos intercambiás muchos likes con un amigo y se intenta reflejar ese vínculo que hay entre dos personas, lo primero que ves en ese videíto armado es un vinilo”, puntualiza Visentín.

Es probable que lo que el “ruido” es a la música, sea el “grano” a la fotografía, que en su vertiente analógica está teniendo también un mini revival entre los jóvenes con grupos de FB dedicados a eso, ferias, eventos y otras maneras de culto y coleccionismo, aunque siga siendo un fenómeno de nicho. Las ventas de polaroids y la vuelta de las reflex de los abuelos son una parte del auge. A esto hay que adicionarle, de la mano del furor del do it yourself, cada vez más talleres, sitios y muestras dedicadas a técnicas manuales de producción de imagen y revelado (colodión, bromato de plata, cianotipos, fotografía estenopeica). Y cabe mencionar la replicación de efectos analógicos en el terreno digital con apps, filtros de efecto anticuado y otros recursos, para dar cuenta de la fascinación actual con la estética propia de otras épocas.

Falsas dicotomías

Salvada la cuestión de la familiaridad o los recuerdos que evocan ciertos consumos o soportes físicos en el interlocutor, es decir, la simple nostalgia, cabe preguntarse qué significa la experiencia analógica para la nuevas generaciones que no pueden sentirse melancólicas por algo que nunca tuvieron o que no vivieron.

Dos argumentos muy debatidos tienen que ver con la necesidad de interacción humana (el tan mentado face to face) que se da a raíz de muchos de estos consumos, en torno a los cuales se construye pertenencia, trazan alianzas y moldean identidades. Clubes de lectura entusiastas, coleccionistas buscando tesoros musicales enterrados en el polvo, chicos que salen a hacer fotografía o se reúnen a jugar con juegos de mesa. Cuanto más tiempo pasamos en el medio digital (hoy en día “no entramos” sino que “habitamos”, como plantea Daniel Molina) más anhelamos al menos como alternancia lo real. Hemos vivido con las PC por 30 años, la Web por 20 y los smartphones por 10, eso no significa que tengamos totalmente asimilado –o estudiado– su impacto en nuestras vidas. La infatuación con el “hacer” o el proceso artesanal de las cosas es otro gran aliciente, en plena sintonía con corrientes ideológicas y movimientos actuales: grupos anti-consumo, economías colaborativas, movimientos verdes y la mentalidad del back-to-basics, por citar sólo algunas. No hay que subestimar el atractivo de ver girar un disco o tocar el papel para pasar de página, por más básico que suene.

Ahora, ¿cómo ha cambiado nuestra relación con los objetos, accesibilidad y “commoditización” mediante? Ya que la pulsión por conectar con otros siempre estuvo presente, no son características exclusivas de esta época. ¿Existen prerrogativas modernas que nos condicionan? Sax abre su libro lamentando lo poco que escuchaba música y cómo el vinilo le devolvió un gusto que no sabía perdido. El autor responsabiliza por esta falta de motivación al hecho de que la abundancia de opciones para escuchar que ofrece el formato digital terminaba por marearlo e insensibilizarlo, en contraposición con la bienvenida serendipia de la búsqueda y el hallazgo en un paradigma analógico más limitado.

“La elección no es entre digital o análogo, la realidad no es blanco o negro –dice–. No es ni siquiera gris. Es multicolor, de infinitas texturas y emocionalmente facetada”.

Quizás no se trate de que lo digital sea más valioso per se o genere más intriga o sorpresa, sino que no estamos del todo preparados para lidiar con la abundancia y la complejidad que provee el medio digital. O tal vez analizar cada soporte en relación a su contexto y propósito sea más rico que trazar máximas. Así lo explica el especialista en tecnocultura Nicholas Carr: “Asumimos que cualquiera que rechaza una nueva herramienta en favor de una vieja es culpable de nostalgia, de tomar decisiones sentimentalmente en vez de racionalmente. Pero la falacia sentimental es la asunción de que todo lo nuevo es siempre más adecuado para nuestros propósitos. Lo que hace una herramienta superior a otra no tiene nada que ver con cuán nueva es. Lo que importa es cómo agranda o disminuye nuestra capacidad para dar forma a nuestras experiencias de la naturaleza y la cultura”.

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