Libros XXL: ahí donde se haya decretado la muerte el papel, son un foco de resistencia

Nicolás Artusi
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24 de enero de 2016  

A un agobiado por el calor, desoigo el consejo que se le da al caminante o al viajero: ir liviano. En la mochila cargo con el libro que elegí para pasar estos días del verano: un novelón de Stephen King, ochocientas sesenta y cuatro páginas de tipografía apretada, un manchón de letritas con serif, todas pegadas unas junto a otras, sin blancos ni descansos. El mamotreto no llega a combar mi espalda (tengo las lumbares entrenadas por mi afición de corredor vocacional), pero confirma un fenómeno de época: los libros son cada vez más largos. Una investigación realizada en Inglaterra descubrió que son un 25 por ciento más extensos que hace quince años: si en 1999 el promedio de páginas era 320, en 2014 llegó a 400. La agencia londinense de marketing Verve Search analizó 2500 títulos incluidos en las listas de best sellers del diario The New York Times y en las búsquedas de Google y así llegó a la conclusión: aunque los pronósticos agoreros se hayan apurado en anunciar el fin de la lectura, hoy se lee más que nunca.

Y eso que, por la economía sintáctica del inglés, los libros en ese idioma son más cortos que sus traducciones al español. La primera columna que escribí acá trató sobre la fenomenal novela El jilguero, de Donna Tartt: 775 páginas en inglés y 1143 en español, o el equivalente a 15.000 tuits. Mientras la red social del haiku alienta la lectura fugaz y espasmódica, los libros voluminosos vuelven a las grandes ligas de los consumos culturales. Para la agente literaria Claire Alexander, es una reacción contra el clic compulsivo: "La gente que ama leer prefiere la narrativa extensa e inmersiva, lo opuesto a las frases pegadizas de Twitter", dijo al diario inglés The Guardian. Para Max Porter, editor de la revista Granta, la responsable es la televisión: "Está demostrado que el público tiene el apetito, la paciencia y el aguante para engancharse con una trama y unos personajes que se desarrollan a través de una larga duración". Si es cierto que las series son películas de trece horas divididas en capítulos, o la encarnación catódica de la Gran Novela Americana, quien tenga la constancia para esperar tanto por el destino final de su héroe también resistirá una novela de mil páginas.

Ahí donde se haya decretado la muerte del papel, los libros XXL son un foco de resistencia. El ebook, esa promesa de lectura universal intangible, no reemplazó al texto como el MP3 hizo con el disco: según la empresa canadiense Kobo, una de las principales fabricantes de aparatos electrónicos de lectura, sólo el 60 por ciento de los ebooks que se descargan alguna vez se abren. Y la mayoría se abandonan cuando recién se alcanza entre el 20 y el 40 por ciento de la lectura: son bits que quedan olvidados en un aquelarre límbico y que no increpan al lector indolente como la ominosa presencia de una novela a medio acabar sobre la mesita de luz. Para mí, es incomparable el placer táctil de pasar los dedos por el lomo y el canto de un libro grueso, haciendo vientito con las páginas y calculando con el pulgar cuánto llevo leído y cuánto falta para terminar. El ebook oculta el avance en la lectura: aunque muestre la progresión en porcentajes o puntitos, no tiene el peso sensorial del mojón al que llegué y desde donde debo continuar.

Cuando empecé a leer, el señalador fue un descubrimiento extraordinario: creía que los libros se leían de un tirón y cada vez que abandonaba, vencido por el cansancio o el sueño, al día siguiente volvía a empezar desde el principio. En mis delirios infantiles de Sísifo, me preparaba para una novela larga como aquel que se entrena para un maratón, con los kilómetros transmutados en capítulos y el último aliento con la satisfacción de la misión cumplida: llegar al fin.

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