Lo que dejó el Brexit

Lo que ahora muchos señalan como un gran error de Gran Bretaña revela la voluntad de aquellos ciudadanos tomados por el peor prejuicio: ver al extranjero como amenaza.
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3 de agosto de 2016  • 19:46

Por Fernando Sdrigotti / Ilustración de Tony Ganem

En uno de los momentos clave de La vida de Brian de los Monty Python, John Cleese –en el papel de Reg– despotrica contra los romanos en una reunión del Frente Popular de Judea. “Nos han desangrado… Y no solo a nosotros, sino a nuestros padres y a los padres de nuestros padres… Y a cambio, ¿los romanos qué nos han dado?”. “El acueducto,” responde uno de sus camaradas, inaugurando una serie de intervenciones en las que queda en evidencia el progreso que los romanos han traído a cuestas junto con la infame pax romana. Reg concluye: “Bueno, pero aparte de obras de saneamiento, medicina, educación, vino, orden público, irrigación, carreteras, el sistema de agua potable y la salud pública, ¿qué hicieron los romanos por nosotros?”.

Es un momento clave porque revela la complejidad detrás de cualquier proceso de emancipación. Y en 2016 –37 años después del estreno de la película– puede también ser leído como una crítica premonitoria de la política británica del nuevo milenio. Quizás hasta como una crítica del pueblo británico, de la mayoría, que con el 52 % de los votos decidió dejar la Unión Europea atrás en el referendo del pasado 23 de junio.

“¿Qué hicieron los romanos por nosotros?” se transforma entonces en “¿qué hizo Europa por nosotros?”

Brexit: un divorcio muy poco británico, inesperado y estrepitoso –nada de flema, nada de please, thank you, ni sorry–. Un divorcio que ha sumido al país en una debacle económica e institucional sin precedentes. El 24 por la mañana ya se preveía cómo vendrían las cosas. Antes del mediodía, David Cameron –primer ministro desde 2010– había presentado su renuncia (será reemplazado por el próximo jefe de su partido, que será elegido en octubre), la libra esterlina había caído en picada al igual que los mercados y Escocia había reanudado su cruzada independentista, amenazando con un nuevo referendo. Más tarde Irlanda del Norte flirteaba con la (re)unificación con la república del sur, laboristas y conservadores entraban en una crisis de liderazgo e identidad, y los autores intelectuales de Brexit comenzaban a revertir sus promesas de campaña una a una –“lo de los 350 millones de libras por semana para la salud pública en lugar de la UE fue un malentendido”– fue quizás la reculada más descarada.

Semanas después, el efecto Brexit está lejos de detenerse. Poncio Pilato, el Brexiteer Boris Johnson –ex alcalde de Londres, bufón predilecto de la política británica y quien era el favorito para ser el próximo Primer Ministro–, anunció que no se va a presentar en la interna del Partido Conservador. Y lo que los medios amarillistas y sus lectores pro-Brexit habían tildado de “Proyecto Miedo” durante la campaña se revela ahora como “Proyecto Sentido Común”. En otras palabras, las advertencias de los especialistas –bastardeadas por los ideólogos de la salida– tenían fundamento.

El único que parecía estar disfrutando de esta independencia pírrica era Nigel Farage, líder del Partido Independentista del Reino Unido (UKIP, según su sigla en inglés), agitador profesional de la derecha. Quizás el suicidio colectivo de la economía británica fuera para él una venganza contra el pueblo que rechazó elegirlo como miembro del Parlamento siete veces. El 4 de julio pasado, Farage presentó la renuncia a la jefatura de su partido. Las papas queman y nadie quiere sacarlas del fuego.

Error de carga

¿Cómo comprender lo que de manera clara y evidente se presenta como un terrible error? No es posible hacerlo sin tener en cuenta el giro hacia la derecha de la política en el Reino Unido. Es una tendencia nacida de años de recorte y de propaganda reaccionaria que intenta dar una explicación externa a los problemas económicos del país. Desde hace más o menos una década, la justificación preferida es la inmigración. Solo basta con ver las tapas de los tabloides semana a semana para comprender cómo se ha construido la figura de la amenaza del otro, generalmente un europeo del este que viene a robar trabajos o subsidios (contradictoriamente), y que pone en jaque una identidad británica que ha existido siempre en un estado de crisis, como cualquier identidad nacional.

Combatir la amenaza de la inmigración ha sido una de las principales banderas enarboladas por UKIP. El referendo –una concesión de David Cameron durante la campaña electoral de 2015– debe ser comprendido dentro de la necesidad de los partidos tradicionales de recuperar votantes atraídos por la derecha populista. El costo de esta recuperación es altísimo. No solo desde el punto de vista económico, sino desde el punto de vista social: Brexit ha traído consigo el resurgimiento de discursos que se creían sepultados desde hace años. De acuerdo con el Huffington Post, durante la semana siguiente al 23 de junio se registraron 300 incidentes xenófobos y racistas en comparación con los 63 reportados en promedio cada semana antes del voto.

A esto debemos sumarle la trágica muerte de Jo Cox, miembro del Parlamento por el distrito de Batley and Spen, silenciada por su posición proinmigración una semana antes del referendo. Su asesino –un terrorista de derecha o un desequilibrado, según la preferencia ideológica de cada uno– la emboscó a la salida de una biblioteca al grito de “¡poné a Gran Bretaña primero!”. Que Britain First es el nombre de uno de los movimientos de ultraderecha más siniestros del Reino Unido y que el asesinato ocurrió el mismo día en que Nigel Farage presentó un poster antiinmigración –que poco tiene que envidiarle a cualquiera de los de Goebbels– puede ser una coincidencia. O no.

¿Y ahora?

Apenas pocas semanas después es difícil precisar qué va a pasar con la tierra de los Monty Python. ¿Se llevará a cabo la salida de la UE? De llevarse a cabo, ¿qué forma tomará? ¿Qué pasará con el mercado común? ¿Qué pasará con los inmigrantes comunitarios en el país? ¿Qué pasará con los millones de británicos que viven en el continente?

La única certeza por estos días es que el reino se preguntó “¿qué hizo Europa por nosotros?”. Y que la respuesta fue un portazo. En qué termina el berrinche, el tiempo dirá.

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