Lo que necesita un musical para convertirse en un clásico es una dosis de magia

Nicolás Artusi
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17 de abril de 2016  

La tiza blanca vuela sobre el pizarrón verde y, aun sin mano que la sostenga, escribe sola las palabras que piensa la alumna prodigio: es la escena culminante de la comedia musical Matilda, y aunque alguna vez vi volar un helicóptero sobre el escenario (en Miss Saigon), caer una lámpara gigante sobre el público (en El fantasma de la ópera) y construir de la nada una barricada popular (en Los miserables), esta vez tampoco puedo evitar preguntarme lo mismo de siempre: ¿cómo lo hacen? Salgo del teatro Shubert de Broadway con los ojos inflamados y el espíritu hinchado: aunque mi frío cinismo se ría de la comedia musical como la expresión más kitsch de la cultura popular, debo reconocer que aflojé una lagrimita cuando la pequeña Matilda se rebela ante la directora despótica. ¡Bravo! ¡Bravo! En épocas de consumo espasmódico y fugaz, multitudes se agolpan en los teatros para sacar sus tickets: cien dólares promedio por un dramita cantado que dura no menos de tres horas (con intervalo). El flamante libro The Secret Life of the American Musical, recién publicado en Estados Unidos, promete develar el gran truco: lo más importante que necesita un musical para convertirse en un clásico es una dosis de magia.

¿Cada obra tiene su propia química? ¿Existe una receta para el éxito? Éstas son las dos preguntas que se hizo Jack Viertel, legendario mandamás de cinco teatros en Broadway y autor de este ensayo definitivo sobre uno de los géneros más exitosos y menos comprendidos: los estudios culturales se deben un análisis profundo sobre la comedia musical como expresión de su época y objeto de adoración para una pequeña pero irreductible legión de fanáticos capaces de recitar elencos, temporadas y repertorios completos. Con la precisión de un entomólogo de los escenarios, Viertel reconstruye el canon de obras clásicas, como A Chorus Line o El violinista en el tejado, y actuales, como Hairspray o The Book of Mormon, para definir una taxonomía de la taquilla, siempre anhelante de las palabras mágicas: "Localidades agotadas".

Si el arma de Chéjov es uno de los principios básicos del teatro serio ("si en el primer acto hay un rifle colgado en la pared, en el segundo o el tercero éste debe ser descolgado o disparado; si no, no debería haber sido puesto ahí"), en la comedia musical también existen convenciones obligatorias: el primer acto debe tener una canción en la que el héroe exponga sus objetivos, un villano reconocible, una pareja secundaria que aligere la trama, un obstáculo a superar y un final con una crisis que exija una resolución inmediata después del intervalo. Pero cualquiera que haya salido del teatro tarareando la melodía de Memory después de haber visto Cats o de Don’t Cry For Me Argentina después de Evita sabe que lo más importante son las canciones: la obra se organiza alrededor de temas soporte que funcionan como los postes de una carpa y un leit motiv que retumbará en la cabeza del espectador cuando el telón haya caído.

Camino por Broadway silbando bajito la melodía de Revolting Children, el tema en el que finalmente Matilda y otros niños revoltosos se levantan ante la tiranía escolar: la canción es más pegadiza que un chicle. Y si no lloré con The Wall, y mucho menos con Señorita maestra, ¿por qué me emociona esta épica de una nena incomprendida por padres y docentes? "Los grandes musicales no hablan de la vida común", responde Viertel desde el libro: "Siempre son sobre el romance que no puede ser controlado, el mundo especial en el que amamos vivir por un rato, el tiempo y el lugar lejanos que anhelamos y la fuerza natural que raramente encontramos en la vida real". Para el final, sonrisas y lágrimas.

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