¿Lo que quiero es siempre lo que debo?

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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24 de noviembre de 2019  

La historia que sigue es real. Fernando corre maratones hace muchos años y se entrena semanalmente en un grupo. Es peluquero y un sagaz observador de la realidad. Me cuenta que, en uno de sus entrenamientos, él y los compañeros que corrían a su lado cruzaron a un maratonista ciego, que avanzaba unido a su lazarillo por una cinta en la muñeca. Fernando gritó a la liebre (una chica, la más veloz del grupo, que guía y regula la marcha del tropel) para que se apartara y dejara lugar al corredor ciego. Cuando rato después todo el equipo terminó la práctica y se juntó a tomar algo, la liebre le recriminó a Fernando: "Nunca más me digas algo que me distraiga". Asombrado, él dijo: "Pero era un ciego, lo íbamos a atropellar". La respuesta fue: "No me importa, lo mío es lo mío". Otro miembro del grupo intervino entonces: "Fernando, ella tiene razón, no hay que meterse, te tendrías que haber callado".

Semanas después Fernando me confesó que no podía reponerse de su estupor. Había hecho lo que creía correcto, y el costo de su acción fue la recriminación del grupo. "Sin embargo, me dijo, si volviera a ocurrir, yo actuaría igual, aun sabiendo lo que vendría después. Si no, no estaría en paz". Sin saberlo coincidía con lo que en el siglo I antes de Cristo había dicho Cicerón, gran filósofo y político romano considerado el mejor orador de todos los tiempos: "Mi conciencia tiene para mí más peso que la opinión de todo el mundo".

En el episodio del ciego y el entrenamiento Fernando se había enfrentado a un dilema moral. Hacer lo que hay que hacer en línea con los valores con los que se vive, aunque esa acción nos perjudique, o moleste a otros. Claro que él no lo llama dilema moral (la definición específica es tema para filósofos), sino "estar en paz conmigo". Los dilemas morales están a la orden del día en nuestras vidas en cuanto prestamos atención al acontecer cotidiano. Y una sencilla pregunta puede revelarlos. Ese interrogante es: "¿Qué es lo que quiero y qué es lo que debo?". A veces ambas cosas están alineadas, pero en muchísimas otras ocasiones se oponen. Vivimos entre otros, con otros, y ellos son nuestro límite moral. Todas nuestras acciones tienen consecuencias y en la mayoría de los casos esas consecuencias afectan a los demás. Como señala James Rachels (1941-2003), especialista en ética, en Introducción a la filosofía moral, la moral consiste en actuar de acuerdo con nuestras mejores razones mientras le damos el mismo peso a los intereses y las razones de las personas que se verán afectadas por lo que hagamos. Conviene repasarlo y pensarlo, porque los dilemas morales nos acechan a cada paso, aun en cuestiones aparentemente intrascendentes de nuestras vidas de cada día, sea en la familia, en el trabajo, en la pareja, en todas las relaciones interpersonales (con conocidos y con desconocidos), en nuestras situaciones como clientes, como acreedores, como deudores, como proveedores, como profesionales, como padres, como hermanos y como ciudadanos respecto de deberes y derechos.

Hay quienes resuelven estos dilemas a través del relativismo, poniendo su propia ley moral y decidiendo que lo que es malo para otro (a quien se está perjudicando) no lo es para él mismo. O mediante frases como "pensamos diferente" o "sentimos diferente". O, más breve, disparando un "lo siento" antes de seguir adelante como si nada. Pero, como insiste Rachels, vivimos entre otros y cómo le va a cada uno depende de lo que hacemos y de lo que otros hacen. En todo caso, al final del día te habrás ganado el respeto de otros en la medida en que los hayas respetado. En este sentido todos somos agentes morales, lo sepamos o no. Como seres racionales, dice Rachels, elegimos nuestras acciones, y merecemos ser tratados tal como tratamos a los otros. Sin ser filósofo, Fernando ya hizo su elección. Y la pone en práctica.

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