Londres no es lo que creemos

Los secretos que se pierden los turistas que visitan la capital inglesa, sin mitos ni lugares comunes, descriptos con descarnada sinceridad por una pluma local
A.A Gill
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17 de junio de 2012  

Si guardó este artículo para el viaje a Londres que venía planeando desde hace mucho tiempo y ahora lo está leyendo por tercera vez, mientras su avión da vueltas sobre Heathrow, lo siento. Probablemente siga allí arriba porque la cola en el control de pasaportes está imposible. Es una fila que serpentea hasta las pistas, con viajeros furiosos, de gesto adusto, imposibilitados de usar sus celulares, y a los que se prohíbe cualquier actitud que no sea la abyecta aquiescencia ante ese instrumento romo que es el agente de Inmigraciones en su mostrador distante.

Siempre me siento mal por las colas en Heathrow, mientras avanzo hacia la fila del regreso a casa en vez de la de partida al exterior. Y mientras usted está parado allí durante horas, viendo los dos grupos –el local y el de los visitantes– notará algo. Es algo bueno. Un pequeño consuelo que entibia el alma. Se ven exactamente iguales. No hay diferencia entres ustedes y nosotros, ni en el color, la etnia, la ropa o la actitud. Los que vivimos en Londres y los que la visitan somos exactamente iguales.

Promediando mi vida, esta ciudad se ha convertido en un lugar de elección –en vez de lugar de nacimiento– homogéneo, integrado e internacional. No sin problemas y fricciones, pero asombrosamente políglota y variado. Viajo mucho y éste debe ser el más exitoso crisol de razas del planeta.

Todo equipo nacional que venga a competir encontrará un comité de bienvenida de su país de origen. Londres es la sexta ciudad francesa del mundo. El Wolseley, el café donde voy a comer a menudo y donde escribí un libro sobre el desayuno, tiene empleados de 24 nacionalidades, de todos los continentes menos la Antártida. Y todos son también londinenses. Y eso es bueno. Aunque entiendo que eso quizá no sea necesariamente lo que quiere venir a ver como visitante: una tienda de departamentos de humanidades importadas. Uno quiere gente de gesto adusto con sombreros hongo y cockneys avivados con los pulgares en los bolsillos del chaleco y un balde lleno de pescado en la cabeza.

Lo lamento, pero ya no están aquí. No hay ciudad cuya imagen exportada esté más alejada de la realidad que Londres, así que empecemos por lo que no va a encontrar. Ya no tenemos cockneys avivados, reyes y reinas perladas y fruteros ambulantes. No se va a encontrar con la psicodelia de los 60 y los Beatles en Carnaby Street. No hay punks de menos de 50 en King’s Road, no hay más escritores gays reprimidos en tweeds y con bigote en Bloomsbury, no hay nadie llamado Harry Potter en King’s Cross. No hay hombres de corbata blanca fumando cigarros a las puertas de clubes Pall Mall ni hay niebla, pero puede encontrar la casa de Sherlock Holmes en Baker Street.

Gran parte de la imagen de Londres jamás existió. Nunca hubo una Londres dickenseniana, o shakesperiana, o llena de swing. La Londres literaria hay que buscarla en los libros y en viejas librerías como Sotheran’s, en Sackville Street. Una de las pocas delicias que uno fácilmente puede perderse en Londres son las placas azules de los edificios. Estas conmemoran a los famosos en las casas en las que vivieron. No habrá oído hablar de muchos de ellos, pero algunos son una sorpresa. Jimi Hendrix vivió en la casa de al lado de Handel, aunque no en la misma época.

Londres es una ciudad de fantasmas; uno los siente aquí. No sólo de gente, sino de eras. El fantasma del imperio, o el blitzkrieg alemán, la plaga, el fantasma humeante del Gran Incendio que nos dio las iglesias de Christopher Wren e inauguró la ciudad georgiana. Londres puede ver a los muertos y los mantiene estrechamente abrazados. Si Nueva York es una avivada, París una coqueta, Roma un gigoló y Berlín un tío malvado, entonces Londres es una dama anciana que murmura y tiene percepción extrasensorial. Es ligeramente sorda y no soporta a los idiotas.

Tratar de ser un turista en la propia ciudad es complicado. Es una buena disciplina y más bien desilusionante. Sé tan poco como usted acerca de ser visitante en esta ciudad donde he vivido desde mi primer año de vida, habiendo nacido en Edimburgo. Todos miramos las multitudes de turistas en el mall y pensamos: ¿Qué ven? ¿Qué es lo que sacan de todo esto? Como todo londinense que conozco, nunca vi el cambio de la guardia real. Es una ceremonia que complica el tráfico todos los días de semana por la mañana.

Con un poco más de culpa advierto que aunque Londres es una gran metrópoli, no es muy amable con la gente. No somos amigables. Y no es que seamos maleducados, como los parienses, con su altanería teatral y risible; ni somos gritones impacientes como los neoyorquinos. Los londinenses somos permanentemente petulantes, irritados. Creo que nos despertamos ofendidos. Todos esos modales ingleses de la hora del té, los por favor y gracias exagerados, son en realidad la mordaza para nuestra irritabilidad. Hay, por ejemplo, una docena de inflexiones para la palabra perdón. Sólo una significa lo siento. Por lo que no debe esperar llevarse bien con los nativos o que ellos se encariñen, o lo inviten a su casa, o le inviten un trago. Ocasionalmente, si están entre la espada y la pared, pueden verse obligados a dar rudimentaria ayuda, pero en general lo ignorarán, con gestos de gente apurada. Cuando se pierda, seguirá perdido.

Colectivamente, por ósmosis, hemos decidido que odiamos los Juegos Olímpicos. Están costando demasiado, están causando una enorme cantidad de problemas e inconvenientes, harán subir los precios, será imposible conseguir un taxi, pero por sobre todo, una cosa que esta ciudad no necesita es más turistas boquiabiertos, amuchados, incontinentemente felices.

Recientemente en un ómnibus una mujer de edad media, clase media, peso medio, miró por la ventana al tráfico trabado y gritó furiosa: "¡Por Dios! ¿Será que estas mejoras no tienen fin?" Era la voz auténtica de Londres y pensé que podría ser el lema de la ciudad, en cualquier momento de su historia, bordado en oro en el uniforme de todo pequeño funcionario.

Hace poco entrevisté a nuestro alcalde, Boris Johnson. Le dije que iba a escribir este artículo y le pregunté qué mensaje le gustaría transmitir a la gente que pudiera ser lo suficientemente optimista como para visitarnos. "Eh, oh, bueno, esto es muy importante", dijo con una inflexión ligeramente churchilliana (en realidad es nacido en Nueva York). "Este…, los visitantes deberían alquilar una bici y andar por los parques." A veces se llama a estos vehículos bicis de Boris en su honor, y han sido un inesperado éxito bamboleante, fáciles de conseguir, fáciles de usar y una manera realmente fácil de terminar viendo lo brillante que es el Servicio Nacional de Salud.

Pero los parques son una maravilla, con un ambiente salvaje artificial. Como los ingleses, parecen algo casual, pero son el resultado de mucho trabajo. Vaya a Hyde Park y Kensington Gardens, de donde es oriundo Peter Pan. Debería ver su estatua en las orillas de la Serpentina. Siendo una de las esculturas más encantadoras de cualquier ciudad, fue hecha por sir George Frampton, costeada por J. M. Barrie y erigida en secreto por la noche, de modo que los niños paseando con sus niñeras al topársela creyeran que apareció por arte de magia.

Londres es una de las mejores ciudades en materia de estatuaria pública. Los grandes y los eternamente olvidados lo miran a uno severos desde lo alto de sus caballos y su moral. Quizá quiera presentar sus respetos a George Washington afuera de la National Gallery, cumpliendo de este modo con su penitencia por no interesarse por las artes. Fue un regalo de Virginia y está sobre suelo estadounidense importado, porque él dijo que no volvería a poner un pie en Londres. Y no se pierda a Carlos I en el lado oeste de la plaza. Es la mejor estatua ecuestre de la ciudad. Calle abajo, en la Sala de Banquetes, puede ver donde le cortaron la cabeza, y también la brillante pintura de Rubens de La apoteosis de Jaime I.

El Támesis es el gran secreto de Londres, oculto a plena vista. Hacemos muy poco con él o sobre él, salvo quejarnos de lo difícil que es pasar por arriba y por abajo del río. Es el motivo por el que Londres se encuentra aquí, pero la gente lo desprecia porque tenemos mucha memoria y somos muy engreídos. El Támesis era tan nocivo y pestilente que los miembros del Parlamento abandonaban el Palacio de Westminster cuando el clima se ponía demasiado caluroso en el verano, porque el olor se volvía peligroso.

Londres era la mayor ciudad del mundo y el río era la mayor cloaca de la tierra. Los victorianos finalmente construyeron un sistema cloacal subterráneo que resultó tan eficiente que aún lo usamos. Pero también hicieron el terraplén que eleva la ciudad por sobre el río. No es fácil lograr el acceso, pero si hace una sola cosa mientras esté aquí, tome un bote en el centro de la ciudad y vaya río abajo al museo marítimo en Greenwich o río arriba a Oxford, y baje en Kew Gardens y Syon House.

El río es el mejor lugar desde donde ver la ciudad. Londres pasa frente a usted como geología humana. No es una ciudad particularmente llamativa vista desde arriba; no es como París o Nueva York, aunque puede subir a la colina Primrose y Hampstead Heath y mirar hacia atrás, y tiene un encanto de ensueño a la distancia. Wordsworth dijo que la tierra no tenía ninguna vista mejor que la que se ve desde el puente de Westminster en la mañana. Pasados doscientos años, él no reconocería la vista, pero aún es bastante impresionante.

El gran problema para los que visitan Londres es su tamaño. Es un lugar grande. No es una ciudad para caminar; hay lindos lugares para caminar, pero no se puede ir de cualquier lugar a cualquier parte. Y es fácil perder el sentido de donde uno está en relación con todo lo demás. Lo mejor es hacer lo que hacen los nativos y pensar en Londres como una federación abierta de aldeas, estados y principados y conocerlos de a uno por vez. Las partes más antiguas están al Este. La Torre de Londres y el Muro Romano marcan el inicio de la ciudad. Al Este están los muelles y la clase obrera, y lo que es ahora la parte más de moda y juvenil de Londres. Al enriquecerse, la ciudad se extendió al Oeste: Mayfair, Chelsea, Kensignton, Notting Hill son mayormente victorianos.

Hará todos los paseos turísticos caros. Dudo que haya algo que pueda decirle que lo convenza de que la mejor manera de ver el Tower Bridge es en una postal y que la Torre de Londres es una caja grande y aburrida llena de escolares italianos, o que Harrods es parecido. Pero mientras es bueno evitar a los londinenses vivos, los muertos deben visitarse. La catedral de San Pablo es la iglesia parroquial de Londres, el mayor edificio de Gran Bretaña, diseñado por Christopher Wren. Es liviana, civilizada, racional y humana, todo lo que no son los londinenses. Tiene monumentos a J. M. W. Turner, el duque de Wellington y, por supuesto, John Donne, que predicaba allí.

La Abadía de Westminster es la gran iglesia del Estado. Tiene la Tumba del Soldado Desconocido, el Sillón de la Coronación, que es de la fábrica de muebles Ikea y está cubierto con grafitis de escolares de Westminster, y está el Rincón del Poeta, el marmolado salón de la fama de la britanicidad.

Por supuesto que debe ir a un pub. Como sucede con los bistros de París, las cosas se han puesto difíciles para los pubs de Londres. En su rol como living de la clase trabajadora ya no pueden competir con la TV por cable y la cerveza comprada en el supermercado. Pero sigue habiendo abundantes pubs hermosos y elegíacos, y debe descubrirlos por casualidad como algo muy bello. Puedo recomendar el Mayflower, sobre el río en el East End. Este es más viejo que el barco que llevaba su nombre y que partió de aquí. Y el Windsor Castle, en Kensington, es un lindo pub del oeste. Si hay buen clima, puede disfrutar de su encantador jardín.

Supongo que debo recomendar lugares para comer, ya que Londres tiene tal Babel de paladares y léxicos digestivos. Tiene la cocina más diversa de cualquier ciudad. Pero dado que no se vino hasta acá en busca de comida china o marroquí, también puede conseguir buena cocina inglesa. Tendrá carne y será victoriana, con mucho chancho y las extremidades de vacas y cerdos y achuras. Recomiendo tres. Anchor & Hope, cerca del teatro Old Vic, en el Cut, tiene buena comida en un pub ruidoso y lleno de energía. Bentley’s Oyster Bar & Grill, cerca de Piccadilly, y St. John, un restaurante que se ha convertido en un centro de peregrinaje para chefs visitantes. Y realmente debería comer comida india aquí. El curry es la cena favorita de Inglaterra y nuestro plato nacional.

Mucha gente viene de compras, pero es caro, y Bond Street y Sloane Street tienen más o menos lo mismo que usted puede encontrar en su propia ciudad. No habrá escapado a su atención que el avaricioso Primer Mundo se ha convertido en un centro comercial de aeropuerto clonado y dominado por las marcas internacionales.

Una cosa que es particularmente británica es la ropa de hombre. Aquí se inventó el traje y aquí se sigue haciendo mejor que en ninguna otra parte. Savile Row es una experiencia muy londinense, satisfactoria y chocantemente cara, pero también peligrosamente adictiva. Yo recomendaría Brian Russell, en Sackville Street, que ahora es manejada por Fadia Aoun, una de las pocas mujeres sastre.

Usted tiene que ver Londres de noche, en particular los teatros. Pero no sólo la vida nocturna. Londres misma se ve mejor en la oscuridad. Es una ciudad bastante segura y puede andar por la mayoría de las zonas después del anochecer. Tiene una belleza sedada y fantasmal. En el amable crepúsculo puede ver no sólo cómo es sino cómo fue, las capas de vidas que se han vivido aquí. Alguien que no tenía nada mejor que hacer calculó que por cada uno que vive aquí hay 15 fantasmas. En la mayoría de los lugares no se los nota, pero en Londres sí. Los muertos y los fantasmas de la ficción de Sherlock Holmes y Falstaff, Oliver Twist, Wendy y los Niños Perdidos, todos los fantasmas amables, que lo acompañan por la noche. El río corre como seda oscura por el corazón de la ciudad, y los puentes danzan con sus luces. Hay rincones silenciosos en medio del ajetreo del West End y Soho, y en las sombras oscuras zorros y lechuzas patrullan Hyde Park, que sigue iluminado por faroles de gas.

Ahora han llegado los Juegos Olímpicos y nos arrastran a la brillante luz, y se está dando mucha atención a Londres y no estamos acostumbrados. No nos gusta exhibirnos. No somos un momento feliz para todos, no somos una conquista fácil. Londres no es un animal fiestero por naturaleza, no se suma al grupo ni tiene una canción de karaoke favorita. Pero sí tiene un sentido del humor malvado, seco y a menudo cruel. Es inteligente, ilustrada y dramática. Es privada y taciturna, un poco aburrida y sorprendentemente sentimental. Y no se hace amiga rápidamente, es torpe con los visitantes. Estaremos contentos cuando se acabe todo el lío y se vayan los entrometidos.

Así que no deje de venir, pero no espere encontrar amabilidad a menos que decida quedarse, en cuyo caso será muy bienvenido. Siempre hay lugar para uno más arriba, que es lo que solían decir en los ómnibus cuando los ómnibus tenían choferes, cosa que ya no tienen. Y esa es otra maldita mejora.

Traducción de Gabriel Zadunaisky

Por: A.A Gill
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