Los herederos del eje Manchester-Liverpool

Con la edición en el país de su segundo álbum, The Last Broadcast, muchos podrán conocer a Doves, una banda de treintañeros con la canción como única arma
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29 de noviembre de 2002  

BOLONIA, Italia (El País).- Jimi Goodwin, guitarra y voz de Doves, y los hermanos gemelos Jez y Andy Williams, bajo y batería, respectivamente, lucen felices. Estos obreros de la música se han ganado el respeto de una exigente nación como británica. Sin fuegos artificiales y con lo único que tienen: sus canciones. Y The Last Broadcast es un pedazo de disco. “Es más experimental que Lost Souls (su disco anterior, no editado en la Argentina)”, dice Jez. “Más expansivo, con mayores subidas y bajadas. Es más variado y más optimista.”

Lo último, seguro. Basta con repasar sus precedentes. El caldo de cultivo del tortuoso Lost Souls se resume en una resaca monumental de drogas, un incendio que destruyó su estudio con todas sus pertenencias y la muerte de su amigo íntimo Rob Gretton, representante de New Order.

Su soberbio debut, generador de calificativos grandilocuentes del tipo de “el primer gran álbum del milenio”, no sólo les subió la autoestima, sino que cambió de rojo a blanco nuclear el color de sus cuentas. “También nos demostró que podíamos cantar’, cuenta Jez.

Las voces de Jimi, Andy y Jez (todos alternan tarea en vivo y en estudio) interpretan en esta reválida letras de todo tipo. “Friday’s dust tiene que ver con la cocaína y con hacerse viejo. Eso en la primera parte. En la segunda, habla de la publicidad y de toda la m... que nos intentan vender. De los sueños imposibles que provocan. Nadie puede decirte quién eres. Todo es una cuestión de autoconfianza. Lo importante es la felicidad y la salud mental”, dice Jimi a punto de levantarse de la silla con el puño en alto.

Este desestructurado panfleto es más propio de un estudiante de letras que de unos treintañeros, pero el resto del álbum hace olvidar este pequeño resbalón. Diez canciones más que sintetizan como pocas el legado musical surgido del eje Manchester-Liverpool. Fuentes de inspiración que se saben al dedillo y a las que han sido capaces de dotar de identidad propia. Esa es la gracia. Desde Satellites, que suena a los Blur más raros, a su primer simple, There Goes the Fear, siete minutos que podrían haber firmado los Stone Roses. O Words, con sus resplandecientes guitarras miméticas de los mejores Lightning Seeds. Sin olvidar M62 song, adaptación acústica de un tema de King Crimson. “Fue un accidente. En realidad viene de una escena de Buffalo 66. Christina Ricci baila claqué y Vincent Gallo canta una melodía. Se nos quedó en la cabeza, la retocamos y cambiamos los acordes. De su origen nos enteramos luego.”

Al recordarle que en los Estados Unidos los llaman los nuevos Radiohead, la comparación les molesta. Al fin y al cabo, Doves es una banda de rock, digamos, experimental, aunque sin componente electrónico. Y no por desconocimiento, sino por cansancio.

De hecho, los vínculos que volvieron a unir a estos tres amigos del instituto fueron el acid house y las hedonistas noches del mítico club Hacienda de Manchester. Eran los primeros noventa. La época en que su primer grupo, Sub Sub, logró colocar su Ain’t no love (ain’t no use) en la cima de las listas de éxitos británicas. Un triunfo tan grande como fugaz, que mezclado con todos los excesos imaginables, se convirtió en el preludio de su fase más desdichada. “Sí, cometimos algunos errores, pero recordamos esos días con orgullo.”

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