Los jóvenes y las épicas fallidas

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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25 de enero de 2020  

Peleas juveniles y tragedia, boliches furiosos y jovencitos en riña, batallando por pavadas que, sin embargo, generan sangre, dolor y muerte a su paso. Eso ocurrió estos días en la costa, pero es habitual en los paisajes nocturnos de los boliches (y otros lugares) durante todo el año.

Las batallas en boliches y tribunas futboleras (a modo de ejemplos) ofrecen una escenificación bastardeada de lo que otrora fue la épica de las grandes gestas guerreras o libertarias. Esa idea de lo heroico, con muy diferentes niveles de calidad, alimentó de sentido a los jóvenes de todas las épocas, habilitándolos a sentir con intensidad una vida que, de otra manera, sería percibida como vacua.

Hay muchas formas de encontrar esa épica que hace sentir un "para qué" dentro de la vida que se tiene. Las hay mejores, y los hay peores, mucho peores.

Ejemplo de esto último es el "descontrolar" de cierta nocturnidad, que homologa intensidad y pasión con la pérdida de la conciencia mediante el abuso de sustancias y la ruptura de límites y cabezas ajenas en clave de patota.

En ese contexto surge la trágica escena de la pelea en la costa, en la que se lamenta el asesinato de un joven: Fernando Báez Sosa. Varios chicos de similar edad que el fallecido fueron encarcelados por el crimen, y sus vidas cambiarán para siempre. Así las cosas, lo que se siente es una tristeza enorme, abismal, ante lo irreparable.

Emerge esa pena profunda una vez que se entiende el trasfondo de tamaño desastre. Esas piñas y patadas, desparramadas sin sentido por chicos que disfrazan su impotencia con bravuconadas, indican el grado de confusión y sumisión a la impulsividad en la que están presos.

Aturdidos en lugares cerrados, embudos construidos para "descontrolar", con una épica etílica o drogona, el problema de muchos de los chicos (no todos, por fortuna) pasa a ser lo que de bueno les falta, no tanto lo que de malo abunda en su camino.

Valores como la amistad genuina, la fraternidad, el entusiasmo por los propios proyectos, algún tipo de espiritualidad, alguna vocación que entusiasme y genere trascendencia. son todos ellos elementos que conducen hacia un mejor lugar a esa impulsividad sin destino que se vio, como ejemplo, en la violencia de Gesell.

Ese tipo de valores mostró y ejerció una jovencita de 17 años: Virginia Pérez Antonelli y también otro chico, cuyo nombre se perdió en el anonimato. Fueron los dos que auxiliaron practicándole RCP a Fernando Báez Sosa, el chico fallecido.

Esa fue su épica, ejercida sin ostentación, y en función de ella ayudaron al caído, siendo otra cara de la juventud que habitó las calles de Villa Gesell aquella noche fatal.

Quienes quieran una genuina salida de la situación que derivó en el crimen que hoy conmueve deberán hacer algo más que reaccionar con violencia verbal o con indignados pedidos de linchamiento. Menos aun sirve parcializar en un rubro (los rugbiers, los barras, los patovas, etcétera) a los culpables de todo mal.

Será bueno propiciar espacios de conversación e intercambio en clubes, colegios, espacios comunitarios, etcétera, para que los chicos sean más como Virginia, y menos como los que patean en la cabeza a sus semejantes caídos.

La muerte marca un límite terrible, pero límite al fin. Y la ley también marca su territorio de manera implacable. Se pagan precios por lo que se hace de malo, no hay dudas de ello. Ante esa realidad, vale propiciar espacios para hablar con los chicos. y escucharlos, escucharlos mucho.

Esa escucha es más poderosa cuando es genuina y se hace en relación con los estados emocionales que los chicos puedan compartir, para que lo que es piña se transforme en una emoción que se expresa y logra nombre.

Es que cuando los chicos (y grandes) pueden decir lo que les pasa por dentro, las bravuconadas y las impulsividades se diluyen, dejando paso a lo mejor de cada uno. Es hora de proponerse incluir las emociones en la mesa de lo "real", porque si se las ignora se llega a esa locura que, como la de Villa Gesell, destruye los mejores sueños.

*El autor es psicólogo y psicoterapeuta @MiguelEspeche

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