Los malditos cuarenta

La naturaleza no coordina: estudios señalan que las mujeres experimentan un renacer sexual a los 40, justo cuando los hombres decaemos.
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25 de junio de 2010  • 14:26

Por Nicolás Artusi.

"Había perdido su magia": si hay cuatro palabras para resumir el renunciamiento histórico del hombre en su edad mediana, esas cuatro palabras son las primeras de La humillación, la última novela del genio crepuscular Philip Roth. La fábula del actor Simon Axler ("ha perdido su magia, su talento y la seguridad en sí mismo") abrevia el largo viaje de un día hacia la noche del hombre que, aun en su plenitud física, elige el retiro voluntario. El impulso estaba agotado.

El bloque de bolunotas en el noticiero vespertino cita el datito médico para hablar de "anisonogamia", ni más ni menos que la atracción sexual por una pareja mucho más joven o mucho más vieja que uno. Pero desterrado por cliché el mito de Lolita y con los gimnasios repletos de MILFs ("Mothers I’d Like to Fuck", tendencia de la que esta columna ya dio nota en ediciones pasadas), ahora la biología aporta una explicación naturalista para la más vieja ley del deseo: varios estudios científicos demuestran que la mujer experimenta un renacer sexual después de los 40, justo la misma edad en la que en el hombre empieza a decaer. Se indica que el punto máximo de atletismo amatorio masculino se alcanza entre los 18 y los 30 y de ahí que, por pura "sincronización de la fogosidad", la madura busque al jovencito y el cuarentón se recluya en cuarteles en invierno.

Al hombre retirado se lo podrá ver entregado a la ingesta entusiasta, dedicado a la filatelia, obsesionado por el resultado deportivo o fijado en el último gagdet tecnológico. Es un señor bien puesto que desmiente la estampa clásica del jubilado: tónico y vigoroso, simplemente decide no someterse más a las demandas de una vagina dentada. Si una tradición tan literaria como religiosa exige guardar la castidad de las niñas, el hombre retirado opta por una nueva forma de virginidad: el aislamiento como elección. ¡Abajo los compromisos, arriba la castidad!

Señores, celebren la madurez con dignidad. Mientras una horda de cuarentonas calentonas se aprietan dentro de una calza en su desigual lucha contra el tiempo, que el hombre de bien se dedique al placer en solitario, sin que esto presuma una entrega al onanismo (acaso más patético que un viejo verde sea un viejo pajero). Si es cierto que el sexo alivia la tensión mientras que el amor la provoca, el hombre retirado reconoce como atributo superior la integridad de sus arterias.

¿Había perdido su magia? El hobby obsesivo o la afición deportiva ocupan los primeros puestos de interés en el macho que ya no se somete a las exigencias de la carne. La postal bucólica lo ubicará sentado con un libro en la mesa de un bar o pendiente de sus redes sociales con una pantalla táctil en la palma de la mano, ajeno a las demandas de la ley del deseo y complacido de que los años lo han vuelto, más que un mago, un sabio.

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