Los misterios del amor

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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27 de diciembre de 2009  

Señor Sinay: Siempre me inquietó saber por qué se eligen las personas para formar pareja, independientemente de cualquier razón de orden económico o de status social. En mis 43 años de médico me sorprendieron casos como el de una jueza que convive con un chacarero, o una contadora con un isleño, sin ser peyorativo con cada actividad. ¿Hay alguna razón que tenga que ver con la estructura del inconsciente pulsión, Edipo en la elección de un símil del padre o de la madre)? ¿Qué consideraciones le merece mi inquietud?

De Lorenzo Fernández Vina. Presidente de la Asociación de Alergia de Rosario.

Si la interrogación de nuestro amigo Lorenzo tuviera una respuesta asertiva y definitiva, habríamos solucionado un gran misterio de la existencia y de los vínculos humanos. ¿Pero sería igual la vida sin sus misterios? Así como los problemas pueden ser resueltos, los misterios no. Con ellos convivimos. Y los exploramos. En el tema que nos ocupa, eso es lo que hizo, hacia 1809, el gran escritor, ensayista, novelista, dramaturgo y científico alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832). En ese año publicó su novela Las afinidades electivas (vigente y accesible hoy), que en 1996 los hermanos Paolo y Vittorio Taviani, inspirados directores italianos, llevaron al cine con Isabelle Hupert y Jean-Hughes Anglade. A través de la historia de cuatro personajes (un matrimonio más una mujer y un hombre que los visitan durante un verano1,) Goethe sugiere que los seres humanos, como los metales, muestran entre sí fenómenos de rechazo y atracción. Esto, para el escritor, está más allá de la voluntad, y sólo la hipocresía o los mandatos sociales mantienen unidas a personas que se rechazan, así como impiden la unión de otras que se atraen fuerte e inexorablemente.

"Sólo después de haberse puesto plenamente de acuerdo sobre lo conocido se puede avanzar de forma conjunta hacia lo desconocido", dice el Capitán, uno de los personajes, en un tramo de la obra. Afirma que se empieza por el reconocimiento de las similitudes o afinidades entre las personas y, desde allí, se avanza en el amplio e ignoto campo de las diferencias. En aquello que hace de cada uno un ser único, y de cada elección, un misterio. Quizá lo que llame la atención de algunas parejas ("¿cómo es posible que A esté con B?", "¿qué le vio C a D?") sea aquello que no concuerda con nuestras creencias, esquemas mentales o prejuicios acerca de lo que "debería" ser o de cómo se "debería" elegir. Quizás eso mismo nos impida comprender que, en tales uniones, hay una afinidad que no responde a lo conocido y observable, sino a lo desconocido, a lo que nos es inaccesible puesto que no somos ellos. En la mirada de Goethe, el amor-pasión (motor del romanticismo) está en esa zona misteriosa. Y cuando es impedido por imperativos de la moral reinante o de las creencias colectivas, sobreviene la melancolía, cuando no la tragedia.

En mi opinión, si redujéramos la explicación de las elecciones afectivas a causas como pulsiones, complejos, proyecciones e identificaciones, estaríamos reduciendo la dimensión del ser humano a la de una criatura guiada por determinismos (que, luego, tanto pueden ser biologicistas como psicologistas, historicistas, culturalistas, economicistas, religiosos o esotéricos). Es decir, una criatura sin libertad de elegir. Y de elegir trata, en fin, la libertad. ¿Por qué no convivir, insisto, con el misterio, por qué no aceptar que las uniones que no entran dentro de nuestros cánones son el fruto de la libertad de elección, asentada en lo más íntimo e intransferible de cada individuo, en aquello que lo hace ser él y no otro?

En Hablando de amor, obra iluminada por la lucidez y la sensibilidad de su autora, la escritora brasileña Marina Colasanti señala que hay conceptos colectivos y unánimes de lo que es la belleza, y esperamos que las elecciones afectivas se sostengan en esos conceptos (así como en nociones unánimes acerca de cómo deberían ser y elegirse las parejas). Pero, según Colasanti, "es la belleza secreta que existe en cada uno lo que decide la elección amorosa". Lo esencial: si dos personas se aman, si se hacen bien, si se acompañan en la profundización de su ser. El amor no es loco, dice Colasanti, nunca actúa sin motivos, aunque esos motivos "puedan permanecer ocultos ante nosotros". El amor, con las elecciones que motiva, no tiene secretos. Tiene misterios. Y también ellos lo hacen posible.

El autor responde cada domingo en esta pagina inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.

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