Los porteños y los héroes

Históricamente, la conducta arrogante de la población de la ciudad de Buenos Aires, según el autor, desvalorizó a las grandes figuras como San Martín o Sarmiento. Así, Posse recorre la historia de este vínculo que los porteños mantuvieron con los héroes y hasta con los presidentes
(0)
18 de mayo de 2003  

Es difícil situar el momento histórico en que los porteños se definen por el maniqueísmo y la ceguera arrogante en sus valoraciones políticas. Ya desde 1810 empiezan a ser los bienpensantes, los dueños de la razón políticamente correcta. El hecho de ser el puerto del subcontinente, la receptora de las ideas de las potencias centrales explica, en parte, la conducta arrogante de Buenos Aires.

Analicemos el tema a través de las grandes figuras.

San Martín fue desvalorizado en el juicio de los porteños. Salvo Pueyrredón, Buenos Aires se mantuvo al margen de su empresa gigantesca, genial. Casi en medio de los Andes, fue desautorizado por la politiquería porteña que pretendía volcar los granaderos hacia la sórdida guerra montonera. Lo trataron de desertor, de ladrón y de querer erigirse emperador. Cuando volvió de Guayaquil, caído de su hazaña, lo ignoraron y hasta parece que tuvo amenazas contra su vida cuando intentó ir de Mendoza a ese Buenos Aires donde agonizaba su esposa, Remedios de Escalada. En 1829 regresó de Europa y no bajó del barco: lo invitaban a ser protagonista de la anarquía. El Padre de la Patria fue aguantado sólo una década en la familia argentina...

Desde su exilio felicitó a Rosas por la defensa del territorio y de los ríos ante la ofensiva anglo-francesa. Le regaló al tirano su prez mayor, el sable corvo famoso. En el partido bienpensante porteño consideraron esto un dislate. Los unitarios, en Montevideo, creían que la flota europea quería generosamente restablecer la democracia. Brindaron con el atroz espumante oriental creyendo que en la Vuelta de Obligado había caído Rosas y que por fin ellos, y los franceses e ingleses, administrarían y corregirían la barbarie. Para deshacerse de su enemigo cruel entregaban los negocios y la soberanía argentina. Este tic de autodestrucción se repetirá a lo largo del siglo.

Para ellos, Sarmiento (el Loco) y Roca (el Zorro) eran unitarios nacidos en provincias por un error de la Providencia. Aunque indudablemente el empujón de la Generación del 80 fue un episodio porteño.

Cuando llegó la corriente democratizadora de Alem e Yrigoyen, Buenos Aires se encrespó. Los políticamente correctos escogieron el golpe de Estado para salvar la democracia insolente, inmigrantona. Vincularon a Alem con la Mazorca. En el 30 saquearon la modesta casa de Yrigoyen en la calle Brasil. Al derrocar a los presidentes democráticos, y sustituyéndolos por militares según el escalafón, los porteños hablaron invariablemente de democracias verdaderas y de valores.

Para que las desgracias no se repitiesen, después del 30 instalaron el fraude patriótico contra el cual ni el excelente Ortiz pudo hacer nada.

Los que habían dominado con el fraude las grandes provincias (caso de Fresco y Barceló en Buenos Aires), seis años después se horrorizaron ante el demonio mismo: Perón y Eva Perón, ungidos electoralmente, otra vez, como Yrigoyen, por la equivocación de la mayoría ignorante, ese aluvión zoológico que no merece llamarse pueblo.

Soportaron nueve años de vesánica segunda dictadura (sólo tres o cuatro muertos políticos). La sanearon bombardeando la Plaza de Mayo y con los fusilamientos de 1956. El partido de la Capital toleró los golpes militares como benignos ejercicios de corrección de los desvíos democráticos de una Argentina inmadura. Los aplaudieron con entusiasmo. Incluso el de Videla con los 9000 desaparecidos. (Somos derechos y humanos, decía en los cartelitos de los autos que desfilaban hacia Punta del Este.) Pero el mayor y casi invariable rencor de la clase media ilustrada de Buenos Aires fue hacia Perón. Como aquellos pelucones de Montevideo que aplaudían la costosa y generosa entrada franco-británica en nuestro territorio, como un triunfo de la civilización; en 1945, según lo documentó Félix Luna, un grupo extenso de bienpensantes multipartidarios: Houssay, Victoria Ocampo, María Rosa Oliver, Zavala Ortiz, Juan Antonio Solari, Ghioldi, Alicia Moreau de Justo, Alejandro Cevallos, González Iramain y muchos otros, envió un telegrama al secretario de Estado norteamericano en Washington urgiendo el nombramiento del embajador Braden. Veían en Perón al peor enemigo de la Argentina (o de su Argentina). Braden, un representante de la primera democracia del mundo. Esto demuestra una conducta invariable de confiado sometimiento. La facción opinativa porteña no comprende todavía cómo o por qué Ernesto Guevara de la Serna y Eva Perón pueden ser figuras de admiración mundial. Nunca reflexionaron sobre esos increíbles personajes dejando de lado sus modestos rencores urbanos.

Los mayores extravíos del partido del buen sentido y la democracia a la porteña se cometieron contra dos grandes demócratas: Frondizi, el más lúcido, e Illia, el más noble y eficiente administrador.

A Frondizi le desconfiaron por comunista, por estalinista encubierto, por recibir al ministro de Industrias de un país con el que se mantenía relaciones diplomáticas. A Illia por lento. Veinte manzanas, dos revistas amarillas y una docena de periodistas inmorales entronizaron al mediocre Onganía. Buenos Aires aplaudió.

Después de San Martín, Sarmiento, Alem, Yrigoyen, Perón, Eva Perón, Guevara, Frondizi e Illia; los porteños esclarecidos, que tienen todo resuelto sin ir a los hechos ni a los documentos, deberían manejarse con discreción y menos frivolidad.

Hoy hasta las señoras que cuchichean en los secadores de las peluquerías reconocen que en Eva Perón había algo... Estamos en tiempos de elecciones. Ojalá no vuelva a prevalecer en esta ciudad esa mirada que no pasa de la avenida Pueyrredón. La mirada del sobrentendido pequeño, clasista y limitador.

Buenos Aires es una de las diez ciudades más importantes del mundo por su misterio, su cultura, su calidad de vida. No merece seguir ejerciendo el desprecio político como frívola opinión de boca en boca...

En general, los nombres de los políticos que nos van a gobernar durante una etapa se tornan impronunciables para la elite opinativa porteña.

El pequeño Buenos Aires tilingorila se pasa gobiernos enteros refunfuñando, desacreditando. Salvo el gran Alvear, y los militares, casi todos les parecían enemigos. Políticamente hablando, Buenos Aires es una solterona resentida que no supo hacerse con los amantes más interesantes. Pierde su vida sin dejarlos pasar el umbral. Procede como ese Facundo que, según la malintencionada versión de Sarmiento, mandó a fusilar los mensajeros llegados de la Capital, y después de terminada la siesta preguntó a sus guardias qué querían...

(*) El autor de esta nota es escritor y actual embajador argentino en España.

  • Para saber más:

    Sobre el autor: www.literatura.org/posse/posse.html
  • El pequeño Buenos Aires tilingorila se pasa gobiernos enteros refunfuñando, desacreditando. Salvo el gran Alvear, y los militares, casi todos les parecían enemigos. Buenos Aires es una solterona resentida que no supo hacerse con los amantes más interesantes

    ADEMÁS

    MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

    Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

    Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.