Los Windsor y sus guerras

Dos autores rescatan la sólida figura que se esconde bajo la dulce sonrisa de Elizabeth, la actual granny de 100 años
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22 de octubre de 2000  

En las primeras líneas de Ana Karenina, Tolstoi plantea este postulado: "Todas las familias felices se parecen, las familias desdichadas son infelices cada una a su modo. En la casa de los Oblonski, todo estaba trastornado". El postulado del gran novelista ruso podría servir de prefacio a dos biografías recientes consagradas a la familia real inglesa: Elizabeth, reina de corazones, de Françoise Ducout, y El rey que traicionó, del historiador británico Martin Allen.

En 1936 todo estaba "trastornado en casa de los Windsor". En cuanto accedió al trono, el rey Eduardo VIII se vio obligado a abdicar para casarse con la implacable Wallis Simpson, una divorciada norteamericana de la alta sociedad. El trono recae entonces en su hermano menor, el frágil duque de York, y en su esposa, Elizabeth. Junto a su adorado Bertie, que reinó como Jorge VI, Elizabeth se convirtió, durante la Segunda Guerra Mun-dial, en el paradigma de coraje en dos frentes: defendió la seguridad de su país y devolvió a la corona el honor perdido.

La leyenda habla de Eduardo como de un romántico que renunció al poder por el amor de una mujer. El libro de Martin Allen, basado en datos que encontró entre los papeles de su padre, el historiador Peter Allen, certifica que la abdicación de Eduardo VIII enmascaraba otra razón. Eduardo, rey de Inglaterra, pretendía aliar su país con Alemania. Su padre, Jorge V, emparentado con el káiser Guillermo II, había abandonado a fines de la Primera Guerra Mundial su apellido alemán, Sajonia-Coburgo-Gotha, para adoptar el más británico de Windsor. Debido a su terror al bolchevismo, su heredero Eduardo se acercó al régimen nazi. Poco antes de morir, Jorge V, muy inquieto, confesó al primer ministro Baldwin: "Cuando muera, ese muchacho sólo necesitará un año para perderse..." Funesto presentimiento. La unión de Eduardo con Wallis Simpson refuerza su indigna elección histórica. La norteamericana jamás disimuló la admiración que sintió siempe por Hitler. Poco después de su abdicación, el duque de Windsor conoce a Charles Bedeaux, un dudoso millonario franco-americano, que será su genio maligno. La mala influencia de Bedeaux se suma a la de Wallis. Cuando Eduardo integra la misión de inspección del frente en Francia, transmite toda la información a Bedeaux, que la usa para beneficio de sus amigos alemanes. La derrota francesa de las Ardenas fue el resultado de esa traición. A la luz de este sombrío acontecimiento, comprendemos mejor la obstinación de Elizabeth y su negativa a conceder el perdón a Eduardo, salvo con la muerte, ya que las cenizas de la oveja negra real volvieron a su tierra natal. Y a la luz de la historia, es natural que la reina madre admita con indulgencia los complejos impulsos sentimentales de sus nietos y que Charles -el preferido- a pesar de su irregular relación con Camilla, no haya padecido nunca la reprobación pública o privada de su abuela. ¡Dios salve a la reina madre!

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