Lucía Cedrón: París-Buenos Aires

Es hija del cineasta Jorge Cedrón y, como él, directora de cine. Luego de un largo exilio en Francia –y de un Oso de Plata en el Festival de Berlín– ha decidido quedarse a vivir acá
Marina Gambier
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4 de mayo de 2003  

Hay dos caminos para ingresar al mundo privado de Lucía Cedrón. El primero es ver su obra fílmica. En ausencia fue una revelación que el año último obtuvo el Oso de Plata en el Festival de Berlín, y que acaba de estrenarse en la Argentina en el marco de la quinta edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici), organizado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad. El corto en cuestión dura apenas 15 minutos y narra un instante en la vida de María, una madre que revisa su pasado más reciente mientras espera el resultado de un test de embarazo, sentada en el inodoro del baño de una casa semivacía. La mujer tiene el alma destrozada. Ella y su hijita acaban de vivir una pesadilla. El otro camino que conduce al fondo de esta joven directora es directo como una autopista sin peaje: figura en el catálogo de los films que participan en la muestra. En el texto introductorio dice: Lucía Cedrón nace en 1974 en la ciudad de Buenos Aires. Se exilia con sus padres por razones políticas en 1976. Para en varios lados antes de instalarse definitivamente en Francia. Su padre, Jorge Cedrón, cineasta, muere en París, en 1980, durante el último gobierno militar argentino, en circunstancias aún no esclarecidas.

Con todo este paquete de información previa, sólo resta imaginar dónde termina la ficción y dónde empieza la historia personal de esta chica de tremendos ojos verdes. Ojos verdes que encandilan y enternecen, mucho más cuando se comprueba que la película tiene todo que ver con ella.

Lucía habla como si te conociera de toda la vida. No le cuesta explicar quién es, de dónde viene y por qué. Dice que tenía apenas 2 años cuando dejó la Argentina para instalarse en París, con sus padres. Que allá se quedó casi 25. Que la mitad de su existencia transcurrió en español. Pero la influencia de la segunda tierra se le nota, aunque habla con términos locales y sin una seña de acento francés.

Hasta la desaparición de su padre, la familia intentó llevar una existencia normal. Pero a los 16 años, cuando estudiaba el secundario y la suerte parecía haberle allanado el paso en una sociedad a veces negada a los inmigrantes, su madre decidió que era hora de volver a Buenos Aires. Ella no estaba dispuesta a seguirla. Ya había echado raíces demasiado profundas para una adolescente madura: el idioma, los amigos, el barrio. Se mudó a un departamento compartido. Trabajó como fotógrafa y productora de documentales para TV mientras estudiaba Letras e Historia en la Sorbona. Cuesta creerle cuando dice que el desembarco en el cine fue más bien un reflejo tardío, un descubrimiento lateral. "En el auditorio de la Universidad había proyecciones gratuitas todos los días –cuenta mientras se arrebuja en el sillón del bar que se improvisó para punto de encuentro de los invitados al festival–. "Pasaban ciclos en 35 mm de los grandes maestros europeos. Me vi todas las producciones alemanas, rusas, eran retrospectivas maravillosas. Si había lugar podías entrar, pero la prioridad la tenían los estudiantes de cine. Un día me quedé afuera y dije: ¡Ah, no!, quiero seguir viendo películas. Yo ya había terminado la carrera de Letras y ahí mismo decidí ingresar a la de Estudios Cinematográficos, que terminé. Fue, en realidad, para poder ir al cine gratis al mediodía."

Estando todo bien, en París y con amigos, hace un año empezó a imaginar la vida en Buenos Aires. Fue a partir de una confesión. Después de muchos años, en una conversación con su madre, ésta deslizó su frustración por no haberse embarazado por segunda vez, antes de la tragedia que partió a la familia. Lucía escribió su versión de esa historia. Estaba en La Habana trabajando cuando murió su abuelo Saturnino, el 12 de octubre de 2001. Luego de unos meses volvió a la ciudad a visitar a su madre y a cobrar una pequeña herencia que le había dejado el anciano, con tanta mala suerte que dos días después de depositar el cheque con el que planeaba fundar Saturno Producciones, Cavallo declaró el corralito. Y adiós, película. "Me dije, chau, la voy a filmar igual. Andaba por las calles de la ciudad y todo eso que estaba pasando me pegó muy fuerte. Me movilizó muchísimo y creo que entonces decidí quedarme. Me acuerdo que renuncié desde acá, ese mismo día también renunció Cavallo. Yo ya había mandado mi guión a una fundación francesa que otorga subsidios para menores de 30 años con la secreta esperanza de filmar... ¡Y me gané el subsidio! Volví a Cuba, a París, y regresé a Buenos Aires justo para el festival de cine, en abril del año último. Todo era emocionante, porque me conecté con Fernando Pena que estaba escribiendo un libro sobre la obra de mi viejo, y ahí nació el proyecto de una retrospectiva. Me puse a armar el rompecabezas, porque las películas de mi padre estaban desparramadas en archivos acá, en Francia y en Cuba. En junio, a filmar mi corto. En agosto de ese año volví a París, cerré mi casa y metí mis libros en un contenedor."

Ahora, la mochila pesa menos. El círculo cerró gracias a que pudo recuperar la obra perdida. Cuando en la apertura de este festival presentó la retrospectiva, y vio en la cartelera de programación su nombre escrito al lado del de su padre, lloró. "Hay un ciclo que se cumplió –dice–. Aunque acabo de obtener la nacionalidad francesa siento que tengo dos lugares en el mundo a donde volver, porque si me preguntan qué me gusta más, si Francia o la Argentina, es como preguntar si querés más a tu papá o a tu mamá. Los lugares que uno elige para vivir están ligados al afecto, y si acá las cosas no están fáciles no importa. Yo estoy convencida de que si querés cambiar el mundo tenés que arremangarte y laburar."

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